La Intérprete VACÍA
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VACÍA

El avión despegó de La Paz con una suavidad casi irónica.

Desde la ventanilla, la costa se fue encogiendo hasta volverse una línea imprecisa. El mar —testigo de todo: de él, de nosotros, de mis pérdidas— quedó atrás.

Apoyé la frente en el cristal.

Adiós, La Paz.

No sabía si era una despedida o una pausa más en una vida hecha de huidas.

El Seco viajaba frente a mí, serio, inmóvil. En un momento alzó la vista.

—¿Está bien, señora?

Asentí.

—Sí… gracias.

No era verdad del todo. Tampoco mentira. Era lo único posible.

El vuelo transcurrió en silencio. Nubes, luz, el azul profundo abriéndose poco a poco hacia un turquesa más vivo.

Al iniciar el descenso, los colores irrumpieron sin transición: el verde excesivo, el agua clara, las líneas exactas de la ciudad.

Miami apareció como algo casi irreal.

Y, sin querer, volvió el recuerdo.

La primera vez con él. Su mano señalando las islas desde el aire. Su voz, precisa, hablando de rutas, corrientes, cálculos. Esa certeza suya que siempre me hacía sentir a salvo.

Esta vez no estaba.

Aterrizamos.

Nos esperaba un coche negro, impecable. El conductor abrió la puerta con una sonrisa medida.

—Bienvenida, señora.

El trayecto fue mudo. Avenidas amplias, palmeras, destellos de sol sobre el agua. Un control de seguridad. Después, Indian Creek.

Allí todo parecía pensado para desaparecer: calles limpias, casas ocultas tras una vegetación perfecta, una calma demasiado perfecta.

El coche se detuvo frente a la casa.

Era mía.

Y, sin embargo, no lo era.

Blanca. Extensa. Minimalista.

Cristales interminables, terrazas abiertas al canal. Un embarcadero privado se alargaba sobre el agua. Un yate impecable esperaba, en silencio.

Un mayordomo nos recibió.

—Bienvenida, señora Sofía. Permítame acompañarla.

Crucé el umbral.

El lujo me envolvió sin esfuerzo: techos altos, mármol claro, arte contemporáneo, una escalera suspendida en el aire.

Todo abierto. Preciso. Irreprochable.

Perfecto.

Y vacío.

El mayordomo hablaba mientras avanzábamos. Yo asentía, sin escuchar del todo.

Cuando se fue, el silencio ocupó su lugar.

Salí.

La piscina era un espejo inmóvil. Más allá, los canales reflejaban la luz baja de la tarde. El agua estaba en calma.

Demasiado.

Me senté.

Respiré.

Una casa desbordada de lujo.

Y, sin embargo, vacía.

Tenía propiedades, poder, seguridad. Un yate. Una isla. Un futuro que debía ser brillante.

Y, aun así, nunca me había sentido tan sola.

Miré el agua.

Sin lágrimas, con una calma extraña, pensé:

Aquí empieza algo nuevo.

No sé si estoy preparada.

Pero ya no hay vuelta atrás.