ANTES DE IRME
Elías desapareció de Cancún como si nunca hubiera estado.
No dejó mensajes. No llamó. No mandó a nadie. Su ausencia fue limpia, casi elegante. Y en ese silencio empezaron a ocupar espacio otras cosas. Otras personas.
Dan fue una de ellas.
La DEA no tardó en reaccionar.
La videollamada fue breve y tensa. Coleman apareció en la pantalla con la misma expresión impaciente de siempre.
—Esto es perfecto —dijo—. Si aceptas su propuesta, tú te acercas más a su entorno inmediato.
Dan tensó la mandíbula.
—Es demasiado pronto —dijo—. Aún no tenemos estructura clara en Ciudad de México.
—Precisamente —replicó Coleman—. Queremos que entre antes de que la estructura se cierre.
Me miró fijamente.
—Cuando te vayas con él, empezarás a trabajar de verdad para nosotros.
Asentí sin decir nada.
—Por cierto —añadió—. Buen trabajo con el italiano.
Sentí un vuelco en el estómago.
—Detenido en Barajas hace unos días. Orden europea. Tenía menos amigos de los que pensaba.
Dan me miró. No sonrió.
—¿Eso fue por la reunión? —pregunté.
—En parte —respondió Coleman—. Las palabras importan. Y tú las elegiste bien.
La pantalla se apagó.
—No me gusta esto —dijo Dan.
—¿Qué parte?
—Que empiecen a verte como una pieza que encaja demasiado bien.
No contesté.
Un par de días después, Dan me llevó a un sitio distinto.
No había turistas. No había vistas bonitas. Solo un terreno polvoriento, cercado, con una caseta baja y olor a metal caliente.
—No me gusta que te vayas —dijo mientras aparcaba.
No lo dijo como reproche. Lo dijo como un hecho.
—Aún no me he ido.
—Pero lo harás.
Entramos. Habló con el encargado y volvió con una caja pequeña. La dejó sobre una mesa.
—Si te vas con él —continuó—, no voy a poder protegerte.
—Nunca me has protegido —dije.
Me miró.
—Eso crees tú.
Abrió la caja. Dentro había una pistola. Negra. Pesada. Silenciosa.
Di un paso atrás.
—No.
—Sí —respondió—. No para que la uses. Para que no te paralices si algún día la ves de cerca.
Me explicó lo justo. Cómo sujetarla. Cómo sentir el peso. Nada más. No gritó. No hizo de héroe.
—Respira —dijo—. Eso es lo primero que se olvida cuando hay miedo.
Disparé una vez.
El sonido me atravesó el pecho. El retroceso me hizo perder el equilibrio. Bajé el arma de inmediato, con el pulso desbocado.
—Basta —dije.
Asintió.
—No quería más.
Guardó la pistola. Cerró la caja.
—Con el Halcón —continuó—, todo parece controlado. Elegante. Medido. Pero cuando se rompe… no hay red.
—¿Y contigo sí? —pregunté.
Sonrió sin humor.
—Conmigo al menos sabes cuándo estás en peligro.
No fue la única vez.
Durante aquel mes volvimos varias veces. Siempre lejos. Siempre discretos. En horas que no parecían importantes. A veces solo veinte minutos. A veces una hora.
Nunca fue un entrenamiento formal. Nunca habló de táctica ni de combate. Me enseñó a no temblar, a no cerrar los ojos, a no disculparme por el ruido. A cargar el arma sin mirarla. A guardarla sin pensar. A respirar antes y después.
—No se trata de disparar bien —decía—. Se trata de no perderte a ti cuando todo alrededor se vuelve ruido.
Nunca me preguntó por qué aprendía tan rápido.
Nunca comentó que mi postura mejoraba demasiado deprisa.
Yo tampoco expliqué nada.
A veces nos quedábamos en el coche sin decir nada.
El sudor secándose. El silencio cómodo. Demasiado cómodo.
—No deberíamos hacer esto —decía alguna vez.
—Lo sé.
Y volvíamos igual.
A lo largo de aquellas semanas, no sólo practiqué lecciones de tiro improvisadas.
Una tarde, cuando me quedé mirando demasiado tiempo el mismo punto de la pared, habló.
—No estás aquí —dijo—. Y eso es peligroso.
No respondí.
—Ven —añadió al rato—. Vamos a salir de la zona hotelera. Nada oficial. Sin agendas.
Acepté sin pensarlo demasiado. Tal vez porque llevaba semanas viviendo en tensión. Tal vez porque, por una vez, quería moverme sin objetivo.
Cogimos un colectivo viejo rumbo al sur, de esos que llevaban la música demasiado alta y las ventanas siempre abiertas. El aire entraba caliente, mezclado con polvo, sal y gasolina. Nada de chóferes ni coches blindados. Solo asientos de plástico, mochilas en el suelo y conversaciones ajenas.
Dan se sujetaba como podía cada vez que el conductor frenaba de golpe.
—Hace años que no me subía a uno de estos —dijo, medio sonriendo.
—No te pega mucho.
—Por eso me gusta.
Bajamos cerca de Puerto Aventuras y caminamos un tramo entre vegetación espesa hasta llegar al Cenote Cristalino. La entrada era discreta, sin excursiones ni música. Escaleras de piedra húmeda, raíces largas cayendo desde arriba, el sonido constante del agua filtrándose entre la roca.
El cenote se abría bajo nosotros como una caverna baja. El agua era tan clara que parecía inexistente. El fondo se veía con una precisión casi irreal.
Me metí sin pensarlo. El frío me subió por las piernas como un golpe seco, pero no retrocedí.
Dan dudó un segundo antes de seguirme.
—Siempre pareces más valiente de lo que dices —comentó.
—No —respondí—. Solo me lanzo antes de pensarlo.
Nadamos despacio, cerca de las paredes de roca. El eco devolvía cada movimiento amplificado. Durante un rato no hubo DEA, ni hoteles, ni llamadas pendientes. Solo agua, respiración, luz fragmentada entrando desde arriba.
Nos quedamos flotando cerca. Demasiado cerca para ser casual. El agua nos sostenía a la misma altura. Pude ver una gota resbalarle por la sien, perderse en el cuello.
Dan alargó la mano, casi sin darse cuenta, y rozó mis dedos.
No los aparté.
Nos acercamos un poco más. El mundo se redujo a esa distancia mínima, a ese silencio cargado. Sus ojos verdes se acercaron a los míos, borrando el aire entre nosotros. Pensé que iba a pasar.
No pasó.
Yo me detuve primero. Él también. Nos quedamos mirándonos, con algo frágil y tenso suspendido entre los dos. Luego me aparté despacio, como si el agua se hubiera vuelto de pronto más densa.
Salimos sin decir nada.
Después comimos tacos de lechón en un puesto al borde de la carretera. Sin mesas, solo taburetes de plástico. Carne jugosa envuelta en papel, cebolla morada, salsa demasiado picante.
—Esto sí lo voy a echar de menos —dije, limpiándome los dedos.
—¿Cancún?
—La normalidad.
Dan me miró un segundo más de lo habitual.
—Yo tampoco tengo mucha.
Me miraba contenido, como si quisiera decirme algo que nunca expresó.
—No quiero que te vayas —dijo al final—. Y no debería decirte esto.
—Entonces no lo digas.
—No puedo protegerte allí —repitió—. Y eso… me importa más de lo que debería.
Nos miramos un segundo de más. No pasó nada.
Precisamente por eso fue peligroso.
De vuelta en Cancún, caminando sola hacia el hotel, entendí algo incómodo:
con Elías, el riesgo era el poder. con Dan, el riesgo empezaba a ser el vínculo.
Esa noche, dormí sin sobresaltos.
Y, aun así, al despertar, supe que no había sido un descanso.
Había sido una despedida. Y ninguno de los dos se atrevió a nombrarla.