DISTRACCIÓN
El teléfono sonó cuando el cielo todavía no había decidido si era de noche o de día.
No salté. No me sobresalté. Lo cogí despacio. En la casa todo seguía en silencio. Island Creek dormía. Yo no.
—¿Sí?
—Ya estás despierta —dijo Dan—. Bien.
Me incorporé en la cama. La sábana se deslizó hasta la cintura. El aire de Miami entraba tibio por la terraza.
—Te escucho —respondí.
—Nosotros hicimos nuestra parte —continuó—. Te dimos el nombre. Te dimos el origen del ataque a Park Joon-seok. Te dimos contexto.
No discutí eso. Era verdad.
—Ahora —añadió— nos toca cobrar.
Me levanté y caminé descalza hasta la terraza. El mar era una mancha oscura, esperando luz.
—No dijimos cuándo —contesté.
Dan exhaló despacio al otro lado.
—No hablamos de plazos exactos —dijo—. Hablamos de equilibrio.
Apreté la barandilla con los dedos.
—Lo que me pedís no es menor. Y lo sabes.
—Por eso te llamo a ti y no a otros.
El primer trazo de luz apareció en el horizonte.
—Os dije que os daría algo —dije—. No os dije que sería inmediato.
—La información pierde valor con el tiempo.
—Y las prisas generan errores —repliqué—. Errores que luego nadie quiere firmar.
Silencio. Dan pensaba. Siempre pensaba antes de apretar.
—No buscamos que te inmoles —dijo por fin—. Buscamos una puerta lateral. Algo que no esté en el centro del tablero.
Me apoyé en la pared, cerrando un momento los ojos.
—Hay actores que no juegan a largo plazo —dije—. Gente que se mueve cuando el ruido empieza, porque no sabe sobrevivir al silencio.
—¿Dónde?
—Fuera de vuestro foco habitual —respondí—. No en México. No los nombres que todo el mundo repite.
Dan no interrumpió.
—Intermediarios —seguí—. Rutas subcontratadas cuando alguien quiere desaparecer de la foto. Mal financiados. Mal asesorados. Impacientes.
—Eso es una dirección.
—Es lo único que tengo ahora —respondí—. Y es real.
Otra pausa. Más larga.
—Esperábamos algo más concreto.
—Y yo esperaba dormir un poco más —contesté—. Supongo que los dos tendremos que esperar.
Escuché una sonrisa que no podía ver.
—No nos hagas perder el tiempo, Sofía.
—Si lo hiciera, no estaría hablando contigo.
El cielo empezó a teñirse de naranja. El mar cambió de tono, como si alguien hubiera pasado una mano lenta sobre él.
—Te llamaré —dijo Dan.
—Hazlo —respondí.
Antes de colgar, añadió:
—Ve con cuidado en Miami.
Miré la línea del horizonte.
La llamada terminó.
Me quedé allí, con el amanecer desplegándose delante de mí y una certeza incómoda clavada en el pecho:
ya no bastaba con callar. Pronto tendría que decidir qué dar… y cuánto estaba dispuesta a sacrificar sin que nadie lo notara.
Cuando terminé la llamada, salí de la habitación. Elías estaba en el marco de la puerta, como si llevara allí desde antes de que yo existiera esa mañana. No sonreía. No parecía enfadado. Eso era peor.
—¿Con quién hablabas? —preguntó.
No fue una acusación. Fue una comprobación.
Me detuve un segundo, lo justo para que pareciera natural.
—Con mi madre —dije—. Nada importante.
Sus ojos no se movieron de mi cara. Me sostuvo la mirada como si pudiera leer entre las palabras.
—¿Tan temprano?
Me encogí de hombros.
—El huso horario no perdona.
Asintió despacio, pero no se relajó. Lo conocía lo suficiente para saberlo. Aquella respuesta no le había convencido; solo había decidido no insistir. Todavía.
Pasó a mi lado sin tocarme. El roce fue mínimo, casi inexistente, y aun así me tensó el estómago. Lo vi desaparecer en el baño principal. Escuché el agua de la ducha.
Me quedé quieta unos segundos. El corazón todavía acelerado por la llamada. Por la mentira. Por su mirada.
Cada vez notaba más su sospecha. No sabía cuánto tiempo podría sostener la farsa sin que algo se rompiera.
Entonces caminé hacia el baño.
El vapor se escapaba por la puerta entreabierta. Entré sin hacer ruido. Él estaba de espaldas, bajo el chorro, la cabeza ligeramente inclinada. El agua resbalaba por su espalda, marcando el tatuaje que descendía por el costado. La escena tenía algo íntimo, casi prohibido.
Apoyé la mano en el marco de la ducha.
—¿Me invitas? —dije.
Se giró despacio.
El agua le caía por la cara, por el pecho, y durante un segundo no dijo nada. Me miró como si intentara decidir si aquello era una distracción… o una declaración.
—Depende —respondió—. ¿Vienes a esconderte o a mojarte?
Sonreí apenas.
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
Entré. El calor del agua me envolvió de inmediato. El espacio se volvió estrecho, cargado, lleno de vapor y respiraciones demasiado cercanas.
No hablamos más.
Me besó primero con contención, como si aún midiera algo. Yo no le di tiempo. Le devolví el beso con más urgencia de la que pretendía, las manos subiendo por su cuello, el agua mezclándose con la tensión acumulada.
Su mano me sujetó con firmeza. Me alzó sin esfuerzo y me apoyó contra la pared de azulejos. El frío de la superficie contrastó con su cuerpo, con el agua cayéndonos encima, con el ritmo desordenado de nuestras bocas buscándose.
No era ternura.
Era necesidad.
Era sospecha convertida en deseo. Peligro.
Entre el ruido del agua y nuestras respiraciones, pensé que quizá aquella era su forma de no preguntar más. Y la mía, de no confesar nada.
Y por un momento —solo uno—, decidí quedarme ahí.