EL JUEGO EN MARCHA
Lo volví a ver semanas después.
No fue casualidad. Nada lo era ya.
El club estaba en Wynwood, un espacio industrial reconvertido: cemento visto, luces rojas bajas, música grave. Fuera, humedad espesa, olor a sal y gasolina. Dentro, cuerpos, ritmo lento, poder disfrazado de fiesta.
Entré sola.
Sabía que estaba allí.
Lo vi antes de que él me viera.
Thiago Cruz destacaba sin esfuerzo. Camisa blanca abierta dos botones, mangas remangadas, reloj discreto pero caro. Carismático. Sonreía rodeado de gente, pero sus ojos no. Observaban.
Me acerqué a la barra y pedí un negroni.
Sin mirar atrás.
Sentí su mirada antes de escucharlo.
—Sabía que nos volveríamos a ver —dijo.
No giré inmediatamente.
—Eso es presuponer demasiado.
Bebí un sorbo.
Entonces sí, lo miré.
—¿Siempre abordas así a mujeres que no te dan su nombre?
Sonrió.
—Solo a las que no me lo dicen a propósito.
—Quizá no me interesa que me recuerdes.
—Créeme —respondió—, eso ya no depende de ti.
Reí, apenas.
—¿Y tú quién eres para estar tan seguro?
—Thiago Cruz.
Extendió la mano.
No la tomé.
—Lo sé.
Eso le gustó. Se le notó.
—La otra noche no me contaste qué hace una española en Miami.
—¿Te molesta?
—Me intriga.
Me giré hacia él, apoyando el codo en la barra.
—La intriga suele ser peligrosa.
—Lo peligroso —respondió— es aburrirse.
Nos miramos unos segundos. La música bajó lo justo para que el silencio pesara.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Quién eres?
Negué despacio.
—No hoy.
Alzó las cejas.
—No estás acostumbrada a que te persigan.
—No estoy acostumbrada a perseguir.
Apuré la copa, dejé el vaso en la barra y me giré para irme.
—Nos volveremos a ver —dijo, seguro.
Me detuve un segundo, sin mirarlo.
—No apostaría dinero a eso.
Di unos pasos más.
—Buenas noches, Thiago.
No me siguió.
No insistió.
Eso lo hizo aún más interesante.
Al salir al aire húmedo de Miami, sentí el pulso firme, controlado. No había mariposas. Ni culpa.
Había estrategia.
El juego no había empezado esa noche.
Pero esa noche, por fin, los dos lo sabíamos:
ya estaba en marcha.