LA JAULA DE CRISTAL
© inepub.com
1. La Sombra del Poder
Valentina cruzó el vestíbulo de mármol con la cabeza erguida.
Las columnas doradas reflejaban la luz de las arañas de cristal, creando una atmósfera opulenta que la hacía sentir pequeña.
Llevaba el vestido de seda negra que él le había enviado, una prenda que se adhería a su cuerpo como una segunda piel.
Cada paso resonaba en el silencio pesado de la mansión.
–¿Valentina? –La voz de Alejandro la detuvo a mitad de camino.
Se giró lentamente. Él estaba apoyado en el marco de la puerta de su estudio, con un traje oscuro que parecía absorber la luz. Sus ojos oscuros la examinaban de arriba abajo, como si evaluara cada centímetro de su piel.
–Alejandro –respondió con voz firme, aunque sus manos temblaban ligeramente a sus espaldas.
Él se acercó con pasos lentos, deliberados. El aroma de su colonia llenó el espacio entre ellos, una mezcla de madera y especias que siempre la desorientaba. Levantó una mano y trazó la línea de su clavícula con el dedo, dejando un rastro de calor en su piel.
–Te ves perfecta –murmuró–. Siempre te ves perfecta para mí.
Valentina contuvo la respiración. Su cuerpo reaccionaba a su proximidad, una mezcla de miedo y deseo que la confundía. Alejandro tenía ese efecto en ella desde el primer día que se conocieron, en esa gala de caridad donde él la había mirado como si fuera un trofeo más para su colección.
–¿Por qué me pediste que viniera? –preguntó, intentando mantener el control de la situación.
Él sonrió, una curva sutil que no alcanzaba sus ojos. –Necesito que me acompañes esta noche. Hay una cena de negocios. Quiero que todos vean que eres mía.
Valentina apretó los labios. Ser mía. Esas palabras la atormentaban desde hacía meses. Alejandro la había rescatado de su vida mediocre, le había dado lujos y experiencias que nunca había imaginado, pero a cambio le exigía sumisión total.
–No soy una propiedad –dijo con más firmeza de la que se sentía.
Alejandro se rio, un sonido bajo que vibró en el pecho de Valentina. –¿De verdad crees eso? –dijo, acercando su rostro al de ella–. Todo en este mundo es una propiedad. Y tú... tú eres la más valiosa de todas.
Antes de que ella pudiera responder, la puerta principal se abrió. Entró un hombre con traje, con una expresión severa que de inmediato tensó el ambiente. Alejandro se giró, su expresión cambiando de inmediato.
–¿Qué pasa, Mateo? –preguntó con tono autoritario.
Mateo se acercó y susurró algo al oído de Alejandro. Valentina no alcanzó a escuchar las palabras, pero vio cómo la mandíbula de Alejandro se tensaba. Por un momento, una sombra de preocupación cruzó su rostro, algo que rara vez veía en él.
–Tendremos que posponer la cena –dijo Alejandro, volviéndose hacia Valentina–. Ha surgido un problema.
Valentina asintió, sintiendo una extraña mezcla de alivio y decepción. –¿Hay algo que pueda hacer?
Alejandro la miró intensamente, como si considerara su pregunta. –Sí –dijo finalmente–. Quédate aquí. No te muevas de esta casa hasta que yo regrese.
Era una orden, no una petición. Valentina sintió el nudo familiar en su estómago, esa sensación de estar atrapada entre el deseo y el miedo. Pero algo en los ojos de Alejandro esta vez era diferente. Había una urgencia, una vulnerabilidad que nunca antes había visto.
–¿Está bien? –preguntó, esta vez con genuina preocupación.
Él vaciló un segundo, un instante de duda que Valentina capturó antes de que desapareciera. –Solo negocios, cariño. Siempre es solo negocios.
Con esas palabras, se fue, dejándola sola en el vestíbulo de mármol. Valentina se quedó inmóvil, escuchando sus pasos alejándose hasta que el silencio volvió a reinar en la mansión. Pero esta vez, el silencio se sentía diferente, cargado de secretos y peligros que apenas comenzaba a comprender.
Se acercó a la ventana y miró el jardín iluminado por la luna. Por un momento, consideró la posibilidad de escapar, de dejar atrás esa vida de lujos y cadenas. Pero algo la detenía. No era solo el miedo a lo que Alejandro pudiera hacer si la encontraba, era algo más complicado, más profundo.
Una parte de ella, la parte que odiaba admitir, disfrutaba de la intensidad de su relación. Disfrutaba de cómo Alejandro la miraba, de cómo su cuerpo respondía a su presencia, incluso cuando su mente le gritaba que huyera. Era una contradicción que la consumía día y noche.
–Estás loca –se susurró a sí misma–. Absolutamente loca.
Pero sabía que no se iría. No esa noche. Quizás nunca. Con un suspiro, se giró y se dirigió a la escalera, decidida a explorar esa casa que era su prisión y, paradójicamente, su único refugio.
Las habitaciones superiores estaban decoradas con el mismo gusto opulento del vestíbulo, pero había una frialdad en ellas, como si nadie realmente viviera allí. Abrió puertas y miró espacios vacíos, sintiéndose cada vez más como una intrusa en un mundo que no le pertenecía.
Hasta que encontró el estudio de Alejandro.
La puerta entreabierta la invitó a entrar. El estudio era diferente del resto de la casa. Aquí había libros desordenados, papeles esparcidos sobre el escritorio y una silla de cuero desgastada que parecía ser el único lugar realmente usado en toda la mansión.
Se acercó al escritorio con curiosidad. Sobre la madera oscura había una foto enmarcada que no había visto antes.
Era una imagen de Alejandro con una mujer que se parecía alarmantemente a ella.
La mujer sonreía, una sonrisa genuina que iluminaba su rostro, y Alejandro la miraba con una ternura que Valentina nunca había recibido de él.
Con manos temblorosas, tomó el marco. ¿Quién era esa mujer? ¿Y por qué Alejandro tenía esa foto oculta en su estudio?
Mientras examinaba la imagen, notó algo en el reverso. Había una fecha escrita a mano: hace cinco años. Cinco años antes de que ella conociera a Alejandro.
El corazón le latía con fuerza en el pecho. Necesitaba respuestas, necesitaba entender qué significaba esa foto y quién era esa mujer que parecía su doble perfecta.
Dejó la foto en su lugar y registró el escritorio con más cuidado. Entre los papeles, encontró un sobre cerrado con su nombre escrito en la caligrafía distintiva de Alejandro. Con el corazón en la garganta, lo abrió.
Dentro había una sola hoja de papel con una dirección que no reconocía y una nota breve: "Si alguna vez desaparezco, ve aquí."
Valentina sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Qué significaba eso? ¿Estaba Alejandro en peligro? ¿O era él mismo el peligro?
Guardó el sobre en el bolsillo de su vestido, decidida a investigar esa dirección al día siguiente. Pero primero, necesitaba mantener la calma y actuar como si no supiera nada cuando Alejandro regresara.
Cuando escuchó los pasos en el vestíbulo, se apresuró a salir del estudio y cerrar la puerta suavemente. Bajó las escaleras con la compostura que Alejandro esperaba de ella, aunque por dentro estaba temblando.
Él la esperaba en el vestíbulo, con una expresión imposible de leer. –¿Todo bien? –preguntó.
Valentina asintió, forzando una sonrisa. –Perfecto. Estaba explorando un poco.
Alejandro se acercó a ella, sus ojos escudriñándola como si buscara alguna señal de que algo andaba mal. –No deberías husmear en mis cosas –dijo con voz suave pero cargada de advertencia.
–No estaba husmeando –respondió Valentina, manteniendo el contacto visual–. Solo curioseando.
Él la observó un momento más antes de sonreír. –Mañana tendremos una cita. Justo tú y yo. Sin interrupciones.
Valentina asintió, aunque su mente estaba en otra parte. Necesitaba tiempo sola para investigar esa dirección, para descubrir qué secretos ocultaba Alejandro.