Capítulo 31
Capítulo
—¿Nora?
—Mamá, tengo que leerte una cosa.
—Son las diez menos veinte.
—Ya lo sé.
Se la leí entera. Los tres folios, por teléfono, a las diez menos veinte de la noche de un martes, sin saltarme nada, ni las instrucciones ni la posdata del padre Lino.
Cuando terminé, mi madre estuvo callada tanto rato que llegué a mirar la pantalla para ver si se había cortado.
—Léeme otra vez lo del tanatorio —dijo.
Se lo leí.
—Otra vez.
Se lo leí otra vez: no me presenté; a según qué sitios va una a escuchar , y lo de las personas que somos varias y se nos entierra a todas juntas, y lo de llegar a tiempo de oírme y tarde para todo lo demás.
—Estaba allí —dijo mi madre.
—Estaba allí.
—Yo llevo tres años pensando que a mi madre no la despidió nadie que la conociera de verdad.
—Un ruido, como si se sentara—. Porque los que estábamos allí no la conocíamos, Nora.
Ni tú, ni yo, ni las vecinas, ni las de la mercería.
Estábamos despidiendo a una señora que nos había contado quién era.
Y resulta que sí había una persona en aquella sala que sabía exactamente quién era esa mujer.
—Y se quedó de pie al fondo.
—Y se llevó una estampa.
Nos quedamos las dos calladas, cada una en su cocina, con seiscientos kilómetros y tres años en medio.
—Mamá, el sábado es la boda.
—No empieces.
—No te voy a pedir que vayas por ellos. —Y esto lo tenía preparado desde el tren, y aun así me costó decirlo—. No vayas por esa familia, ni por la casa, ni por la abuela, ni para arreglar nada de 1963, que eso ya no se arregla. Ve conmigo.
—Nora.
—Es que voy a entrar sola en una capilla llena de gente que lleva sesenta años creyendo que somos los que le hicimos eso a esa mujer. Y no quiero. —Me oí decirlo y me sorprendió tanto como a ella—. Ya está. Eso es todo lo que tengo. No es un argumento.
Mi madre respiró en el teléfono.
—No —dijo.
—Vale.
—A esa casa no puedo, hija.
—Vale, mamá. De verdad. Te llamo el domingo y te lo cuento todo.
—Vale.
—Buenas noches.
—Nora.
—Dime.
—¿A qué hora es?
Volví a Arousela el jueves 10 por la tarde. Llegué a las siete, con la maleta y con la caja de zapatos, y no subí a la casa grande: fui directamente al hórreo, porque tenía una deuda que pagar antes que ninguna otra.
Clara estaba en el taller con la cómoda de la señora de Vilanova, que a esas alturas ya llevaba tres capas menos y un color de madera que no se parecía a nada de lo que yo había visto en agosto.
Se quedó de pie con el papel de lija en la mano.
—Has vuelto.
—He vuelto.
—¿Vas a venir el sábado?
—Sí.
Y aquella chica, que se casaba en cuarenta y ocho horas, que llevaba cuatro meses con una casa colgando de un papel cuadriculado y una semana sin saber nada de mí, dejó la lija en el banco y me dio un abrazo enorme, sin preguntarme absolutamente nada más.
—Vale —dijo—. Ahora cuéntamelo.
Se lo conté todo.
Tardé una hora y cuarenta minutos, sentadas en el suelo del taller con la espalda contra la pared, y le enseñé la caja de zapatos: las letras de cambio, el recorte, el borrador con las tachaduras, el resguardo de los tres ingresos de la mercería.
Y la carta de su abuela, que le dejé leer entera, y que leyó dos veces, y en la segunda se paró en el mismo sitio en el que me había parado yo.
—«Invité a la nieta porque llegué tarde para invitar a la amiga» —leyó en voz alta—. Joder.
—Sí.
—Perdona. Es que joder.
Se quedó mirando el folio.
—O sea que la del arcón era tu abuela.
—La del arcón era mi abuela.
—Y tú lo sabías desde el 6 de agosto.
—Lo sospechaba desde el 6 de agosto. Lo supe el 22.
—Y no me lo dijiste.
—No.
Clara asintió despacio, mirando la pared de enfrente, y ahí tuve treinta segundos de miedo de verdad, más que en el patio con Chelo y más que en la cocina con Gabriel.
—Vale —dijo—. Me cabrea. Que lo sepas. No lo del pacto, eso lo entiendo. Me cabrea que llevaras cinco semanas sola con eso encima. —Se giró—. ¿Tú sabes lo raro que es enterarte de que la persona a la que le retiraron el álbum de fotos delante de tus narices en tu propia cocina eras tú?
Y luego, sin transición, porque es Clara:
—Vamos a buscar a Maruxa.
Maruxa estaba en el office, planchando manteles a las nueve de la noche de un jueves, con la boda encima, porque esa mujer no ha descansado nunca.
Clara le puso la carta encima de la tabla.
—Maruxa, deja eso y lee.
—Estoy con los manteles.
—Los manteles esperan.
Maruxa se limpió las manos en el delantal, se puso las gafas que lleva colgando del cuello, y leyó los tres folios de pie, con la plancha apoyada de canto y el vapor haciendo ruido cada veinte segundos.
Cuando llegó al final, dobló la carta por sus dobleces —igual que yo, igual que la había doblado Aurora— y se la devolvió a Clara.
—Ya era hora —dijo.
Y luego me miró a mí.
—Usted es la nieta de Julia.
—Sí.
—Ya lo sabía.
Clara y yo nos quedamos igual de quietas.
—¿Cómo que ya lo sabía? —dijo Clara.
—Desde el primer día. —Volvió a la plancha, como si aquello no requiriera ninguna ceremonia—. Desde que la vi bajar del coche del abogado y se quedó mirando la galería. Julia se quedaba mirando la galería igual, con la barbilla así.
—Maruxa —dije—, usted me colgó el teléfono el 23 de julio.
—Le colgué el teléfono porque quería usted que la borraran de la lista. —Aplastó una arruga—. Y de esa lista no se borra nadie.
Le pregunté entonces lo que llevaba seis semanas queriendo preguntarle, y esta vez no me contestó con otra pregunta.
—Yo entré en esta casa en el sesenta y nueve, con veintidós años —dijo—. Ellas ya no se hablaban desde hacía seis. Pero yo cosía. Y doña Aurora me cogió porque cosía, aunque aquí ya había dos mujeres para la casa, y me tuvo tres inviernos remendando lo que no hacía falta remendar.
—¿Por qué?
—Porque le gustaba mirar. —Cambió el mantel—. Se sentaba ahí, en la silla de la ventana, con las cuentas o con la radio, y me miraba coser dos horas. Y un día le pregunté que si quería que le enseñara, que era muy fácil, y me dijo que no. Que ella para eso ya tenía a alguien.
Dejó la plancha de canto.
—En presente —dijo—. Tenía. Que ya tenía a alguien. Y llevaban seis años sin dirigirse la palabra.
Clara se sentó en el escalón del office.
—Maruxa, ¿y el bordado?
—El bordado lo trajo ella al arcón en el sesenta y cuatro, cuando la casa ya era de aquí.
—Se ajustó las gafas—. Se lo dejaron. En una casa que se vende con la mesa puesta se quedan muchas cosas, y esa se quedó a medias en un cesto de la habitación de arriba.
Y doña Aurora lo dobló y lo metió en el arcón bueno con las sábanas que no usó nadie.
Yo la vi hacerlo. Yo tenía veintidós años y no pregunté.
—¿Y nunca lo terminó?
—Le dije yo de terminárselo dos veces. En el setenta y algo y cuando enviudó. —Cogió otro mantel—. La segunda vez me dijo que ni se me ocurriera. Que aquello no era mío.
Y entonces, sin levantar la vista de la tabla, Maruxa dijo:
—¿Qué pone en la instrucción tercera?
Clara buscó el folio.
—«En el arcón del ajuar hay una labor a medias. Dile a Maruxa que ya puede.»
Maruxa apagó la plancha.
Estuvo un momento con las dos manos apoyadas en la tabla, de espaldas a nosotras, y cuando se dio la vuelta tenía la cara exactamente igual que siempre, porque esa mujer no tiene otra.
—Llama a las del tute —dijo—. Y trae el bordado.
Aquella noche, ya tarde, Clara me preguntó una cosa en la puerta del office.
—Oye. ¿Y tú qué vas a hacer con él?
—¿Con quién?
—Ah, vale. Muy bien. —Se apoyó en el marco—.
Mira, te cuento una cosa y me voy a la cama, que me caso pasado mañana.
El martes por la mañana, el día que se fue a Madrid, vino a devolverme una carpeta de la tasación y se quedó de pie en el taller sin decir nada durante un rato largo.
Y luego me preguntó si yo estaba enfadada con él.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí. Un poco. —Bostezó—. Y me dijo: «Voy a hacer una cosa que va a poner en riesgo lo de tu abuela y te va a costar la casa. Te lo digo antes porque tú eres la única a la que le cuesta el dinero.»
Me quedé quieta en mitad del office.
—¿Eso te dijo?
—Palabra por palabra, que se me quedó porque me pareció rarísimo. —Clara bostezó—. Y le dije que hiciera lo que tuviera que hacer, que a mí la casa me la habían dado sin preguntarme.
—Clara.
—Que sí, que ya lo sé. —Se fue por el pasillo—. Buenas noches.
Y así fue como el viernes 11 de septiembre de 2026, la víspera de la boda, con la carpa a medio montar en el prado y el catering llamando cada media hora, seis mujeres se sentaron alrededor de la mesa de castaño del comedor de Corbeira, debajo de dos retratos de desconocidos, a terminar una labor de 1962.
Fina, Esther y Divina llegaron a las cinco y media con sus cestas, sin preguntar por qué, porque en Arousela cuando Maruxa llama se va.
Se pasaron las tres primeras horas discutiendo.
No de perdón, ni de Aurora, ni de Julia, ni de 1963. De puntadas.
—Eso no es espiga, mujer, eso es cordoncillo.
—Es espiga mal hecha.
—No está mal hecha, está torcida a propósito.
—Nadie tuerce a propósito.
—Ella sí —dije yo.
Las cuatro me miraron.
—Se le torcía siempre —expliqué—. Al final de cada hilera, un grado a la izquierda. Y luego corregía en la primera puntada de la siguiente sin mirar.
Fina cogió la tela y la puso al trasluz.
—Anda, es verdad. —Se la pasó a Esther—. Mira, mira: se va y vuelve.
—Uy, sí.
—¿Y eso por qué es? —dijo Clara.
—Porque no respiraba —dije—. Se le olvidaba respirar cuando llevaba mucho rato y se le iba la mano. Me lo decía a mí.
Y las cinco se pusieron a coser.
Yo no cosí. Me lo ofrecieron dos veces y dije que no, y me quedé sentada al lado, con el dedal en el meñique y una copa de albariño de Meaño que compró la familia a granel, viendo cómo cinco mujeres de entre treinta y ochenta y un años terminaban a las once y cuarto de la noche la cenefa de hoja de laurel de una sábana de hilo que una chica de diecinueve años dejó a medias en septiembre de 1962 porque tenía cosas más urgentes de las que preocuparse.
El monograma lo dejaron para el final, que era lo suyo.
Divina lo remató a las once y treinta y cinco: la segunda letra sobre el rastro de lápiz de sastre que ya casi no se veía, con hilo doblado, para que levantara igual que la primera.
Y cuando estuvieron las dos, se leyó.
Como se leen los monogramas: de golpe, cuando la orla cierra.
J. V.
Las iniciales de la novia, en un ajuar que nadie llegó a usar, en una casa que dejó de ser suya seis meses después.
Clara puso la sábana sobre la mesa, extendida, y las cinco se quedaron mirándola de pie, y nadie dijo nada durante un rato bastante largo.
—Bueno —dijo Maruxa al final—. Pues ya está.
Y recogió las agujas.
A las doce menos cuarto, cuando salía hacia la casa de los caseros, me sonó el móvil.
Un mensaje de mi madre, de las 23:41.
«Salgo mañana en el tren de las 8:05. Llego a Vigo a las 13:20. No sé cómo se va desde ahí.»
Y dos minutos después:
«No me voy a quedar a dormir.»