La Intérprete ERROR CONTROLADO
31%

ERROR CONTROLADO

La llamada llegó antes de lo previsto. Estaba en el ático. Podía salir, pero no tenía intención de hacerlo. El teléfono vibró una sola vez. Número oculto. No necesitaba comprobarlo.

—Sofía —dijo Dan—. Tenemos movimiento.

—Te escucho.

—La unidad de Miami actuó esta madrugada sobre la información que nos diste.

Me apoyé en la encimera.

—¿Y?

Hubo un silencio breve.

—Cayó un intermediario. No el principal. Un pez demasiado pequeño para lo que esperábamos.

—¿Eso es un problema? —pregunté, manteniendo la voz neutra.

—Es raro —respondió—. El timing no encaja. El volumen tampoco. Es como si alguien hubiera adelantado una pieza… solo para ver cómo nos movemos.

Noté el pulso en la garganta.

—¿Insinúas algo?

—Insinúo que alguien nos está leyendo. Y no suele gustarme cuando eso pasa.

Cortó sin despedirse.

Me quedé inmóvil unos segundos. Luego llamé a Elías.

Atendió al segundo tono.

—Ya pasó —le dije.

—Lo sé.

Siempre lo sabía antes.

—¿Cómo de limpio fue? —pregunté.

—Lo justo —respondió—. Cayeron donde queríamos que miraran. El verdadero movimiento ya está cerrado.

—Dan sospecha.

—El agente Harris siempre sospecha —dijo—. Es su trabajo.

—Esta vez es distinto.

Hubo un breve silencio al otro lado.

—Por eso era un error controlado —añadió—. Necesitábamos medir hasta dónde miran… y hasta dónde no.

—¿Y si empiezan a presionar más?

—Lo harán.

—¿Y yo?

—Tú sigues siendo creíble —dijo—. Porque no mentiste del todo. Solo hablaste de lo que ya no importa.

Colgó.

Esa noche fui yo la que no pudo dormir.

La situación empezaba a superarme. La desconfianza de Elías, la distancia que se había abierto entre nosotros pese a todo lo que había pasado… y mi juego con la DEA. Todo empezaba a pesar demasiado.

Al final me levanté, fui hasta su ático y llamé.

Abrió él. Llevaba una camiseta de manga corta, informal. Tenía el gesto de no haber dormido tampoco.

Se quedó mirándome un segundo de más, evaluando.

—Necesitamos hablar. Todo esto me está superando —dije sin rodeos.

—Esto es lo que no te conté —dijo al fin—. En algún punto, el juego deja de ser externo. Y empieza a desgastar por dentro.

Me sostuvo la mirada.

—¿Te arrepientes?

—No. Pero empiezo a no saber quién soy cuando estoy contigo.

Eso sí lo descolocó.

—Explícate.

—No sé cuándo me hablas como estratega —continué— y cuándo como hombre. No sé si lo que compartimos… —me detuve— fue real o una forma de mantenerme cerca.

Se acercó un paso.

—¿Crees que habría dejado que me afectaras si solo fuera estrategia?

—No lo sé —admití—. Eso es lo que duele.

Exhaló, cansado. De verdad cansado.

—He construido mi vida separando esas cosas —dijo—. Si las mezclas, pierdes ventaja.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿No estás perdiendo nada?

Me sostuvo la mirada largo rato.

—Desde que entraste —dijo despacio— ya no todo me da igual.

Ese reconocimiento, tan mínimo, fue más violento que cualquier amenaza.

—Entonces dime —le pedí— si lo que hubo entre nosotros cuenta… o si solo es parte del tablero.

Se acercó aún más. Lo tenía a un paso.

—Cuenta —dijo—. Pero no me pidas que lo separe. No sé hacerlo sin romper algo.

El silencio se instaló entre nosotros.

La verdad incómoda era que el peligro ya no estaba solo fuera. Estaba en lo que sentíamos… y en lo que ninguno sabía cómo manejar.

Y esa fractura —íntima, invisible— era la más difícil de controlar.