BAJO OBSERVACIÓN
Esa noche no dormí.
Apagué las luces, me metí en la cama y cerré los ojos, pero el cuerpo no siguió. Elías. El pasillo. El Jumex. La forma en que lo dijo. No había sido un comentario. Había sido una confirmación.
Me giré sobre la almohada. Otra vez. Imposible.
Miré el teléfono en la mesilla y lo dejé unos segundos. Pensando. Midiendo. Sabía lo que implicaba. Lo que significaba hacer esa llamada: no confiar. No del todo. Pero tampoco ignorarlo.
Al final lo cogí, sin darle más vueltas, y marqué.
Un solo tono.
—¿Sofía?
Su voz sonaba despierta. Como si no durmiera nunca.
—Perdona por llamarte a estas horas.
—Sabes que puedes contar conmigo en cualquier momento —dijo Dan.
Silencio.
No respondí. Desde su traición, algo se había roto.
—Elías sabe que estuve en el Jumex —dije al fin.
Pausa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hizo un comentario… y no fue casual. —Respiré despacio—. Nada en Elías es casual.
La línea quedó en silencio un segundo. Noté cómo Dan ajustaba el tono, más atento.
—¿Te siguió alguien?
—No. Estoy segura.
Otra pausa, más larga.
—Entonces hay otra posibilidad.
No pregunté. Ya la estaba pensando.
—Podría haberte puesto un rastreador.
El aire se detuvo.
—¿Dónde?
No respondió de inmediato.
Y entonces lo vi.
El bolso, en la silla. Donde lo había dejado. Demasiado quieto.
Me levanté despacio, con el teléfono aún en la mano.
—Espera.
Me acerqué, lo cogí y lo abrí. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Metí la mano dentro. Saqué las llaves, la cartera, el maquillaje.
Nada.
—No hay nada —murmuré.
—Mira bien —dijo Dan—. Compartimentos internos. Costuras.
Tragué saliva. Metí la mano en el bolsillo pequeño.
Mis dedos rozaron algo.
Me detuve.
No era mío. No estaba antes.
Pequeño. Duro. Fijo.
El pulso se me aceleró.
Lo saqué despacio.
Un dispositivo mínimo. Negro. Silencioso. Suficiente.
El aire dejó de moverse.
No dije nada.
—¿Sofía? —dijo Dan.
Miré el objeto en mi mano. Frío. Preciso. Inevitable.
—Lo tengo —susurré.
Dan exhaló al otro lado.
—Sofía… —empezó—. A partir de ahora, no des nada por seguro. Si ha llegado hasta ahí, es porque está más cerca de lo que crees… y eso lo vuelve peligroso.
No respondí. No podía dejar de mirarlo. Tan pequeño. Tan exacto. Tan… suyo.
Apreté el dispositivo entre los dedos.
—Escúchame bien —dijo—. Vamos a cambiar el plan… pero primero, no lo apagues. No lo destruyas.
Silencio.
—Si notas algo raro, me llamas. A cualquier hora. ¿Está claro?
No contesté de inmediato.
—Puedes contar conmigo, Sofía.
—Lo sé —mentí.
Colgué.
Puedes contar conmigo.
Qué ironía.
Desde su traición, ya no sabía si decía la verdad… o si todo formaba parte de algo que no alcanzaba a ver.
Me quedé de pie en mitad del salón, con el dispositivo en la mano y la certeza de que Elías ya seguía mi rastro… y estaba más cerca que nunca de descubrirlo todo.
A la mañana siguiente cambié de bolso.
Salí.
Elías ya estaba en el pasillo.
Entramos en el ascensor.
—Buen día.
—Buenos días.
Silencio.
Su mirada bajó al bolso. Al nuevo.
—Bonito bolso —dijo.
—Sí. He cambiado.
Pausa.
—Se nota.
Las puertas se abrieron. Salió primero.
—Curioso cambio, Sofía.
Y se fue.
Las semanas pasaron entre reuniones, llamadas y viajes breves que terminaban en nuevas negociaciones.
Cerramos acuerdos importantes. El negocio crecía. Más de una vez escuché que todo funcionaba por cómo yo movía las piezas.
Pero, mientras todo avanzaba, empezó a hacerse evidente otra cosa: la mirada de Elías.
No siempre directa. A veces desde el silencio. Observando, midiendo.
Mis decisiones. Mis silencios. Incluso mis salidas.
Los dos nos estábamos midiendo.
Y yo estaba entre dos mares peligrosos, sin saber cuál me ahogaría primero.