La Intérprete LA PRESIÓN
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LA PRESIÓN

Ciudad de México no daba tregua al volver.

No había transición. El aire era más denso. El sonido llegaba antes que la luz: claxon, motores, voces superpuestas, helicópteros lejanos. Todo a la vez, como si la ciudad quisiera recordarte quién mandaba.

El coche avanzaba lento entre el tráfico de la mañana. Elías miraba por la ventanilla, atento pero ausente, como si ya estuviera un movimiento por delante. Yo llevaba el móvil apagado en el bolso. Aun así, sentía que vibraba.

—No te separes del Seco hoy —dijo sin mirarme—. Ni un momento.

Asentí.

No explicó por qué. Ya lo sabía.

En su despacho, todo estaba exactamente igual que antes de irnos.

—Tengo reuniones —dijo, dejando la chaqueta—. Tú quédate cerca.

Cerca. No conmigo. Cerca.

Fue entonces cuando mi teléfono vibró de verdad.

Una vez. Corto. Código acordado.

Me metí en el baño sin pensarlo. Cerré la puerta, apoyé la espalda en el mármol frío y devolví la llamada.

Dan contestó al segundo.

—Estás en Ciudad de México —dijo. No era una pregunta.

—Sí.

—No deberías haber vuelto tan rápido.

—No decido yo eso.

Silencio. Escuché su respiración contenida, como si estuviera midiendo cada palabra.

—Tenemos un problema, Sofía.

Claro que lo teníamos.

—Coleman está impaciente —continuó—. Y cuando se impacienta, empuja.

Cerré los ojos un instante.

—¿Qué quiere ahora?

—Resultados —dijo—. Nombres. Fechas. Rutas claras. Ya no le basta con acceso.

—Eso lleva tiempo.

—Él cree que ya lo has tenido.

Esa frase se me quedó clavada.

—No entendéis cómo funciona El Halcón. No habla si no controla el tablero entero.

—Lo sabe —dijo Dan—. Por eso cree que tú ya estás más dentro de lo que dices.

Me miré en el espejo. Ojeras leves. El colgante asomando bajo la blusa. Me lo escondí con dos dedos.

—Escúchame bien —añadió—. Quieren que fuerces una conversación. Que preguntes. Que provoques.

—Eso sería suicida.

—Para ti —dijo—. Para ellos es “asumible”.

El silencio se estiró.

—No lo haré —dije al fin.

—Lo sé. Y por eso estoy llamándote yo.

Abrí el grifo solo para oír agua.

—¿Qué hago, Dan?

Tardó en contestar.

—Aguanta. Gana tiempo. Dales algo pequeño. Algo que no te queme. Pero no cruces la línea todavía.

—Ya la estoy pisando.

—No —corrigió—. La estás viendo. No es lo mismo.

Colgamos sin despedirnos.

Cuando salí, el Seco estaba apoyado en la pared del pasillo, brazos cruzados. Me miró solo un segundo. Lo justo.

Confirmación. No vigilancia.

En la sala de reuniones, Elías hablaba con dos hombres que no conocía. Tonos bajos. Lenguaje de cifras, no de palabras. Me senté a un lado, abrí la libreta, hice lo que mejor sabía hacer: escuchar.

Pero algo había cambiado.

Cada vez que Elías decía una cifra, yo pensaba en cuánto valía para la DEA. Cada pausa, en si era una oportunidad o una trampa. Cada mirada suya hacia mí, en si ya sabía que yo estaba siendo presionada.

Al terminar, los hombres se fueron. El Seco cerró la puerta.

—Te noto tensa —dijo—. Más que de costumbre.

No me escondí.

—La ciudad —respondí—. Siempre pesa más al volver.

Me observó en silencio. Ese silencio suyo que no era vacío, sino cálculo.

—Aquí las cosas se mueven rápido —dijo—. Y cuando se mueven rápido, alguien siempre intenta empujar desde fuera.

Mi pulso se aceleró. No lo mostré.

—Si alguien te pide algo —continuó—, antes de dármelo a mí… piénsalo dos veces.

Clavó los ojos en los míos. Como si estuviera esperando que parpadeara primero.

—Porque yo sabré si no viene de ti.

No levantó la voz. No amenazó.

Fue peor.

—¿Está claro? —preguntó.

—Sí.

Y esta vez, no supe a quién le estaba siendo leal al decirlo.

Cuando salí del edificio, la ciudad seguía rugiendo ahí fuera, indiferente. La DEA apretaba desde un lado. Elías controlaba desde el otro.

Y yo, justo en medio, empezaba a entender que la presión no iba a romperme de golpe.

Iba a hacerlo despacio.