BLOQUE 3
Trabajaron hasta que la Catedral quedó casi vacía.
La reconstrucción no fue automática.
Ignacio generó distintas imágenes a partir de la iluminación controlada y del registro del relieve. Clara y Adrián compararon después cada fragmento manualmente.
Evitaron completar formas imaginarias.
Solo trabajaron con líneas realmente conservadas.
Las primeras zonas no aportaron nada útil.
En otra aparecía una vertical junto a una curva que podían corresponder a demasiadas letras.
Después encontraron un sector diferente.
Adrián pidió ampliar la imagen.
Dos trazos se distinguían con claridad suficiente para intentar una lectura provisional.
Uno podía corresponder a una ene.
Junto a él aparecía otro compatible con una de.
La secuencia ND era posible.
Fernando contenía esas letras.
También otros nombres.
No bastaba.
Ignacio midió la posición respecto del inicio estimado del campo antiguo.
Adrián hizo el cálculo dos veces.
La secuencia caía aproximadamente donde deberían encontrarse esas letras dentro de Fernando.
Aquello ya tenía valor.
Pero todavía podían existir otras lecturas.
En una zona próxima al final del campo aparecía además un trazo curvo compatible con una O.
Clara miró a Adrián.
Él se negó a convertir la convergencia en una lectura cerrada.
Necesitaban algo que redujera todavía más las alternativas.
El mejor sector seguía debajo de la reintegración de 2017.
Clara preguntó si podían retirarla.
Ignacio negó inmediatamente.
Aunque el material fuera moderno, formaba parte de una intervención patrimonial documentada y no podía tocarse sin autorización ni protocolo.
Adrián estuvo de acuerdo.
Buscarían otra vía.
Santiago creyó haberla encontrado.
Una descripción del siglo XIX señalaba que algunas letras del nombre visible parecían retalladas sobre caracteres anteriores.
El autor mencionaba expresamente las zonas bajo la D y la I de la inscripción posterior.
Aquellos puntos coincidían con sectores que ellos ya estaban estudiando.
Eso sugería que los trazos antiguos habían sido más visibles entonces.
La nota incluía además una interpretación cautelosa.
Bajo la primera letra del nombre actual, el autor creía distinguir una F.
No constituía una lectura completa.
Pero ahora tenían una posible F inicial, una secuencia ND en una posición compatible y un trazo final que podía corresponder a una O.
A eso se sumaban las fuentes anteriores que vinculaban a Fernando directamente con la fundación.
La convergencia empezaba a ser difícil de atribuir al azar.
Clara esperó.
—¿Podemos decirlo?
Adrián miró primero la piedra y después los documentos.
—Podemos decir que Fernando es, por ahora, la identificación más consistente con la evidencia material y documental disponible.
Era lo máximo que estaba dispuesto a conceder.
Y era suficiente.
La fundación había estado asociada documentalmente a Fernando antes de que la inscripción posterior representara a Diego.
Ahora la piedra conservaba restos compatibles con aquel nombre anterior.
Fernando dejaba de ser una posibilidad abstracta.
Existía documentalmente.
Y la materia empezaba a señalar en la misma dirección.
La última llamada llegó cuando comenzaban a recoger.
Santiago respondió.
Escuchó unos segundos y su expresión se endureció.
La empresa de 2017 había revisado otra vez los mensajes del investigador desconocido.
En uno de ellos, antes de recibir las fotografías, había preguntado si las marcas conservadas podían ser compatibles con un nombre que comenzara por F.
Adrián recordó de inmediato que eso no demostraba Fernando.
Santiago continuó.
En otro mensaje, el remitente había preguntado expresamente si podía distinguirse la secuencia “ND”.
Nadie habló.
Clara miró la ampliación donde aquellas dos letras apenas habían podido reconstruirse después de horas de trabajo.
El investigador desconocido sabía que debía buscarlas.
—Entonces conocía el nombre —dijo Clara.
Esta vez Adrián no corrigió nada.
—Sí.
La persona había iniciado la búsqueda con una ventaja que ellos no tenían.
No había deducido Fernando a partir de las fotografías enviadas por la empresa.
Ya era una posibilidad concreta antes de recibirlas.
Eso significaba que existía otra fuente.
Un documento o una descripción que todavía no habían localizado.
Adrián observó la mesa cubierta de reproducciones.
—Tiene que haber otra referencia.
Clara asintió.
Y alguien ya la había encontrado.
El problema ya no estaba únicamente bajo la piedra.
También estaba en aquello que faltaba fuera de ella.