La Intérprete QUÉDATE
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QUÉDATE

La habitación estaba en silencio.

Demasiado.

Me senté en la cama sin encender la luz. La casa dormía. El rancho respiraba lento. Lejos se oían grillos, algún animal, el viento moviendo las hojas.

Pero yo no estaba allí.

Seguía en la carretera. En la camioneta. En el sonido seco de los disparos. En el cristal estallando. En la mano de Elías bajándome la cabeza. En su respiración contra mí.

Cerré los ojos y volvió.

El estruendo.

La confusión.

Los gritos.

El metal.

Me tumbé, me giré, me tapé hasta la barbilla. El corazón me iba demasiado rápido. Las manos me sudaban.

No podía respirar normal. No era miedo abstracto. Era memoria física.

Me incorporé de golpe.

No podía dormir allí sola.

La casa era grande. Antigua. Demasiado ajena. Demasiado silenciosa.

Me levanté descalza, crucé el pasillo sin encender luces y me detuve frente a la puerta de Elías.

Dudé.

Un segundo.

Dos.

Toqué.

Su voz llegó casi inmediata, baja, alerta.

—¿Sofía?

Abrió.

Estaba en camiseta, descalzo, el pelo revuelto por el sueño. No parecía peligroso. Parecía… humano.

—¿Qué ocurre?

Tragué saliva.

—No puedo dormir.

Me miró un segundo más largo de lo normal.

—¿Pesadillas?

Negué.

—No he llegado a dormirme.

No hizo preguntas innecesarias.

—Pasa.

Dudé un instante.

Entré.

La habitación era sencilla, amplia, sobria. Cama grande, sillón frente a la ventana, una lámpara encendida suave.

Me quedé de pie, incómoda, infantil.

—Perdón, no quería molestar…

—No molestas.

Silencio.

Me miró.

Me leyó.

—¿Tienes miedo?

Asentí.

Nada más.

Sin lágrimas.

Sin dramatismo.

Solo verdad.

Se acercó.

—Quédate aquí.

—No quiero…

—Sofía —dijo, suave—. No es una negociación.

Me senté en la cama. Dudosa.

—Yo duermo en el sillón —añadió—. No te preocupes.

—No hace falta…

—Sí hace.

Se quitó la manta del sillón y me la dio.

—Descansa.

Me tumbé.

El cuerpo me temblaba aún un poco.

Lo vi acomodarse en el sofá, de espaldas a mí, respetando la distancia.

La respiración se fue calmando despacio.

No recuerdo en qué momento me dormí.

Pero lo hice.

La luz de la mañana entraba por la ventana cuando abrí los ojos. Durante un segundo no supe dónde estaba.

Luego lo recordé todo.

Me giré. Elías estaba sentado en el sofá. Despierto.

Mirándome.

No de forma invasiva. No intensa. Silenciosa. Como si llevara rato allí.

Nuestros ojos se encontraron.

No dijo nada. Yo tampoco.

Había algo distinto en el aire. No tensión sexual. No peligro. Algo más íntimo.Más profundo. Más difícil de nombrar.

—¿Has dormido bien? —preguntó al fin.

Asentí.

—Sí.

Se levantó despacio.

—El desayuno estará listo pronto.

Se detuvo antes de salir.

—Y Sofía…

Lo miré.

—No vuelvas a quedarte sola con el miedo.

No fue una orden. Fue un cuidado.

Cuando se fue, me quedé sentada en la cama, con la manta aún sobre los hombros.

Con el cuerpo tranquilo. Con la mente en calma. Y con una certeza nueva.

El problema ya no era solo el mundo de Elías.

El problema era que empezaba a sentirme segura con él.

Y eso, para alguien como yo, era lo más peligroso de todo.