La Intérprete AGÁCHATE
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AGÁCHATE

Salimos de la propiedad cuando el sol empezaba a caer. La luz ya no era dorada, sino espesa, como si la selva se estuviera tragando el día poco a poco.

Subí a la camioneta. La reunión seguía dándome vueltas en la cabeza: rutas que se abrían y se cerraban, silencios que valían más que acuerdos, miradas que pesaban.

Elías se sentó a mi lado, no delante. Lo noté. Era una elección.

En el asiento trasero iba el Seco. Callado. Atento. Siempre un paso por delante.

El motor arrancó.

Avanzamos por el mismo camino estrecho por el que habíamos llegado. La vegetación se cerraba a ambos lados. Palmas altas, sombras largas, el sonido constante de las ruedas sobre la tierra húmeda.

No había otros coches. No había señales. Solo camino.

Fue el Seco quien se tensó primero.

—Bajen —dijo.

El sonido llegó justo después. Un golpe breve, seco.

Como si el aire se hubiera partido demasiado cerca.

El segundo disparo no dejó dudas.

El cristal lateral estalló hacia dentro. Sentí el aire romperse. Abrí la boca, pero no salió ningún sonido.

No tuve tiempo de moverme.

Elías reaccionó antes de que pudiera pensar. Me sujetó la cabeza con una mano firme y me empujó hacia abajo, contra su pecho. Su brazo me rodeó, cubriéndome sin aplastarme.

—Agáchate —me dijo, muy cerca del oído.

No gritó. No miró atrás. Solo me protegió.

Otro disparo. Luego dos más. El ruido era seco, atrapado entre los árboles. Metal golpeado. Cristales cayendo.

El conductor giró el volante de golpe. La camioneta se ladeó un segundo, perdió tracción y la recuperó.

Sentí el cuerpo de Elías encima del mío. Su respiración estable. Demasiado estable para lo que estaba pasando.

Desde atrás, el Seco se inclinó hacia la ventanilla rota. Lo vi de reojo sacar el arma con un movimiento rápido, limpio.

Respondió.

Tres detonaciones medidas. Precisas. Luego una cuarta.

—¡Sigue! —ordenó—. ¡No frenes!

La camioneta aceleró de golpe. Algo pasó rozando la parte trasera. Un impacto seco contra el metal. Luego nada.

Silencio.

No inmediato. Un silencio que llegó poco a poco, como si el mundo estuviera comprobando si aún podía seguir.

Elías no se apartó enseguida. Esperó un segundo más del necesario antes de aflojar la presión de su mano.

—Ya pasó —dijo.

Respiré hondo por primera vez. El aire me tembló en el pecho. Entonces noté que también me temblaban las manos.

No nos detuvimos hasta varios minutos después, ya lejos del camino principal. La otra camioneta apareció detrás y se colocó a nuestro lado.

Bajamos.

Uno de los hombres tenía la camisa manchada de sangre en el brazo. No parecía grave. Nadie gritaba. Nadie corría. Nadie hacía preguntas en voz alta.

Eso fue lo que más me impresionó.

El Seco bajó el último. Guardó el arma sin ningún gesto innecesario, como quien terminaba algo que no quería hacer, pero sabía que tenía que hacerse.

Elías habló con él en voz baja. Frases cortas. Decisiones rápidas.

Luego volvió hacia mí.

—Cambio de planes. No regresamos al hotel.

—¿Quién fue? —pregunté. Mi voz no sonaba como la mía.

Me miró un segundo más de lo habitual.

—Alguien que no quería esa reunión —respondió—. O que llegó tarde a ella.

No explicó más. Tampoco intentó tranquilizarme con palabras.

—Nos vamos al rancho —añadió—. Allí es más seguro.

Asentí.

Cuando retomamos la marcha, apoyé la cabeza contra el respaldo. El temblor seguía ahí, debajo de la piel. Intenté controlarlo. No lo conseguí del todo.

Elías lo notó.

No dijo nada.

Pero volvió a sentarse a mi lado.

Y esta vez, sin tocarme, se quedó lo bastante cerca como para que no me sintiera sola.

La selva volvió a cerrarse frente a nosotros.

Ya no estaba mirando el peligro desde fuera.

Estaba dentro.