LA SORPRESA
Días después, la mañana había empezado como cualquier otra.
Revisaba informes en el despacho con el café ya frío cuando vibró el móvil.
Dove sei?
Sonreí sin querer.
Le hice una foto rápida a través del ventanal: los rascacielos de Brickell, el tráfico diminuto abajo, la bahía al fondo.
En el despacho. Muy emocionante.
Tardó segundos.
Ah… sí. Muy dramático. Se ve que sufres mucho.
Rodé los ojos.
Muchísimo.
Intenté volver al informe… pero ya estaba distraída.
Un golpe suave en la puerta.
—Adelante.
La secretaria asomó con gesto neutro. —Señora Sofía… hay un hombre que quiere verla. Dice llamarse… Lorenzo Bianchi.
El aire desapareció.
—… ¿qué?
—¿Lo hago pasar?
—No. No puede ser. Lorenzo Bianchi está ahora mismo a más de siete mil kilómetros. Verifica su identidad. Y si pone problemas, llama a seguridad.
—Señora —interrumpió—, insiste. Su documento de identidad parece auténtico.
—No puede ser… —me quedé inmóvil—. Déjale pasar.
No recuerdo haber respirado hasta que la puerta volvió a abrirse.
Y entonces apareció.
Él.
Allí.
De verdad.
De pie, ligeramente incómodo, con una mochila al hombro, camiseta blanca ajustada, vaqueros oscuros… marcando su figura con una naturalidad indecente.
Me quedé paralizada.
—Pero… ¿cómo es posible? —di un paso hacia él—. ¿Qué haces aquí?
Una sonrisa leve, casi tímida, le rozó los labios. —Quería darte una sorpresa.
—No me lo puedo creer…
Lo miré de arriba abajo. —¿Cuándo has venido?
—Anoche. Llegué tarde. No quería molestarte. Me quedé en un hotel… cerca del aeropuerto.
Abrí los ojos. —¿En un hotel? La próxima vez me avisas. Eso no es negociable.
Se rió, suave.
Nos miramos.
Silencio.
—No sé qué decir —confesé—. Estoy… paralizada.
—¿Estás contenta?
—Muchísimo.
Nos quedamos quietos un instante… y entonces nos besamos.
Fue un beso corto, casi contenido.
Nos separamos, nos miramos y, sin saber muy bien por qué, nos echamos a reír.
Luego volvimos a besarnos, esta vez sin dudar.
—Lo siento si tienes trabajo —dijo—. Podemos vernos luego.
—¿Cuántos días te quedas?
—Algunos.
Lo pensé apenas un segundo. —Tengo mil cosas que hacer… pero todo puede esperar.
Cogí el teléfono. —Cambia todas mis reuniones. Me tomo el resto del día libre.
Colgué.
—Suenas poderosa —bromeó.
Reímos.
—¿Qué hacemos?
Me salió una sonrisa nerviosa. —Podemos ver el distrito artístico, museos, galerías…
—Sofía —rió—. Frena.
Me miró directo. —He venido para verte a ti. Lo demás me da igual.
Nos sentamos en una terraza alta.
La brisa cálida movía los manteles blancos. El sonido lejano del tráfico y el agua de la bahía se mezclaban con conversaciones elegantes.
— Incredibile … —miró alrededor—. Qué derroche de lujo.
—El despacho tiene mejores vistas —reí.
—¿Siempre te mueves con ellos? —miró discretamente a mis hombres de seguridad.
—Es más prudente.
Asintió, pensativo, y cambió de tema. —El vuelo, horrible. Cada vez menos espacio.
—Te dije que te mandaba mi avión privado.
—No, Sofía.
—¿Por qué?
—No me gusta aceptar favores que luego no puedo devolver.
Me quedé en silencio.
Esa frase…
—Yo decía exactamente lo mismo hace años.
Lo miré. —A mí no tienes que devolverme nada. Eres… diferente.
—Precisamente por eso —respondió—. No estoy contigo por interés, Sofía. Y no quiero que nunca tengas la más mínima duda.
Sentí algo cálido en el pecho.
Nos quedamos con las manos entrelazadas sobre la mesa.
—Estoy sin palabras —dije—. No me suele pasar.
Él guardó silencio un momento. Su mirada descendió despacio, recorriéndome, y se detuvo apenas un segundo más de la cuenta antes de volver a mis ojos.
—Me llama la atención el contraste… la Sofía de aquí y la que yo conozco.
—¿Cuál te gusta más?
Sonrió. —Las dos. Pero la que aparece cuando estamos solos… esa es la que más me gusta. Se siente más real.
Bajé la mirada.
—¿Sabes una cosa? Esa Sofía hacía mucho que no salía… solo aparece cuando estoy contigo.
Sonrió, mirándome fijamente. Su mirada parecía atravesarme.
Y sentí unas ganas profundas de besarlo.