FAMILIA
La mañana me encontró despierta antes de que sonara el reloj.
La luz entraba oblicua por las cortinas del hotel, clara, limpia. Me senté en el borde de la cama con el teléfono en la mano unos segundos antes de marcar.
No por duda.
Por respeto al momento.
Contestó al segundo tono.
—¿Ha amanecido tranquilo por ahí? —preguntó Elías.
Sonreí. Siempre hablaba así cuando no convenía llamar a las cosas por su nombre.
—El puerto está en calma —respondí—. Y los barcos correctos ya saben por dónde entrar cuando cambie la marea.
Silencio.
—No esperaba menos de ti —dijo.
Lo imaginé asintiendo.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Estás bien?
Otra pausa.
—Hay ciudades que se vuelven incómodas cuando falta quien sabe leerlas —dijo en voz baja—. Aquí todo funciona… pero no igual.
No dijo te echo de menos .
No lo habría dicho así.
Sentí algo cerrarse en el pecho.
—En unas horas dejaré de mirar el mar desde aquí —respondí—. Vuelvo esta noche.
Exhaló despacio.
—Bien. Se me está haciendo extraño despertarme y no verte a mi lado.
Sonreí.
—¿Me estás echando de menos?
—Se podría decir que sí.
—Qué romántico.
—Sabes que no se me dan bien estas cosas.
—Lo sé. Nos vemos esta noche.
Colgué.
Me quedé un instante mirando la pantalla apagada.
La negociación había salido bien.
Las piezas estaban en movimiento.
Y, por primera vez, estaba tomando decisiones por mí misma.
Minutos después subí al rooftop del hotel con la maleta cerrada, rodando a mi lado como una prueba silenciosa de que me iba.
Desde arriba, el puerto se desplegaba en capas: barcos blancos, agua azul acerada, el murmullo de la ciudad despertando sin saber nada de nosotros.
Santini ya estaba allí.
Apoyado en la barandilla, camisa abierta, una mimosa en la mano.
—Siempre llegas cuando el día ya ha decidido portarse bien —dijo—. Eso es talento.
—O costumbre —respondí, sonriendo.
Señaló la mesa. Dos copas, fruta, croissants aún tibios. El café humeaba.
—Brindemos —propuso—. Por las despedidas que no duelen demasiado.
Chocamos las copas.
—Y por las que prometen volver.
Bebimos.
Nos sentamos sin hablar. El viento movía las sombrillas, el sol arrancaba destellos al mar.
Santini me miró por encima del borde de la copa.
— Alors … ¿Cómo estás con el Halcón? ¿Avanza lo vuestro o sigue siendo ese equilibrio imposible que tanto le gusta?
Sonreí.
—Avanza. A su manera. A la nuestra.
Asintió despacio.
—Lo aprecio desde hace años. Es leal… y peligroso.
—Lo sé. Por eso asusta a veces.
—Y por eso engancha —añadió—. Pero recuerda algo: en este mundo, los vínculos se pagan caros.
Bajé la mirada un segundo.
—Lo sé.
—Por eso yo no tengo pareja —continuó—. Prefiero dormir tranquilo.
Levanté una ceja.
—Yo diría que también tiene que ver con que no aguantas con una sola.
Rió, sin reservas.
— Touché .
Brindamos otra vez.
Terminamos el desayuno sin prisa.
Me levanté y cogí la maleta.
—Gracias —le dije—. Por todo.
Me dio dos besos.
—Siempre —dijo—. Ya lo sabes. Si alguna vez necesitas algo, puedes contar conmigo. Somos familia a partir de ahora, Sophie.
—Lo sé.
Se apartó, mirándome con esa media sonrisa.
—Cuídate. Y cuida bien de ese Halcón.
—No suelo soltar lo que decido proteger.
Mientras me alejaba hacia el ascensor, pensé que, en aquel mundo extraño y afilado, la amistad verdadera era uno de los lujos más raros. Y yo acababa de dejar uno atrás, frente al Mediterráneo.
REENCUENTRO
Bajé del jet con paso lento, medido. No por cansancio, sino por conciencia.
Sabía que me miraba.
Llevaba un vestido claro, ceñido, demasiado para un viaje operativo. Lo había elegido a propósito.
Para él.
El viento levantó apenas el bajo cuando puse el pie en la escalerilla. No aceleré.
Elías estaba abajo, junto al coche, impecable como siempre.
No sonrió.
Pero sus ojos cambiaron.
Ese brillo breve que solo aparecía cuando algo lo sorprendía de verdad.
—Marsella te ha sentado muy bien —dijo.
—Me he vestido así para ti —respondí, sin rodeos.
Sus labios se tensaron apenas. Dio un paso más cerca.
—No me gusta cuando desapareces.
No hubo más palabras.
Me tomó por la cintura y me besó allí mismo, delante del chófer, de los hombres. Sin prisa. Sin disculpa. Como si ya no le importara quién mirara.
Cuando nos separamos, su frente descansó un segundo contra la mía.
En el coche, atrás, el silencio era intenso. No incómodo. Cargado.
Me miraba como si intentara memorizarme.
—¿Por qué me miras así? —pregunté.
Tardó en responder.
—Porque algo ha cambiado —dijo al fin—. Y no estoy seguro de cuándo ocurrió.
No añadí nada.
El coche arrancó suave, casi en silencio. Cristales tintados, olor a cuero limpio y a su colonia, esa que siempre me desarmaba.
Nos sentamos atrás, demasiado cerca para no tocarnos y demasiado lejos para hacerlo sin romper algo.
Elías no habló. Me miraba como si midiera una idea peligrosa, de las que no se decían en voz alta.
Sonreí despacio, provocándolo sin prisa. Sabía exactamente lo que hacía.
—Sigues mirándome así —dije, fingiendo ligereza.
No respondió. Desvió la vista hacia la ciudad y volvió a mí.
Su mano avanzó sin pedir permiso y se posó en mi rodilla. El contacto fue leve, pero suficiente para tensarme. Subió apenas, lo justo para cambiar mi respiración.
—Extrañaba tocarte —murmuró.
—Y yo que lo hicieras.
El coche tomó una curva. Su pulgar dibujó un gesto mínimo, íntimo.
Me incliné hacia él y nuestras frentes se rozaron.
Nos besamos sin prisa, como si el mundo se redujera a ese espacio. Un beso cargado de los días separados.
—No me gusta cuando desapareces —susurró.
—Eso ya me lo has dicho.
Rió bajo. Yo también.
Se separó lo justo para mirarme otra vez, con esa mezcla de deseo y decisión que lo definía. Su mano no se movió de mi pierna hasta que el coche frenó frente al edificio.
Al bajar, el aire nocturno nos golpeó como una advertencia.
Yo lo sabía.
Lo que venía no iba a ser discreto.
Y no nos importaba.