Capítulo 2
Capítulo
La notaría de don Jacobo Mariño Cores ocupaba el primer piso de una casa de piedra con galería blanca a dos calles de la plaza de Fefiñáns, y en la sala de espera había tres sillas, un ficus con más años que yo y un cuadro de bateas al atardecer pintado por alguien que quería a las bateas más de lo que dominaba la perspectiva.
Llegué veinticinco minutos antes. Es una costumbre profesional: en las salas de espera se aprende más que en las salas de reuniones, porque en las de espera la gente todavía no ha decidido qué cara pone.
La otra persona que esperaba había decidido la suya hacía rato y no era buena.
Cuarenta y tantos, traje sin corbata en julio —el uniforme del que va a trabajar a un sitio donde le van a mirar el traje—, una carpeta azul en las rodillas y un móvil que consultaba cada minuto y medio sin leer nada.
La carpeta estaba impecable y él la recolocaba igual: dos golpecitos contra el muslo, alinear, dejar.
Repitió la coreografía tres veces en cuatro minutos.
Ninguna de las tres la carpeta lo necesitaba.
A eso lo llamamos ansiedad ocupacional. La gente que va a decir la verdad no ordena nada.
—¿Nora Valdés? —dijo, sin haberme preguntado nada antes.
—Depende de quién lo pregunte.
—Gabriel Otero. —Se levantó y me tendió la mano, y luego, como no supo qué hacer con la carpeta, se la puso bajo el brazo—. Abogado. Soy el albacea de doña Aurora.
—Encantada. ¿Y usted cómo sabe que soy yo?
Tres segundos. Los conté.
—Porque no es usted del pueblo.
—Cambados tiene siete mil habitantes.
—Ya. —Volvió a alinear la carpeta—. Le he visto la cara de quien no sabe qué hace aquí.
Aquello, hay que reconocerlo, era bueno.
Y además cierto. Pero fíjese usted en la maniobra: le pregunto cómo me ha reconocido y me contesta con un piropo a mi expresión facial.
Cobro por detectar exactamente ese desvío.
Cuando alguien esquiva una pregunta menor con elegancia, lo que oculta nunca es menor.
Nos llamaron a las doce y cuarto.
El despacho olía a papel y a limpiacristales.
Don Jacobo tendría sesenta y pocos y esa gravedad de los notarios de pueblo, que es la de quien ha visto llorar a mucha gente en la misma silla y ha aprendido a no mirar mientras.
Me pidió el DNI, lo cotejó con dos documentos, dijo «perfecto» y abrió una carpeta de tapas duras.
—Doña Nora, procedemos a la entrega del legado ordenado a su favor por doña Aurora Seoane Ponte.
Puso sobre la mesa una cajita de cartón forrado, del tamaño de las que en mi familia guardaban botones.
Dentro había un dedal.
De plata, deslustrado, con el borde superior gastado de un lado —del lado del que empuja la aguja mil veces—, más pequeño de lo que yo habría necesitado para nada.
Un dedo fino. Un dedo, además, que había cosido de verdad: aquello no era pieza de vitrina.
Le di la vuelta. Por dentro, grabado en letra muy pequeña, decía:
J. V. · A. S. · 1962
Levanté la cabeza.
—¿Eso es todo?
—Eso es el legado, sí.
—¿Y las iniciales?
—Constan en el bien. No consta su explicación.
—¿Y la mía? —Dejé el dedal en la caja y no lo cerré—. Su carta decía que la vinculación de la causante conmigo se acreditaría en el acto. Estamos en el acto.
Don Jacobo hizo un gesto mínimo hacia Gabriel, que era una manera muy limpia de pasarle el muerto.
—Doña Aurora dejó instrucciones específicas al respecto —dijo Gabriel.
—Estupendo. Léamelas.
—No puedo leerlas.
—Puede leerme la parte que le compete a la destinataria. Soy la destinataria.
Se miraron. Don Jacobo hizo con los hombros ese gesto de los notarios que no compromete a nada, y sacó un pliego de la carpeta.
—Puedo darle lectura del extracto que consta protocolizado —dijo—. Literal: «Para entregar a Nora Valdés el día de la boda. No antes. Si se le explica el motivo, que no venga.»
Hay frases que uno oye y frases que uno cataloga. Aquella la catalogué.
—¿Puedo verlo?
Don Jacobo giró el pliego sobre la mesa sin soltarlo, lo justo para que yo alcanzara a leer aquellas tres líneas escritas a mano, con una letra picuda, inclinada, de las que ya no se enseñan.
La tinta era azul. El punto y aparte, muy marcado, como quien cierra una puerta con la cadera porque lleva las manos ocupadas.
—Vamos a ver si lo he entendido —dije—. Una señora a la que no conozco me deja un dedal que no es mío, me convoca a una boda de la que no sé nada, prohíbe que me expliquen por qué, y prevé por escrito que, si me lo explican, yo no querré ir.
—Es un resumen razonable.
—No es un resumen. Es una cláusula penal. —Cerré la caja—. ¿Sabe usted lo que significa que alguien redacte de antemano lo que hará la otra parte cuando se entere? Significa que quien redacta sabe perfectamente que hay un motivo para no venir.
Don Jacobo miró el reloj de pared con verdadera devoción.
—Yo, doña Nora, doy fe de lo que consta. De lo que no consta no doy fe.
—Es usted un hombre afortunado.
Firmé la entrega. Firmé también el acuse de recepción del bien, con su descripción —«dedal de metal blanco, con inscripción»— y su tasación simbólica, y guardé la caja en el bolso pensando que a la señora Iglesias y a su hermano les habría encantado aquel documento: por fin un objeto de once gramos con más expediente que una plaza de garaje.
—Una última cosa, por curiosidad profesional —dije, con el bolígrafo todavía en la mano—. ¿Cuánto hace que esto está protocolizado?
—El testamento es de marzo —dijo don Jacobo.
—¿Y ella vino aquí a firmarlo?
—Vino aquí, sí.
—¿Andando?
Don Jacobo levantó la vista por primera vez en toda la mañana.
—Andando desde el coche. La trajo el señor Otero. —Cerró la carpeta—. Y estuvo dos horas revisando la redacción de una cláusula que no era de contenido económico. Es lo único que le voy a decir, doña Nora, y se lo digo porque no consta en ningún sitio y por tanto no estoy dando fe de nada.
—¿Qué cláusula?
—Ahí ya sí que doy fe de que no le contesto.
Salimos los dos a la escalera. Gabriel me sostuvo la puerta y no me miró, que es la forma que tiene la gente educada de vigilarte.
—Le acompaño al coche.
—Le acompaño yo a usted, que es el que tiene algo que decirme.
—Yo no...
—Señor Otero. —Me paré en el rellano—. Usted miente por omisión con mucho oficio. Se lo digo como profesional. Sin acritud.
—Perdone, pero yo no le he mentido en nada.
—No. Ha hecho algo más difícil: ha contestado a todo sin decir nada, y encima ha sido amable. Eso no se improvisa. ¿Cuántos años lleva ejerciendo?
—Dieciséis.
—Se le nota. —Bajé un escalón—. Y aun así, cuando le he preguntado cómo me había reconocido en la sala de espera, ha tardado tres segundos y me ha halagado la cara. Los abogados no halagan gratis. Cobran por palabra.
Ahí lo vi respirar de otra manera. Y ahí, exactamente ahí, empezó a hablar de más, que era —yo aún no lo sabía, pero lo intuí como se intuyen los cambios de tiempo— lo que le iba a pasar siempre que yo le ganara un punto.
—La he reconocido porque su nombre lleva tres meses encima de mi mesa —dijo—.
Porque es el único de la lista que no he conseguido ubicar y llevo desde abril intentándolo.
He llamado a dos parroquias, a un colegio de Vigo y a una prima de doña Aurora en Buenos Aires que tiene noventa y un años y una memoria envidiable para todo el mundo menos para usted.
Y porque la vi bajar del coche de alquiler mirando el número del portal dos veces, que es lo que hace alguien que no ha estado nunca en un sitio. Ya está. Eso es todo.
Silencio de escalera. Muy bueno, el de las escaleras de piedra: rebota.
—¿Qué lista? —dije, y lo dije sabiendo perfectamente qué lista, porque llevaba el extracto en el bolso desde el viernes—. Dígamelo usted.
Cerró los ojos medio segundo. Un hombre que acaba de oírse.
—La lista de invitados.
—¿A la boda?
—A la boda.
—¿Y esa lista quién la hizo?
—Ella.
—¿Cuándo?
—En marzo.
—¿Estaba enferma en marzo?
—Se moría en marzo. —Lo dijo sin ninguna dulcificación, y fue lo primero de él que me pareció verdad de la primera a la última letra—.
Lo sabía y lo tenía todo cronometrado. Yo llevo dieciséis años ejerciendo y no he visto a nadie organizar su muerte con esa antelación. Ni a nadie disfrutarlo tanto.
Bajamos el resto de la escalera. En la calle daba un sol de julio que en Madrid habría sido violencia y allí era solo una opinión. Él sacó las llaves y no las usó.
—Doña Nora.
—Nora está bien.
—Prefiero doña Nora, si no le importa. —Y entonces abrió la carpeta azul, esa que llevaba una mañana entera alineando, y sacó un sobre—. Esto también es para usted.
Papel verjurado, del que pesa. Mi nombre a mano, con la misma letra picuda del pliego, y un remite que no era un remite sino una dirección: Pazo de Corbeira, Arousela.
Dentro, la invitación.
CLARA & BOSCO tienen el gusto de invitarle a la celebración de su matrimonio el sábado 12 de septiembre de 2026 en la capilla del Pazo de Corbeira, Arousela (y a continuación, escrito a mano) Nora Valdés (y quien la acompañe)
Lo leí tres veces, y a la tercera ya no leía: comprobaba.
—Esto es un error —dije.
—No lo es.
—Señor Otero, yo no conozco a estas personas. No sé quién es Clara. No sé quién es Bosco. Hasta el viernes pasado no sabía que existía Arousela.
—Lo sé.
—Entonces sabrá también que a las bodas se invita a la gente que uno conoce.
Se guardó las llaves en el bolsillo, con las dos manos, como si le estorbaran.
—Doña Nora, yo llevo tres meses con esa lista.
Ciento cuarenta y un nombres. De ciento cuarenta sé hasta con quién no pueden sentarse.
—Y por primera vez me sostuvo la mirada de verdad, sin educación de por medio—.
Créame que si esto fuera un error, sería el único que cometió aquella mujer en ochenta y cinco años. Y no lo es.
Volví a mirar la invitación. Y entonces vi lo otro, que llevaba tres lecturas delante de las narices.
La tarjeta estaba impresa. «Clara & Bosco», la fecha, la capilla: todo tipografía, todo idéntico a las otras ciento cuarenta que habrían salido de la misma imprenta.
Mi nombre no. Mi nombre estaba escrito a mano, debajo, en el espacio en blanco. Con la letra picuda. Con la misma tinta azul del pliego.
—Señor Otero.
—Dígame.
—Estas invitaciones se imprimieron en un sitio y se rellenaron en otro. —Se la enseñé, con el dedo debajo de mi nombre—. ¿Todas las rellenó ella a mano?
—Todas.
—¿Cuántas?
—Ciento cuarenta y una. En marzo. —Hizo una pausa que no le hacía falta para nada—. Tardó cuatro tardes. Yo estaba delante en dos de ellas.
Guardé la invitación en el sobre. El sobre en el bolso, con la caja del dedal, que pesaba once gramos y de repente pesaba más.
—Que tenga buen viaje —dijo él.
—Señor Otero, una cosa más.
—Ya me lo temía.
—«Y quien la acompañe.» —Cerré el bolso—. Eso también lo escribió ella a mano.
—Sí.
—¿A todo el mundo?
Tres segundos. Cronometrados, ya digo.
—No —dijo—. A todo el mundo no.