SIN VUELTA ATRÁS
El mensaje llegó a media mañana.
Lugar discreto, elegante sin ostentación. Gente entrando y saliendo, mesas pequeñas, conversaciones cruzadas.
El lugar perfecto para hablar sin levantar sospechas y no decir más de lo necesario.
Sentí esa tensión conocida. No miedo, algo más preciso: la certeza de que una conversación podía cambiarlo todo.
Miré mi mano. El anillo seguía ahí, pesado, imposible de ignorar.
Pensé en Elías. En que ya no iba sola a ningún sitio, aunque lo pareciera. En todo lo que Dan no sabía. Y en lo que ya no iba a contarle.
Respondí con dos palabras: Allí estaré.
Guardé el teléfono y cogí el bolso.
Dan no me había citado para preguntar. Ya sospechaba.
Y esta vez, no pensaba explicarme.
Entré al Café Nin con la sensación de que la conversación ya había empezado sin mí.
Dan ya estaba allí.
No se levantó. No sonrió. Señaló la silla frente a él. Me senté, dejé el bolso a un lado.
—Gracias por venir —dijo—. Sé que no era cómodo.
—Cuando usas ese tono, nunca lo es.
Pidió dos cafés sin preguntar. Antes me habría parecido cercanía. Ahora era control.
—Nos ha llegado información desde Europa —empezó—. Marsella.
Pausa breve.
—Una española. Alias la Intérprete. Cerrando acuerdos complejos en tiempo récord. Financiero-logísticos. Limpios. Demasiado limpios.
No reaccioné.
—La descripción coincide peligrosamente contigo, Sofía.
Tomé aire con calma.
—España sigue teniendo muchas intérpretes.
—No con ese nivel. No moviendo cifras que solo tocan los de arriba.
El café llegó. Cogí la taza. Sus ojos bajaron.
El anillo.
No dijo nada al principio. Lo miró. Luego a mí.
—Así que es verdad —murmuró.
—¿El qué?
—Que ya no estás donde estabas.
Apoyó los antebrazos en la mesa.
—Ese hombre no es de fiar —dijo—. Da igual cómo se presente: nuevo, viejo… cambian las formas, no el fondo. Todo viene de arriba.
—Lo conozco mejor de lo que crees.
—No —negó—. Conoces lo que te deja ver. Esa gente no tiene lealtades. Solo intereses.
Algo se tensó dentro de mí.
—No hables de él como si fuera un expediente.
—Para él lo eres —insistió—. Y cuando dejes de servirle, te soltará.
Bajó la voz.
—No aman, Sofía. Y cuando tienen que elegir, siempre se eligen a ellos.
Le sostuve la mirada.
—No sabes de lo que hablas.
—Claro que sé. Los he visto caer. Todos. Y tú estás en medio.
—No te pedí opinión.
—Colaboras con nosotros —dijo—. Te guste o no, eso me obliga a decirte lo que veo.
—No me hables como si os perteneciera.
Se echó hacia atrás.
—Has cambiado. Antes dudabas. Ahora…
Volvió al anillo.
—Ahora te gusta el lujo. Te ha comprado.
El golpe fue seco.
—Retira eso —dije.
—¿O qué?
Me incliné.
—Has cruzado una línea que no es tuya.
—Estoy intentando protegerte —replicó—. No sabes en qué te estás convirtiendo.
Contuve el temblor.
—¿Sabes qué me molesta de verdad? Que creas que soy una víctima. Que todo lo que hago es porque alguien me maneja.
Silencio.
—Y te diré algo más.
Bajé la voz.
—La próxima vez que alguien decida usarme, que tenga el valor de decírmelo a la cara.
Se quedó inmóvil. Lo entendió.
Me levanté.
—Ya no me hables como si supieras quién soy. Hace tiempo que dejé de ser esa.
Me giré y caminé hacia la salida. No miré atrás.
Pero supe que seguía allí, viendo cómo el café se enfriaba. Preguntándose en qué momento me había perdido.
Yo lo tenía claro. Había elegido.
Horas después, el teléfono vibró sobre la mesa.
Número oculto.
Lo miré unos segundos antes de contestar. Ya sabía quién era.
—¿Sofía? —la voz de Coleman sonó seca—. Soy Coleman.
—Lo sé. ¿Qué quieres?
Pausa breve.
—El agente Harris me ha informado. De tus movimientos. Marsella. Tus… nuevas asociaciones.
Sonreí apenas.
—Dan siempre tan diligente.
—Esto no es un juego —dijo, más tenso—. Estás cruzando líneas que no entiendes. No voy a permitir que nos causes problemas.
Me recosté en la silla.
—Con todo respeto, señor director, vosotros lleváis meses causándome problemas a mí.
—Sigues colaborando con nosotros. Eso implica obligaciones. Y vigilancia.
—No —lo corregí—. Implicaba.
Silencio.
—No tienes margen para decisiones unilaterales —replicó—. No eres intocable.
—No he dicho que lo sea. He dicho que no tenéis nada contra mí. Y lo sabes.
Escuché su respiración antes de que continuara.
—Te estás metiendo en terreno peligroso. Esa gente no deja cabos sueltos.
—Gracias por el consejo. Llega tarde.
—Sofía —bajó la voz—. No eres la misma que conocimos en Cancún.
—Exacto. Esa Sofía ya no existe.
Otra pausa. Más larga.
—Necesito que seas prudente. Perfil bajo. Que nos informes de cualquier contacto relevante.
—No. La colaboración termina aquí.
—Eso no depende solo de ti.
—Depende exactamente de mí. Y ya he decidido.
—Estás cometiendo un error.
—Puede ser. Pero es mío.
Respiré hondo.
—No volváis a llamarme.
—Sofía…
Colgué.
Miré el teléfono unos segundos. Demasiado ligero para todo lo que había pesado.
Fui a la cocina, abrí un cajón y saqué una servilleta. Envolví el móvil con cuidado, casi como si fuera frágil, y lo dejé caer en el triturador.
El sonido fue breve. Definitivo.
Cuando volvió el silencio, supe que no había marcha atrás.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo.