INDIAN CREEK
El trayecto hasta mi casa fue silencioso, cargado de una electricidad casi tangible. Cuando el coche cruzó el acceso privado de la isla, Thiago se inclinó hacia delante, observando la propiedad iluminada.
—Diablo… —murmuró—. Esto no es una casa. Es un imperio.
Me miró, incrédulo.
—He estado en esta isla alguna vez… pero no en una casa como esta. Tú estás a otro nivel, Sofía.
Entramos. La casa estaba en silencio. Los ventanales devolvían las luces de Miami como un collar infinito. Thiago avanzó despacio, girando sobre sí mismo.
—Tienes todo —dijo—. Absolutamente todo.
No respondí.
Me miró entonces, de verdad.
—¿Y eres feliz?
La pregunta me atravesó.
—La felicidad no es un estado permanente —contesté—. Es un momento.
Lo sostuve un segundo más.
—Y no te he traído aquí para hablar de filosofía.
Acorté la distancia.
Nos besamos sin prisa, pero sin dudas. Un beso profundo, cargado de todo lo que no habíamos dicho. Sus manos firmes en mi cuerpo. Las mías recorrieron su pecho, deteniéndose apenas.
—En la negociación… —murmuró contra mis labios— me dejaste impresionado. Eres brillante.
—No te imaginas —respondí— lo peligrosa que puede ser una mujer cuando sabe exactamente lo que quiere.
Su sonrisa fue lenta.
Me sostuvo la mirada antes de besarme de nuevo. Como si midiera el tiempo. Como si decidiera cuándo.
Avanzamos sin soltarnos, guiados más por el deseo que por la casa. La habitación se abrió ante nosotros, con el mar al fondo. Cuando la puerta se cerró, el mundo quedó fuera.
Ese fuego. Ese instante.
La luz de la mañana me despertó despacio, filtrándose por las cortinas blancas. Durante un segundo pensé que estaba sola. Luego escuché un ruido suave, metálico, lejano. La casa no estaba en silencio.
Me incorporé, me puse la camisa de la noche anterior y caminé descalza hacia el salón.
Y entonces lo vi.
Thiago estaba en la cocina, de espaldas, sin camiseta, moviéndose con naturalidad, como si la casa hubiera sido suya siempre.
La luz le caía sobre la piel morena, dibujando la espalda, los hombros, los brazos tatuados.
Se inclinaba sobre la encimera, batiendo algo en un bol.
Tranquilo. Seguro. Peligrosamente atractivo.
Me apoyé en el marco de la puerta y lo observé unos segundos de más.
—Me acabas de estropear la sorpresa —dijo sin girarse—. Quería despertarte con el desayuno.
Sonreí.
—¿Desde cuándo eres romántico?
Se giró entonces, con esa sonrisa lenta que sabía lo que provocaba.
—Desde que me dijiste que eras selectiva —respondió—. Quiero formar parte de tu selección.
Me acerqué despacio. Le rodeé el cuello con los brazos y apoyé la frente en su pecho.
—No te emociones —murmuré.
Se rió bajo. Me besó. Un beso suave, perezoso, cargado de promesas.
Desayunamos juntos frente al mar: café, fruta, algo improvisado pero perfecto. Hablamos poco. No hacía falta.
Me levanté y miré el reloj.
—Tengo que irme. Hoy tengo mucho trabajo en el despacho.
Asintió, sin dramatismo.
—Lo suponía.
—Pero si quieres… puedes quedarte —añadí—. Disfruta de la casa. De la piscina. Nos vemos esta noche.
Me miró como si acabara de recibir algo inesperado.
—Wow… —dijo—. Así se avanza a pasos agigantados.
Le lancé una mirada divertida.
—He dicho que no te emociones.
Rió. Se inclinó y me besó otra vez, lento, consciente.
—A sus órdenes, mi Intérprete.
Sonreí mientras me alejaba.