La Intérprete ADRIÁN Y LUCÍA
53%

ADRIÁN Y LUCÍA

La noche no avanzaba. O quizá era yo la que no avanzaba dentro de ella.

Me desperté sin saber por qué, con esa sensación extraña de haber sido llamada por algo que no hacía ruido. La habitación estaba a oscuras; solo una línea pálida de luna se filtraba entre las cortinas.

Estiré la mano hacia su lado de la cama.

Frío. Vacío.

Miré la hora: dos y doce.

Cerré los ojos, convencida de que estaría en el baño, de que volvería en cualquier momento. Me obligué a respirar despacio, a fingir el sueño.

Cuando volví a abrirlos, la pantalla marcaba las cuatro y algo.

Seguía sin estar.

Entonces apareció ese nudo en el estómago.

Me levanté sin encender la luz. El suelo estaba frío bajo los pies, demasiado real para aquella hora. Crucé el pasillo en silencio, como si la casa pudiera delatarme, y entonces lo vi.

Estaba en la terraza.

Sentado. Inmóvil. De espaldas.

El mar se extendía oscuro, respirando con ese vaivén que de día calmaba y de noche inquietaba. Las estrellas parecían más cercanas allí, como si bastara alargar la mano para tocarlas.

Él no se movía.

Ni el cuerpo ni la cabeza.

Solo el pensamiento.

Y ese no descansaba nunca.

—¿No puedes dormir? —pregunté en voz baja, casi con cuidado.

Giró apenas el rostro.

—No —dijo—. No hoy.

Me acerqué despacio. Llevaba horas despierto; se le notaba en los hombros tensos, en esa rigidez que no era física, sino mental.

Apoyé las manos sobre ellos y empecé a masajearle con suavidad, como si pudiera deshacer algo que no estaba en el cuerpo.

—Ven a la cama —murmuré—. Estarás mejor allí. Necesitas descansar… Yo también estoy inquieta, pero juntos es más fácil.

Soltó el aire despacio.

—No tengo tiempo para relajarme, Sofía. Tengo que pensar. Esto… —hizo un gesto vago hacia la noche— se me está yendo de las manos.

—Siempre piensas —susurré—. Incluso cuando deberías parar.

Alzó la mano y atrapó la mía. Entonces me miró de verdad.

Había algo peligroso en esa mezcla de lucidez y cansancio. Como si hubiera cruzado una línea invisible sin darse cuenta.

—Gracias por estar aquí —dijo—. Pese a todo.

Tragué saliva.

—Por eso ahora entiendes —continuó— por qué no puedo prometerte un futuro. No uno como los demás. Nunca podré darte algo estable… algo limpio.

—Lo sé —respondí—. Y aun así me quedo.

Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre los míos.

—Podrías irte —dijo en voz baja—. No tienes nada que te ate. Podrías desaparecer, empezar de cero. Nadie te obligaría a quedarte conmigo… y, sin embargo, lo haces. Te complicas la vida por mí.

Negó suavemente.

—Eso no es algo que me tome a la ligera.

Me coloqué frente a él y me senté sobre sus piernas, rodeándole el cuello. Apoyé la frente en la suya.

—Desde que te conocí supe que nada contigo sería fácil —le dije—. Que tendría que renunciar a cosas. A muchas.

Hice una breve pausa.

—Pero hay algo en mí que no me deja irme.

Él cerró los ojos un instante.

—Vamos a encontrar una solución —añadí—. Estoy segura de que tu cabeza ya está trabajando.

Cuando los abrió, sonrió. Apenas. Pero lo suficiente.

—¿Sabes qué? —dijo—. Sí. Tengo algo pensado.

Me separé lo justo.

—¿El qué?

—Una escapada.

Fruncí el ceño.

—¿Una escapada? ¿Ahora?

—Nos la merecemos —respondió—. Después de todo. Tu familia. Esta presión. Ni siquiera hemos tenido una luna de miel.

Negué despacio.

—Elías… Claire ha sido muy clara. No podemos viajar.

Alzó una ceja, apenas divertido.

—¿Quién ha dicho que viajen Elías Montoya y Sofía…?

Se levantó conmigo aún entre sus brazos y entró en el despacho. Abrió la caja fuerte y sacó dos pasaportes.

Los abrió frente a mí.

—Se van Adrián Vega y Lucía Ríos.

Me quedé mirándolo.

—Esto es una locura.

Sonrió.

—Nuestra vida es una locura. No sé por qué te sorprende ahora.

Suspiré… y, sin querer, cedí un poco.

—La verdad… —admití— es que me vendría bien respirar.

—No volaremos comercial —añadió—. Piloto yo. Sin rastro.

Lo miré.

—¿Y el destino?

Cerró el compartimento con calma, como si sellara algo más que un plan.

—Uno que quiero enseñarte desde hace tiempo.

La noche volvió a cerrarse sobre nosotros. Pero el aire entró distinto en mis pulmones.

Salimos de madrugada.

Una maleta pequeña, casi simbólica. Lo justo para existir en otro lugar sin dejar demasiado atrás.

Todo tenía ese aire suyo: precisión, silencio, control.

Antes de despegar hizo una llamada breve.

—Todo limpio —dijo.

Nada más.

Registró los nombres sin vacilar:

Adrián Vega. Lucía Ríos.

Los pronunció en voz alta, como si probara cómo sonaban en nosotros.

Autorización concedida.

Despegamos.

Elías pilotaba con esa concentración que siempre me había fascinado. Sin gestos innecesarios, sin tensión visible. Solo control. Como si el caos, para él, fuera un idioma más.

Lo miré de reojo.

Había algo profundamente atractivo en su forma de dominar el mundo sin alzar la voz.

Durante el vuelo me habló de altitud, de corrientes, de pequeñas decisiones invisibles que lo sostenían todo. Lo hacía con paciencia, como aquella vez en la isla.

—El avión siempre habla —dijo—. Solo hay que saber escucharlo.

Sonreí.

Me gustaba esa versión suya.

—¿Dónde vamos? —pregunté al fin.

No apartó la vista.

—Paciencia. Duerme. Aún queda mucho.

Le hice caso.

El motor seguía constante, el aire sosteniéndonos, y esa sensación extraña de estar fuera de todo.

Dormí.

Cuando abrí los ojos, la luz había cambiado.

—Mira —dijo.

Al principio no vi nada.

Luego apareció, lejana, pequeña, inconfundible:

la Torre Eiffel.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

—París… —susurré.

—París.

Me giré hacia él y me reí. De verdad. Sin cálculo.

—No te pega nada ser romántico.

—¿No? —respondió.

—No —dije—. Pero me gusta.

Lo miré otra vez.

—Siempre quise venir. Antes no podía… y ahora no tengo tiempo.

—Entonces era el momento —dijo.

Y entonces sí.

Entonces sentí algo que no había sentido en mucho tiempo.

No era alivio. No era descanso.

Era algo más frágil.

Casi felicidad.

—Bienvenida, señora Lucía Ríos —añadió—. Adrián Vega será su guía.

—Espero que esté a la altura.

—Siempre.

El avión descendió.

París se abrió bajo nosotros: elegante, inmensa, indiferente.

Pensé que aquel momento era un préstamo. Algo que no nos pertenecía del todo.

Quizá por eso brillaba tanto.

Aterrizamos.

La huida dejó de existir.

Durante un instante —breve, casi irreal— todo encajó.