LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—He visto las noticias, Luke. A mi mejor amiga casi le da un infarto al decírmelo. Y estoy bien. Solo un poco en shock. Pero la verdadera pregunta es: ¿cómo te las has apañado para cruzar la calle con ese ejército de periodistas en la puerta de tu hotel sin que te pillen?

Se quitó la capucha de la cabeza, despeinándose, y le dedicó una sonrisa de disculpa a Matteo, que estaba siguiendo toda la escena con gran interés.

—Ryan me ayudó —explicó Luke, soltándome los hombros y situándose frente a mí—.

Vestimos a Ryan con la chaqueta de mi equipo, le pusimos una gorra y salió corriendo por la puerta principal hacia la furgoneta del equipo.

Todos los periodistas fueron tras él pensando que era yo yendo a entrenar.

Volví a salir por la lavandería y vine directo aquí.

Sarah nos arrancará la cabeza a Ryan y a mí cuando descubra lo que hemos hecho, pero tenía que ver cómo lo estabas llevando.

La verdadera preocupación de su voz desarmó cualquier resto de pánico que pudiera sentir.

No estaba preocupado por su imagen, ni pensaba en contratos ni en lo que dirían los patrocinadores.

Había arriesgado su propia escapada para cruzar la calle y asegurarse de que no me estaba dando un ataque de nervios a mí solo en el hotel.

—No podemos estar hablando aquí en el vestíbulo —intervine, a sabiendas de que cualquiera podía pasar por la acera y mirar por el cristal—. Ven conmigo.

Le di las gracias a Matteo, que me guiñó un ojo amistosamente, y guié a Luke hasta el ascensor. Subimos en silencio a mi planta y caminamos a paso ligero hasta la puerta de mi habitación.

En cuanto entramos y cerré la puerta, Luke soltó un pesado suspiro, se quitó la mascarilla y las gafas y lo tiró todo en la mesa de la ventana. Mi habitación no era grande, y su presencia hacía que el espacio pareciera aún más pequeño y mucho más íntimo.

Se volvió hacia mí, pasándose la mano por el pelo con nerviosismo.

—Sean, de verdad que lo siento. —Dijo atropelladamente, amontonando las palabras—.

Prometí una cita tranquila. Dije que no tendríamos ningún problema.

Miré toda la calle antes de que paráramos en ese callejón y no vi a nadie.

Nunca habría hecho eso si hubiera pensado que te iba a exponer de esa manera.

Me apoyé contra la puerta cerrada, cruzándome de brazos y estudiando su desesperación. La mayor estrella del baloncesto estadounidense estaba allí, en medio de mi sencilla habitación de turista, con aspecto de adolescente que acababa de romperle la ventana al vecino.

—¿Te disculpas por el beso o por la mala foto? —pregunté, enarcando una ceja y usando mi tono sarcástico favorito.

Parpadeó, sorprendido por la pregunta.

—Por la foto, obviamente. El beso fue increíble y lo volvería a hacer mil veces. Pero la exposición que esto te está causando es injusta. Mi vida es una locura, y no quería arrastrarte a este circo.

Sonreí y me acerqué a él. No había razón para prolongar la agonía del tipo. Había cometido un error al no calcular bien a los paparazzi, pero la verdad era que yo tampoco había mirado a mi alrededor. En ese momento, ambos estábamos interesados únicamente el uno en el otro.

—Luke, respira. —Dije, parándome frente a él—.

Es solo una foto pixelada. Nadie sabe que soy yo.

He hablado con recepción y soy perfectamente anónimo aquí.

Lo único que se ha estropeado hoy ha sido mi plan de volver a la panadería de la esquina, porque parece que a toda la manzana la patrullan reporteros.

Me miró a los ojos, buscando algún signo de mentira. Al ver que decía la verdad y que no pensaba huir de él ni coger el primer vuelo de vuelta a casa, toda su postura se relajó.

—¿No te estás volviendo loco de rabia conmigo? —preguntó, con voz más baja y un tanto vacilante.

—No. Estuve en shock los cinco primeros minutos.

Pero luego me di cuenta de que en internet las cosas se olvidan muy rápido.

Mañana algún otro famoso hará alguna locura y todo el mundo se centrará en ello.

Y para entonces, tendré ropa de sobra de color no verde para pasearme por Roma sin levantar sospechas.

Se echó a reír. Una risa de alivio que llenó toda la habitación.

—Eres increíble, Sean. Vengo preparado para que me grites y me digas que desaparezca de tu vida, y bromeas sobre la ropa de la foto.

—Soy un estratega. —Le guiñé un ojo.

Nos sentamos en el borde de mi cama, hombro con hombro, y el clima de tensión inicial se disipó por completo. Luke cogió el teléfono y desbloqueó la pantalla, riéndose al leer los mensajes de su equipo.

—Ryan dice que el plan de fuga funcionó a la perfección, pero Sarah se dio cuenta de que no estaba en la furgoneta.

Me envió un texto que tiene la longitud de un libro.

El entrenador Blake ha cancelado la primera parte de mi entrenamiento y ha exigido que el equipo de seguridad refuerce la valla del hotel para que pueda entrar más tarde.

—¿Está muy enfadada?

—Sarah está pensando en cómo gestionar esto con los patrocinadores. Pero el equipo se centra en la competición real. Al entrenador solo le importa mi rendimiento en la pista, lo demás es problema de relaciones públicas.

Apoyé la cabeza en la pared detrás de la cama, mirándole.

—Tu mundo es realmente una locura, estrella. Tener que idear un plan con un doble para cruzar la calle es propio de una película de espías.

Apagó la pantalla del móvil y se lo guardó en el bolsillo de la sudadera, girando su cuerpo hacia mí. Las bromas y leer los cotilleos dieron paso a lo que de verdad importaba entre nosotros allí mismo. Estábamos solos, escondidos del mundo, sin horarios y sin cámaras.

—Te juro que, si estuviéramos en Estados Unidos, en mi barrio, las cosas serían mucho más tranquilas. El ambiente de un evento mundial hace que todo sea más caótico.

—No me quejo del caos. —Respondí con sinceridad, manteniendo mis ojos fijos en él—. Mi viaje necesitaba un poco de acción. No sabía que la acción implicaría convertirme en el tema de las blogueras del corazón, pero no cambiaría lo de anoche por nada.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. El silencio de la habitación del hotel no resultaba incómodo, sino cargado de una expectación electrizante. Luke me miró con una intensidad que hizo desaparecer mis pensamientos más lógicos.

Llevó la mano a mi cuello, con naturalidad y seguridad. Su pulgar acarició el lateral de mi mandíbula, la misma acción cariñosa que había precedido al beso de la noche anterior.

—No he podido dormir pensando en ti. —Confesó, y su voz sonó como una declaración directa—. Me acosté en esa cama de hotel absurdamente grande y en lo único que podía pensar era en que preferiría estar sentado en aquel avión espantoso si eso significaba volver a discutir contigo.

—Tu nivel de romanticismo es bastante peculiar. —Bromeé, con la voz mucho más débil de lo normal—. Echar de menos una discusión en clase turista es un síntoma muy extraño, ¿sabes?

—Soy un tipo raro. —Esbozó una media sonrisa y se inclinó.

El beso no empezó despacio esta vez. No hizo falta la cautelosa evaluación del día anterior. Nuestras bocas se encontraron con urgencia. La mano de mi cuello se deslizó hasta mi nuca, atrayendo mi cara hacia él con firmeza, sin hacerme daño, pero con una intensidad imposible de ignorar.

Respondí de la misma manera. Llevé las manos a su cintura, agarrando la tela de la sudadera y tirando de su cuerpo hacia delante. Era corpulento, ocupaba casi todo el espacio a mi alrededor, y la sensación de estar completamente envuelto por él era absurdamente buena.

Nos besamos con avidez, presionando con fuerza los labios el uno contra el otro, dejando escapar sonrisas en las respiraciones cortas.

Aparté las manos de la sudadera y agarré el bajo de la camiseta blanca que llevaba puesta, tirando de la tela hacia arriba y tirando la prenda al suelo junto a la mesa.

Luke paró de besarme solo el tiempo suficiente para seguir mi movimiento.

Se quitó la pesada sudadera deportiva por la cabeza e hizo lo mismo con la camiseta que llevaba debajo.

Cuando su cuerpo volvió a pegarse al mío, la falta de tela hizo que la situación resultara mucho más interesante.

El contacto físico nos hizo suspirar a los dos al mismo tiempo.

Allí no existía la pose del jugador perfecto. Besaba con ganas, explorando mi cuello, dejando pequeños mordisquitos en mi mandíbula que me hacían reír y echar la cabeza hacia atrás. Toda nuestra atención se centraba en la diversión y la atracción que desbordábamos ambos.

Caímos sobre las revueltas sábanas de mi cama. Definitivamente, el espacio no estaba diseñado para que dos personas grandes jugaran así, y Luke casi se cae del colchón cuando cambiamos de posición.

Empecé a reírme a carcajadas, empujando su hombro para evitar que cayera al suelo.

—¡Eres demasiado grande para los hoteles turísticos! —le acusé, sin parar de reír mientras él intentaba equilibrarse en el borde de la cama.

—¡No es culpa mía que el concepto de cama en esta ciudad esté hecho para miniaturas! —rebatió riendo también, dando la vuelta y cayendo sobre mí, apoyando el peso en los codos para no aplastarme.