8. El Filo del Cuchillo
La palabra "no" resonó en el espacioso salón, un desafío diminuto contra el poder abrumador de Alejandro. Pero fue suficiente. Por un instante, su máscara de control se quebró y sus ojos se llenaron de una furia helada que la heló hasta los huesos.
–No –repitió, esta vez con más fuerza, con más convicción–. No soy tuya. Nunca lo seré.
Alejandro dio un paso atrás, una risa baja y sin humor brotando de su garganta. –¿De verdad crees eso? ¿Crees que tus pequeños actos de rebeldía significan algo? Te he dado una vida, Valentina. Te he sacado de la miseria, te he vestido con seda, te he rodeado de lujos. ¿Y esta es tu gratitud?
–No pedí ninguna de esas cosas –dijo Valentina, sintiendo la furia reemplazar al miedo–. No pedí que destruyeras mi familia. No pedí que me convirtieras en tu muñeca, en tu proyecto, en tu prisionera.
Se acercó a él, ignorando la advertencia en sus ojos. Necesitaba que la viera, no como una posesión, sino como una igual. Como una amenaza.
–Sé todo, Alejandro –dijo, su voz baja y peligrosa–. Sé sobre Sofía. Sé sobre mis padres. Sé sobre la librería. Sé que Rafael es su hermano y que está buscando la verdad. Y ahora, yo también la buscaré.
La mención del nombre de Rafael fue como encender una cerilla cerca de un barril de pólvora. La expresión de Alejandro cambió, la furia dando paso a un cálculo frío y mortal.
–Rafael –dijo, el nombre saliendo de sus labios como un veneno–. Siempre supuse que él aparecería eventualmente. El pequeño escudero, buscando venganza por una hermana que nunca supo cuidar.
–¿Qué le hiciste? –preguntó Valentina, su corazón latiendo con fuerza en su pecho–. ¿Qué le hiciste a Sofía?
Alejandro se acercó a la ventana, mirando el lago sereno, como si buscara respuestas en sus aguas. –Nada que no se lo buscara. Se volvió problemática. Empezó a hacer preguntas, a dudar de mí. Creyó que podía dejarme, que podía simplemente desaparecer y empezar una nueva vida.
Se giró lentamente, sus ojos oscuros fijos en los de ella. –Nadie me deja, Valentina. Nadie. Especialmente no alguien que prometió ser mía para siempre.
Valentina sintió un escalofrío recorrer su espalda. La implicación era aterradora, una confirmación de sus peores temores. –La mataste.
–No –dijo Alejandro, aunque su negativa carecía de convicción–.
Se fue. Se fue con otro hombre, un artista sin un centavo.
La encontré un par de años después, viviendo en una posada barata, enferma, sola.
Le ofrecí ayuda, dinero, una salida. Pero era demasiado orgullosa, demasiado estúpida para aceptarla.
Murió sola, Valentina. Por su propia estupidez.
La historia era convincente, llena de detalles que la hacían creíble. Pero Valentina conocía a Alejandro. Conocía su capacidad para la manipulación, para la mentira. No le creyó. No del todo.
–Y si te encuentro a ti mintiéndome sobre esto –dijo Valentina, su voz fría como el hielo–. Te juro que...
–¿Qué? –interrumpió Alejandro, acercándose a ella con una velocidad que la asustó–. ¿Qué harás, Valentina? ¿Irás a la policía? ¿Le contarás al mundo tus súplicas de víctima? Nadie te creerá. Eres la amante de un hombre poderoso, una mujer que lo tiene todo. ¿Por qué iban a creerte?
La tenía acorralada, su cuerpo contra la pared, sus manos a ambos lados de su cabeza, atrapándola. Valentina sintió el pánico invadirla, una sensación de estar completamente a su merced.
–Pero hay algo que no entiendes –dijo Alejandro, su voz un susurro peligroso en su oído–. Rafael. No es tan heroico como te hace creer. No es el caballero andante que viene a rescatar a la doncella.
Valentina sintió una oleada de confusión. –¿A qué te refieres?
–Rafael siempre estuvo celoso de Sofía –dijo Alejandro, su voz llena de un veneno sutil–. Siempre quiso lo que él tenía. Y cuando ella se fue, cuando la "perdió", no lloró por ella. Lloró por la oportunidad que había perdido. La oportunidad de usarla para llegar a mí.
Se apartó, permitiéndole respirar, pero su mirada la seguía atrapada. –Te está usando, Valentina. Te está usando para llegar a mí, para destruirme. No le importas. No le importó nunca su hermana, y no le importarás tú.
Valentina sintió el nudo en la garganta, la duda sembrándose en su mente como una semilla venenosa. ¿Podría ser cierto? ¿Podría Rafael estar usándola?
–No –dijo, negando con la cabeza–. Estás mintiendo. Estás tratando de confundirme.
–¿Lo estoy? –preguntó Alejandro, con una sonrisa sutil–. ¿O simplemente te estoy mostrando la verdad? La verdad es que todos estamos solos en este mundo, Valentina. Todos estamos luchando por nuestros propios intereses. Rafael no es diferente. Yo no soy diferente. Y tú... tú tampoco eres diferente.
Se acercó al bar y se sirvió un whisky, ofreciéndole uno a ella. Valentina negó con la cabeza, su mente corriendo a mil por hora.
–Te daré una elección –dijo Alejandro, tomando un sorbo de su bebida–. Una oportunidad de demostrar tu lealtad. O de traicionarme para siempre.
Valentina lo miró, sintiendo una trampa cerrándose sobre ella. –¿Qué elección?
–Rafael vendrá por ti –dijo Alejandro, con una certeza que la aterrorizó–.
Vendrá a "rescatarte". Cuando lo haga, tendrás que tomar una decisión.
Puedes irte con él, vivir una vida de mentiras y fugas, siempre mirando por encima de tu hombro.
O puedes quedarte conmigo, aceptar tu lugar a mi lado, y tener el mundo a tus pies.
Se acercó a ella, su voz suave, pero con un filo de acero. –La elección es tuya, Valentina. Pero recuerda esto: si me traicionas, si eliges a él, no habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí. Te encontraré. Y te haré arrepentirte cada segundo de cada día por el resto de tu vida.
La amenaza colgó en el aire entre ellos, una promesa de destrucción que Valentina no dudaba que cumpliría. Se sentía atrapada entre dos hombres, dos verdades, dos destinos. Y no sabía cuál era peor.
–Necesito tiempo –dijo, su voz apenas un susurro–. Necesito pensar.
–Tienes toda la noche –dijo Alejandro, su voz volviendo a su tono calmado y controlador–. Pero por la mañana, quiero una respuesta. Y que sea la correcta.
Con esas palabras, se fue, dejándola sola en el salón, con el peso de su decisión sobre sus hombros. Valentina se quedó inmóvil, mirando el lago sereno a través de las paredes de cristal, sintiéndose más perdida que nunca.
¿Debía creerle a Alejandro? ¿O debía arriesgarse y confiar en Rafael, un hombre que apenas conocía, un hombre que podría estar usándola para sus propios fines?
Se acercó a la ventana, el frío del cristal calmando su piel febril. Necesitaba una señal, algo que la guiara en esta encrucijada.
Y entonces la vio.
En el jardín, moviéndose entre las sombras, una figura familiar. Una figura que no debería estar allí. Rafael.
Lo estaba mirando, con una intensidad que podía sentir incluso a través de la distancia. Levantó una mano, un gesto sutil que parecía una pregunta.
Valentina sintió el corazón latir con fuerza en su pecho.
La elección, que parecía tan complicada momentos antes, ahora se sentía terriblemente simple.
Podía quedarse con Alejandro, viviendo una vida de lujos y mentiras, o podía arriesgarlo todo por la posibilidad de la verdad, por la posibilidad de la libertad.