EL CONTACTO
Me asignaron el turno de tarde durante una semana seguida. No fue una orden directa. Fue una sugerencia que nadie cuestionó.
Desde recepción, el hotel parecía igual.
No llevaba la camisa blanca de la primera vez. Iba vestido de forma informal, casi descuidada, como un turista que hubiera decidido bajar tarde a por una copa. Pantalón ligero, zapatillas limpias, una mochila colgada al hombro. Nada en él llamaba la atención. Eso era lo inquietante.
Se colocó a mi lado sin mirarme.
—¿Todo normal? —preguntó.
—Sí.
—¿Lo has visto?
—Ha bajado dos veces.
Asintió apenas.
—Mesa del fondo. Diez minutos.
Pronunció mi nombre despacio, midiendo cada sílaba, como si decirlo completo fuera ya cruzar una línea.
—Sofía.
Era la primera vez que alguien lo decía desde que había vuelto. No debería haber significado nada. Pero lo hizo.
Se alejó sin despedirse, perdiéndose entre los huéspedes. Yo me quedé en mi sitio, sonriendo a un matrimonio que esperaba el ascensor, con la sensación de que la normalidad podía servir de coartada.
Diez minutos después, el hombre del traje claro cruzó el lobby. Caminaba sin prisa, como si el tiempo fuera algo que le pertenecía. Me acerqué con la excusa de una firma pendiente.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó, sin mirarme del todo.
—Poco.
—Se nota.
Firmó despacio, con una caligrafía limpia.
—Habla bien —añadió—. No todos lo hacen.
—Intento no cometer errores.
Levantó la vista entonces.
—Eso es imposible —dijo—. Pero se pueden elegir bien.
Me devolvió el documento y siguió su camino, rodeado de un silencio extraño, como si el lobby se hubiera ensanchado a su alrededor.
Esa noche, el contacto volvió a aparecer.
—Entonces ya se ha fijado en ti.
No pregunté qué significaba.
Había pasado de observar desde recepción a ser observada.
HABITACIÓN 614
El encargo llegó envuelto en normalidad.
No fue una llamada urgente ni una cita secreta. Fue una nota doblada bajo el teclado, escrita a mano, con una letra que no reconocí.
Esta noche. Habitación 614. Solo escucha.
La guardé en el bolsillo del uniforme sin releerla.
Durante horas, nada ocurrió. El hotel siguió funcionando como siempre: parejas en luna de miel, congresos médicos, risas demasiado altas en el bar. Yo respondía preguntas, entregaba llaves, sonreía cuando tocaba.
Pero cada vez que el ascensor se abría, levantaba la vista.
A las once menos cuarto, el hombre del traje claro cruzó el lobby. Esta vez no estaba solo. Dos hombres caminaban medio paso detrás de él. No parecían guardaespaldas. Había algo más quieto en ellos, como si no necesitaran ocupar espacio para estar presentes.
No me miró.
Subieron.
Esperé cinco minutos. Luego diez.
El contacto apareció a mi lado sin avisar.
—Ahora —dijo.
Ya no pregunté nada. Sabía cómo subir. Sabía qué cara poner.
La planta seis olía distinto. Más cerrado. Más caro. Caminé por el pasillo con paso indeciso, como si buscara una habitación equivocada. Me detuve frente a la 614.
No llamé.
La puerta se abrió sola.
Dentro, la luz era baja. El hombre del traje claro estaba de pie, de espaldas, hablando por teléfono en voz baja. Colgó antes de girarse.
Algo mayor que yo. Alto. No imponía por tamaño. Era otra cosa: una forma de estar quieto, de ocupar el espacio sin esfuerzo. El pelo oscuro, peinado hacia atrás como si no le hubiera dedicado tiempo. La barba corta, descuidada con intención. Cuando miraba, lo hacía como si ya hubiera decidido algo.
—Pase —dijo.
Entré.
No me ofreció asiento ni me pidió nada. Caminó hasta el minibar, sirvió dos vasos con algo transparente y dejó uno sobre la mesa.
—No beba —añadió—. No es cortesía. Es costumbre.
Asentí.
Me observó un segundo más.
—Podemos tutearnos. Aquí no hacen falta formalidades.
Se apoyó en el respaldo de una silla y me sostuvo la mirada. No era deseo. Era atención. Como si estuviera comprobando algo que aún no terminaba de encajar.
—Te vi antes —dijo—. En la recepción.
—Sí.
—No pareces nerviosa.
—Lo estoy.
—Entonces lo ocultas bien.
El silencio se alargó un segundo de más.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—No exactamente.
Asintió, apenas.
—Mejor.
Se sentó por fin. Sacó el móvil y lo dejó boca abajo sobre la mesa.
—Hay gente que habla demasiado —dijo—. Y otros que entienden cuándo no hace falta.
No respondí.
—Necesito a alguien que esté aquí sin estar —continuó—. Que no destaque. Que no pregunte.
Levantó la vista.
—Y que no desaparezca cuando empieza a entender.
—No tengo intención de desaparecer —dije.
Me sostuvo la mirada un instante más, como si evaluara si eso era cierto o simplemente conveniente.
—Bien. ¿Cuántos idiomas hablas?
—Cinco. Ninguno perfecto.
Se levantó y abrió la puerta.
—Vuelve a tu puesto. Tendrás noticias mías.
Hizo una pausa breve.
—Esto no ha pasado.
Salí sin mirar atrás.
En el ascensor, me temblaban las manos. No por lo que había hecho, sino por lo que ya no podía deshacer.
En la recepción, el contacto ya no estaba.
A la una de la madrugada, apareció un mensaje en el sistema interno:
“ Buen trabajo ”.
Esa noche, al acostarme, pensé que aún podía decir que no.
Mentí.
Ya había aceptado algo que no se devolvía: ser vista.