A MI FAVOR
No ocurrió de inmediato. Las cosas que importaban nunca lo hacían.
Pasaron dos semanas. Las fiestas se apagaron. Los titulares cambiaron. Y el expediente de Medina siguió donde siempre: en ninguna parte visible.
Una mañana decidí escribirle:
¿Sigue en CDMX? Me gustaría que habláramos del proyecto. Un café, si le apetece.
Quedamos en una cafetería sin importancia. De esas donde nadie hacía fotos ni preguntaba nombres. Llegó puntual, con una carpeta fina bajo el brazo.
Hablamos primero de lo superficial. Del calor fuera de temporada. De esa sensación constante de que Ciudad de México estaba al borde de algo. De España. De Sevilla. De Madrid.
—Echo de menos caminar sin mirar atrás —dijo—. Aquí siempre parece que alguien escucha. —Escuchan —respondí—. Pero no siempre entienden.
Fui al grano.
—Le he escrito por el asunto. —Puedes tutearme.
Bajó la voz.
—El proyecto sigue bloqueado. No es dinero. Tampoco es legalidad.
Me miró, midiendo cuánto podía decir.
—Es una firma —admitió al fin—. Una que no llega.
Tomé un sorbo de café.
—Entonces no es una negativa. Es miedo.
Soltó el aire despacio.
—No te estoy pidiendo que intervengas. —No lo haces —dije—. Me estás explicando un problema.
No prometí nada. Solo hice dos preguntas:
—¿Quién fue el último en tocar el expediente? —¿Y qué organismo “supervisa” algo que no parecía necesitar supervisión?
Esa misma tarde hice un par de llamadas. Contactos acumulados sin prisa. Gente que no preguntaba demasiado… si la conversación era la adecuada.
No hablé del proyecto. Hablé de quién lo tenía detenido. De lo que ganaban manteniéndolo así. Y de lo que podían ganar si dejaba de ser un problema.
No ofrecí una cifra. Negocié un porcentaje.
Nada parecía conectado. Pero lo estaba.
Dos días después, el expediente dejó de estar bloqueado. Una semana más tarde, se reactivó “por revisión rutinaria”. La firma llegó sin ceremonia.
El mensaje apareció cuando menos lo esperaba:
“He conseguido lo que llevaba años atascado. Gracias. Si te parece, comemos uno de estos días. Me gustaría devolverte el gesto.”
La deuda cambió de manos.
Esta vez, a mi favor.