La Intérprete PIEZAS INVISIBLES
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PIEZAS INVISIBLES

El avión aterrizó en Miami con una suavidad casi ofensiva.

Después de la tormenta, de la selva, del barro pegado a la piel y el olor metálico de la pólvora… la pista privada parecía otro mundo.

El Seco viajaba conmigo. No me dejó sola ni un segundo desde que salimos de Venezuela.

El aire húmedo de Miami me envolvió como una manta caliente. Olía a mar, a asfalto, a lujo. Tan distinto al olor espeso de la selva mojada, a tierra removida y hojas trituradas bajo botas.

Subimos al coche.

Nadie habló.

Las luces de la ciudad se deslizaban por la ventanilla como si nada hubiera ocurrido. Como si no hubiera tenido un arma apuntando a Ríos hacía apenas horas. Como si no hubiera sentido la muerte respirándome en la cara.

Cerré los ojos.

Y vi los ojos de Ríos.

Y luego… otros.

Más claros.

Más serenos.

Más peligrosos.

Dan.

La imagen volvió con fuerza: la lluvia cayendo sobre su pasamontañas, el barro, el peso de su brazo sosteniéndome mientras corríamos bajo el fuego cruzado.

Y después… el refugio improvisado.

El olor a madera húmeda. A tela mojada. A piel caliente.

Sus manos limpiando mi herida con una delicadeza que no encajaba con la brutalidad del entorno.

Su camiseta empapada. Sus ojos demasiado cerca.

Y ese beso.

Breve.

Contenido.

Prohibido.

Apreté los labios.

No había sido impulso.

Había sido algo más peligroso.

Una historia que nunca llegó a empezar.

Cuando llegamos a mi propiedad, el portón se abrió sin ruido. Seguridad en posición. Todo bajo control.

Pero yo no.

Entré en la casa. Mármol impecable. Silencio perfecto. La piscina iluminada reflejando la noche como un espejo inmóvil.

El Seco se detuvo a una distancia prudente.

—La casa está asegurada. ¿Desea algo más, señora?

Negué.

—Descansa. Mañana hablamos.

Subí sola.

Me quité los zapatos y caminé descalza hasta el ventanal. Desde allí la ciudad parecía rendida ante mí. Mis clubes llenos. Mis socios satisfechos. Ríos capturado.

Había ganado.

Entonces, ¿por qué no sentía victoria?

Apoyé las manos en el cristal.

Porque no había sido solo yo.

No fue mi estrategia.

No fue mi cálculo.

No fue mi poder.

Alguien había movido una pieza.

Pensé en la voz de Dan bajo la lluvia.

“Hubo una llamada filtrada. No pudimos rastrearla. Alguien sabía que estarías aquí.”

Alguien sabía.

El coche en Miami.

La embestida.

La intervención perfecta.

Demasiadas coincidencias.

Me llevé una mano al pecho.

No era miedo.

Era otra cosa.

La certeza de que no estaba sola en el tablero.

Alguien me observaba.

Eso me incomodaba.

Yo era la que movía piezas.

Y, aun así… no veía todas.

Cerré los ojos y volví a verlo.

Esos ojos claros bajo la lluvia.

Ese instante en que me sostuvo un segundo más de lo necesario.

Exhalé.

Me separé del cristal.

El tablero había cambiado.

Pero la partida no había terminado.

Yo no estaba viendo todas las piezas.

Y eso no tranquilizaba.

Me senté en la cama y miré la oscuridad.

—¿Quién eres realmente? —susurré.

La noche no respondió.