VOLVER
La casa estaba en silencio. Demasiado silencio. Me tumbé en la cama, mirando al techo, pero no veía el techo. Veía a Claire: su mirada, su voz tranquila, sus palabras.
Salir de esto no es sencillo.
Cerré los ojos.
Para tus enemigos nunca dejarás de existir.
Me giré de lado, abrazando la almohada con fuerza. Llevaba horas dándole vueltas a todo: a lo que significaba quedarme, a lo que significaba marcharme.
Dejar el negocio no era tan simple como cerrar una puerta y seguir caminando. Claire tenía razón: siempre había enemigos, cuentas pendientes, alguien esperando el momento adecuado.
Pero quedarme tampoco era sencillo. Porque entonces estaba él. Lorenzo.
Su nombre me atravesó el pecho, suave y doloroso a la vez. No pertenecía a ese mundo. No se merecía vivir mirando por encima del hombro, ni escoltas, ni amenazas que ni siquiera entendería.
Ni una vida con alguien que, un día, pudiera acabar en prisión. O peor.
Un nudo me cerró el pecho. Abrí los ojos y giré la cabeza hacia la mesilla. El teléfono estaba allí. Lo cogí casi sin pensar.
Había un mensaje suyo de hacía un rato.
Buona notte, Sofía. Hoy Mentón se siente demasiado silencioso sin ti.
Sonreí, sin poder evitarlo. Lo imaginé diciendo aquello con esa calma suya, esa forma de desarmarlo todo.
Recordé el paseo en yate, el sol cayendo sobre el mar, su mano rozando la mía al atardecer. Y entonces lo eché de menos. Demasiado.
Me incorporé y apoyé la espalda en el cabecero, cerrando los ojos un momento. No podía actuar impulsivamente. Era exactamente lo que no debía hacer. Claire tenía razón: las decisiones impulsivas, en mi mundo, se pagaban caras.
Tomé aire e intenté contar hasta diez. Uno. Dos. Tres.
Pensaba en las consecuencias, en los riesgos, en todo lo que podía salir mal.
Cuatro. Cinco.
A los cinco ya estaba de pie. Cogí el teléfono.
—Seco.
La voz al otro lado tardó apenas un segundo.
—A sus órdenes, señora.
—Prepara el jet.
Hubo una breve pausa.
—¿Destino?
Miré hacia la ventana. La noche era oscura, tranquila, casi inmóvil.
—Francia. Costa Azul.
Otra pausa, más corta.
—¿Hora de salida?
—Lo antes posible.
—Entendido.
Colgué. Durante unos segundos me quedé quieta en medio de la habitación.
Sabía que no era prudente. Ni estratégico. Probablemente, tampoco acertado.
Pero también sabía algo más: no podía seguir allí fingiendo que Lorenzo no me importaba.
En ese momento, lo único que quería en el mundo… era volver a verlo.