La Intérprete SIN VUELTA ATRÁS
35%

SIN VUELTA ATRÁS

Aquella madrugada me desperté antes que él. No podía dormir.

El mar estaba en calma, como si también contuviera la respiración. La puerta de su habitación estaba abierta. Elías dormía boca arriba, la sábana apenas cubriéndole la cintura. Su pecho subía y bajaba con una calma que me desarmaba.

Me quedé mirándolo más de lo que debía.

Pensé que aquel lugar era una tregua. Pero las treguas no duraban cuando había cosas que no se decían.

Me levanté en silencio y salí a la terraza. El aire me despejó lo justo. La verdad, esa que llevaba horas empujando, terminó de abrirse paso.

No podía seguir así.

Oí sus pasos al poco.

—Te has escapado —dijo desde la puerta.

—Necesitaba aire.

Se acercó.

—Aquí siempre hay algo que decir cuando alguien necesita aire.

No respondí.

Se apoyó en la barandilla, a mi lado, mirando al horizonte.

—¿En qué piensas?

—Pienso en que no puedo seguir viviendo así.

—Habla.

Respiré hondo.

—No puedo ser un paréntesis en tu vida. Ni una pausa entre operaciones. Ni algo que funciona mientras todo está en silencio.

—No eres eso.

—Pero tampoco soy una prioridad —dije—. Y no te culpo. Solo necesito saberlo.

Se pasó la mano por el pelo. Incómodo.

—¿Qué es lo que quieres oír?

—La verdad —respondí—. Aunque duela.

Se quedó callado unos segundos.

—La verdad es que yo no hago promesas que no puedo cumplir.

—Eso no es una verdad. Es una defensa.

Me miró de frente.

—La verdad es que, si estamos juntos, tu vida nunca será sencilla. Y habrá días en los que tendré que tomar decisiones que no te gusten.

—Ya lo haces —dije—. Y sigo aquí.

—Porque todavía no te he dicho lo peor.

Sentí el golpe antes de oírlo.

—Si algún día tengo que elegir entre proteger lo que he construido y protegerte a ti… —se detuvo— no sé si siempre sabré elegir bien.

El silencio cayó.

—Eso es lo que duele —dije—. Que no sepas responder sin pensar.

—Porque pensarte es un riesgo —admitió—. Y porque me importas más de lo que debería.

Di un paso hacia él. No se apartó.

—¿Soy un riesgo para ti?

—Eres la única persona ante la que no puedo mentirme.

El viento levantó salitre. Me ardieron los ojos, pero no lloré.

—Yo no quiero ser una grieta. Quiero ser una elección.

—Lo eres.

—No cuando dudas.

Se acercó entonces, lo justo.

—Sofía, he vivido toda mi vida sabiendo exactamente qué hacer. Tú eres lo único que no puedo calcular.

—Eso no es una excusa —susurré—. Es una oportunidad.

Me miró como si entendiera por primera vez el precio real.

Se quedó en silencio unos segundos.

Fue entonces cuando lo sentí. No fue un pensamiento. Fue el cuerpo.

Su mirada se detuvo en mí. Demasiado cerca.

El olor de su piel. El recuerdo exacto de su cuerpo, del calor, de todo lo que ya había pasado entre nosotros.

El cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar.

El silencio quedó. Inevitable.

Su mano se posó en mi cintura. No para atraerme. Para comprobar si podía. La mía encontró su antebrazo. Firme. Caliente. Demasiado conocido.

Me acerqué más a él. Su respiración se desordenó apenas. Lo suficiente para que yo lo notara.

—Hay cosas que no se desaprenden —susurré.

—Y personas —respondió.

Nos besamos sin prisa, con la certeza de que el cuerpo recordaba el camino. Como quien volvía a un idioma que creía olvidado. Despacio. Profundo.

Elías me tomó de la mano y me llevó hacia la habitación. La luz empezaba a filtrarse entre las cortinas.

—Si seguimos adelante —dijo— no hay vuelta atrás.

—Nunca la hubo —respondí.

La ropa cayó sin urgencia. Sus manos, esta vez, no dudaron.

Cuando me atrajo contra él, todo encajó como si siempre hubiera estado ahí.

—Dime que estás aquí —susurró.

—Estoy contigo.

Y dejamos de resistirnos. Sin máscaras.

El tiempo se volvió impreciso, reducido al contacto, al ritmo compartido, a la forma en que todo encontraba su sitio sin esfuerzo.

En medio de ese instante, cuando ya no había distancia posible, se me escapó en un hilo de voz:

—Te quiero.

Se detuvo apenas un segundo. Lo justo para mirarme con algo nuevo en los ojos. Más profundo. Más vulnerable.

Volvió a mí con una entrega distinta.

Después, el silencio no fue incómodo.

Me sostuvo contra su pecho, con una firmeza tranquila, como si incluso entonces no quisiera soltarme.

—Esto —dijo— es lo más peligroso que he hecho nunca.

Sonreí contra su piel.

—Y aun así no te has ido.

—No —respondió—. Porque ahora sé exactamente dónde quiero quedarme.

Cerré los ojos.

Fuera, el mar seguía golpeando la costa.

Dentro, por primera vez, nada estaba en guerra.

Los días pasaban sin contarlos. Y en ese tiempo empecé a ver a otro Elías.

O quizá siempre había estado ahí y yo no había querido —o podido— mirarlo.

Con él no había estrategias ni silencios calculados. Había gestos pequeños, miradas largas, una forma de cuidarme que no pedía nada a cambio. Me hacía reír. Me escuchaba.

Y yo no sabía si me estaba confundiendo o si, por primera vez en mucho tiempo, estaba bajando la guardia de verdad.

Porque ese Elías me gustaba. Me atraía de una manera peligrosa.

Pero el otro seguía ahí.

El Halcón. Frío, metódico, capaz de mover piezas sin mirar atrás. Estar a su lado me protegía… y al mismo tiempo me colocaba en el centro del tablero.

Nuestra complicidad crecía. La realidad no había desaparecido. Solo esperaba.

Algún día tendríamos que volver.

Y cuando eso ocurriera, tendría que decidir si Elías era un refugio… o el riesgo más grande que estaba dispuesta a asumir.