La Intérprete ADIÓS, CANCÚN
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ADIÓS, CANCÚN

La despedida con Dan fue la noche anterior a nuestra salida hacia Ciudad de México. Nada de aeropuertos ni dramatismos: un pequeño bar lejos del hotel, mesas de plástico, música baja. Olía a fritura y a humedad. Cancún sin maquillaje.

Dan llegó antes. Tenía una cerveza a medio beber frente a él. No sonrió cuando me senté.

—Así que te vas —dijo.

—Sí.

No preguntó con quién. No hizo falta.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

Asintió despacio, como si ya hubiera ensayado esa respuesta.

—¿Y Holbox? —preguntó, sin rodeos—. ¿Cómo fue?

Levanté la vista. No esperaba tanta franqueza.

—Tranquilo —respondí—. No pasó nada raro.

—Eso no es una respuesta. ¿Dormiste allí? ¿Solos?

—Sí.

Apretó la mandíbula.

—¿Te presionó? ¿Te pidió algo que no quisieras hacer?

—No —dije, más firme—. Fue… normal.

Dan soltó una risa breve, sin humor.

—Nada con él es normal.

—Se portó bien —añadí—. Mejor de lo que esperaba.

Me sostuvo la mirada, como si intentara leer entre líneas.

—¿Te gustó? —preguntó al fin.

No respondí de inmediato.

—No es eso —dije—. O no solo.

Desvió la mirada un segundo y bebió un trago de cerveza.

—Cuando el operativo esté listo, iré a Ciudad de México —dijo—. Seguiré siendo tu contacto.

—Dan…

—No te estoy pidiendo permiso —me cortó—. Te estoy avisando.

Me sostuvo la mirada. Estaba cansado. Cansado de perder terreno sin saber cómo recuperarlo.

—Allí no puedo protegerte como aquí —añadió—. Y eso no me gusta.

—No necesito que me protejas todo el tiempo.

—Eso es lo que más me preocupa.

Hubo un silencio incómodo. De esos que dicen más que cualquier frase bien colocada.

—No te confíes —dijo al final—. Con él. Con nadie.

Asentí.

Nos abrazamos al despedirnos. Fue breve, torpe, sincero. Sin promesas. Solo la sensación clara de que algo se quedaba atrás.

A la mañana siguiente, el jet esperaba en la pista privada.

Ya no me impresionaba como al principio. Aun así, sentí ese nudo leve en el estómago que siempre aparecía antes de despegar con él. No era el avión. Era lo que significaba.

Elías ya estaba dentro, revisando algo en el móvil. Levantó la vista cuando subí. —¿Lista? —Sí.

Nada más.

La azafata me ofreció café antes de que lo pidiera.

El avión rodó por la pista con suavidad. Miré por la ventanilla mientras Cancún empezaba a hacerse pequeño. El azul intenso del mar, las franjas blancas de los hoteles, la sensación de haber vivido demasiado tiempo en un lugar de paso.

Pensé en los turnos eternos. En ese tiempo en el que había aprendido a sonreír sin pensar.

Cancún había sido cómodo. Previsible. Y por eso mismo… insuficiente.

Ciudad de México apareció bajo nosotros como una mancha infinita. Densa. Viva. El cielo gris azulado no parecía amenaza, sino advertencia.

El coche nos llevó directo al edificio privado. Discreto por fuera. Impecable por dentro. Seguridad silenciosa. Todo funcionaba sin preguntas.

El ático estaba en la última planta.

Entré y me quedé quieta.

Cristaleras de suelo a techo. Madera oscura. Líneas limpias. Una terraza amplia con vistas a una ciudad que no dormía. No había exceso. Había control.

—Es tuyo —dijo Elías.

—¿Todo?

—Con servicio incluido. Limpieza, cocina, seguridad.

Recorrí el espacio despacio. En el dormitorio, el armario estaba lleno. Ropa de mi talla. Zapatos que no había elegido pero que parecían pensados para mí.

—Está al lado del mío —añadió—. Es más práctico.

No sonó casual.

—No tienes que quedarte —dijo—. Todavía.

Lo miré.

—Eso ya no es verdad.

Asintió, sin sonrisa.

—Descansa. Mañana empezamos.

Se fue.

Me quedé sola frente a la cristalera. La ciudad se extendía a mis pies como algo que no se podía abarcar de una sola mirada.

Pensé en mi madre. En mi hermana. En el dinero que ahora llegaba sin preguntas.

Pensé en Dan.

Mi teléfono vibró.

“Cuando llegues, escríbeme.”

Miré la ciudad una última vez antes de responder.

“Ya estoy aquí.”

No añadí nada más.

Esa noche dormí poco. No por miedo.

Por la certeza incómoda de que había elegido, y aún no sabía cuánto me iba a costar.