La Intérprete LA MISIÓN
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LA MISIÓN

Salí del edificio dos días después del tiroteo. No fue sencillo. Nada lo era ya.

La seguridad se había duplicado. Sabían a qué hora entrabas. Cuándo salías. Y con quién.

Yo ya no era solo la acompañante.

Me vestí neutra. Invisible, o lo más parecido a eso. Antes de salir respiré hondo frente al espejo.

Tranquila. Normal. Como si no estuvieras mintiendo.

En la puerta me detuvieron.

—¿A dónde va, señorita?

—A una galería en Roma —dije sin titubear—. El señor Elías lo sabe.

No era verdad. Pero tampoco sonaba peligrosa.

Uno de ellos habló por el auricular. Esperé. Sentí el pulso en las sienes.

Pensé en la pistola en el bolso. En Dan. En no fallar.

—Regrese antes de las ocho. Tiene que tomar precauciones hasta que todo se resuelva —dijo al final—. El coche la espera abajo.

Asentí, como si aquello fuera normal. Como si no me acabaran de marcar un límite invisible.

El trayecto fue silencioso. Insistí en que me dejaran dos calles antes. Dije que quería caminar. El conductor dudó, pero aceptó.

Bajé. Esperé a que el coche se alejara. Caminé sin mirar atrás.

Cuando abrió la puerta y lo vi, todo se me vino encima.

Estaba solo.

No dije nada. No pude. Di un paso y lo abracé. Fuerte. Como si el cuerpo hubiera decidido antes que yo.

Se quedó quieto un segundo, sorprendido, y luego me rodeó con los brazos. No preguntó. Solo estuvo. Y eso bastó para que las lágrimas salieran sin permiso.

Lloré en su hombro. En silencio. Con el rostro escondido en su cuello. Por el disparo, por el miedo, por la pistola en mi bolso, por la mentira constante.

Dan no dijo nada. Me sostuvo como si el mundo no pudiera entrar ahí.

Y por un instante sentí algo peligroso: alivio. Protección. La certeza de que él era distinto. Bueno. Limpio en un mundo sucio.

Me separé al fin, avergonzada.

—Lo siento —murmuré—. Yo…

—Está bien —dijo.

Nos sentamos. Me ofreció agua. Bebí despacio, recomponiéndome. Volví a ser Sofía la que observaba, la que controlaba.

—La balacera no era para ti —dijo—. Pero te alcanzó igual.

Asentí.

—Elías reforzó todo —respondí—. Me vigilan. Ya no puedo moverme como antes.

—Lo sabemos. Por eso esta misión es delicada.

Encendió el portátil. Conectó una llamada segura. La pantalla tardó unos segundos en mostrar un rostro que no reconocí a primera vista, pero cuya presencia se sentía incluso pixelada.

—Sofía —dijo el hombre—. Soy Coleman.

Tragué saliva.

—Tenemos indicios de una nueva ruta urbana en Ciudad de México. No drogas. Aún no. Movimientos financieros y logística de protección. Empresas pantalla. Nombres que orbitan cerca del Halcón.

Dan me miró.

—Queremos que confirmes una cosa —continuó Coleman—. Quién está limpiando el dinero antes de que entre al sistema.

—¿Cómo? —pregunté.

—Acceso indirecto —dijo Dan—. Reuniones sociales. Fundaciones. Un despacho fiscal al que el Halcón confíe tareas menores. No te pedimos documentos. Solo nombres. Fechas. Patrones.

Sentí el estómago cerrarse.

—Si me equivoco… —empecé.

—No te equivoques —respondió Coleman—. Y no te expongas más de lo necesario. Pero esta es la primera pieza grande, Sofía. La que nos abre todo lo demás.

La llamada se cortó.

El silencio volvió. Dan me sostuvo la mirada.

—¿Puedes hacerlo?

Pensé en Elías. En su forma de protegerme. En cómo me había puesto la chaqueta. En cómo me había presentado a su madre.

—Sí —dije—. Pero voy a necesitar tiempo.

—Y cuidado —añadió—. Porque él ya empieza a mirar distinto.

Tenía razón.

Volví al edificio al caer la tarde. Subí directa. Sentí las miradas. El registro mental.

Cuando salí del ascensor, Elías estaba allí. Apoyado en la pared. Como si hubiera sabido.

—Has salido —dijo.

No era una pregunta.

—Una galería —respondí— necesitaba aire.

Se acercó un paso. No invadió. Pero lo suficiente.

—Sé cuándo alguien sale —dijo en voz baja—. Y cuándo tarda más de la cuenta.

Le sostuve la mirada. Sonreí apenas.

—¿Me estás vigilando?

—Te estoy cuidando.

El silencio entre nosotros fue distinto. Más afilado.

—No me mientas, Sofía —añadió—. No ahora.

Por un segundo pensé que lo sabía todo.

—No lo hago —dije.

Me observó unos segundos más. Como si buscara una grieta. Algo.

—Bien —dijo al fin—. Descansa.

Se giró y entró en su ático.

Yo me quedé quieta en el pasillo, con el corazón desbocado.

Ya no jugaba solo a dos bandos. Había cruzado algo más. Y él empezaba a verlo.