EPÍLOGO
FRANNIE LA BOMBERA
—El segundo esta semana, Frannie —dice el Jefe de Bomberos mientras se pasa una mano enguantada por la visera manchada de hollín—. ¿Tu sexto sentido no te avisó?
Sonrío y me bajo la visera. Todo el mundo conoce ese extraño sexto sentido que tengo para los incendios. A veces creo que puedo oler el humo antes de que siquiera se encienda la cerilla.
—Este no, Jefe —digo, metiéndome el pelo castaño bajo el casco y volviendo la atención al incendio—. Perdona por llegar tarde. ¿Me habéis dejado algo?
El Jefe arquea una ceja y niega con la cabeza.
—Es tu día libre, Frannie. No tienes por qué estar aquí. Lo tenemos controlado.
Resoplo mientras reviso el equipo.
—¿Te crees que voy a quedarme sentada en el sofá viendo cómo os lucís en las noticias de la noche?
El Jefe está a punto de soltar una broma, pero entonces uno de mi equipo sale tambaleándose del edificio, con los ojos desorbitados de terror, los guantes humeantes, la visera y el casco medio derretidos. Está bien, eso sí. Solo asustado, como si hubiera visto al mismísimo diablo.
—El diablo, Frannie —me susurra mientras pasa tambaleándose hacia los paramédicos—. Lo vi. Le miré directamente a los ojos. Y entonces vino a por mí, y yo... me acobardé, Frannie. Yo...
Miro a los paramédicos, que me hacen un gesto con la cabeza y se ocupan del bombero alterado.
Luego vuelvo la vista hacia el edificio en llamas mientras bajo la mano enguantada hacia el hacha.
La gente ve cosas raras en las llamas, así que no me sorprende, supongo.
Aun así, no debería haber nadie ahí dentro.
Todo el mundo está localizado y se han revisado todas las habitaciones.
El protocolo dice que debería esperar a que el Jefe decida si investigamos o dejamos que el edificio arda y luego que los de la científica rastreen las cenizas en busca de «el diablo».
Pero el Jefe se ha quedado atascado hablando con la policía sobre cortar la calle, y el bombero mareado está en la parte trasera de la ambulancia, tumbado en una camilla con mascarilla de oxígeno mientras le inyectan calmantes para evitar que entre en shock.
No va a hablar con nadie en un buen rato.
Así que vuelvo a mirar hacia ese edificio, y ahora mi sexto sentido empieza a dispararse.
Ese sexto sentido me ha salvado el pellejo una docena de veces, y he aprendido a no ignorarlo.
A veces me dice que me dé la vuelta y salga corriendo antes de que el edificio se me venga encima.
Otras me dice que siga adelante, que camine directamente hacia las llamas, hacia lo que sea que me esté esperando ahí dentro.
Y mientras atravieso la puerta derribada, hacha en mano, con la sangre ardiendo, veo un destello de movimiento en lo alto de las escaleras. Mi intuición me empuja a seguir, y tomo aire y subo al segundo piso.
—Aléjate de mí —dice una voz, una voz baja y áspera pero extrañamente profunda y resonante—. Déjame arder. ¿Por qué no me quemo?
El corazón me late tan fuerte que apenas oigo las paredes de madera crepitar y sisear. Este edificio está a punto de venirse abajo, pero no puedo darle la espalda a alguien atrapado dentro.
—Agáchese —grito—. Le sacaré de aquí en un momento.
—¡No! —ruge el hombre justo cuando doy el último paso y consigo verlo—. ¡No me mires! ¡Soy un monstruo!
Casi se me cae el hacha cuando lo veo. Es un hombre grande, pero roto de algún modo.
Tiene la espalda retorcida, el cuerpo lleno de cicatrices, los ojos desenfocados como si no pudiera ver bien.
Aunque esos ojos arden en un verde brillante, con destellos rojos en el iris.
Debió de ser un hombre apuesto, pienso, aunque este no es ni el momento ni el lugar.
—¿Qué le ha pasado? —susurro, sin saber si le hablo a él o al universo que nos ha traído a ambos a este punto del espacio, a este instante en el tiempo—. ¿Cómo ha llegado aquí? Dijeron que el edificio estaba despejado. Revisaron todas las habitaciones. ¿Cómo ha llegado aquí?
El hombre está acurrucado contra la pared, desnudo como un preso. Pero aunque está lleno de cicatrices, no se quema. Es como si no pudiera arder. ¿Será por eso que el bombero dijo que había visto al diablo?
—Venga, señor —digo, intentando sonar tranquila y serena aunque mi sexto sentido está trepando por las paredes, derribando puertas, rompiendo todas las ventanas de mi alma—. Vámonos.
—Vete —susurra el hombre, negando con la cabeza mientras mira algo que tiene en las manos. Entrecierro los ojos entre el humo y jadeo al ver que es una piedra preciosa enorme. Un diamante, parece.
Un diamante rojo.
Me quedo mirando el diamante fijamente y siento una extraña energía que emana de él, que envía ondas a través del aire ardiente. Estoy hipnotizada, paralizada, y se me queda la boca abierta mientras visiones de este hombre pasan revoloteando como fragmentos de una película antigua.
Veo al hombre cicatrizado y roto en una escena de hace décadas. Se alzaba alto como una torre, ancho como un puente, con una mandíbula cuadrada y cincelada en un rostro brutalmente apuesto. Tenía el cuerpo como de granito tallado, los brazos como de acero forjado. Y esos ojos verdes...
Estoy a punto de decir algo, pero el hombre se levanta y lo miro asombrada. Está desnudo, y puedo ver claramente que el poder y el vigor de su juventud no lo han abandonado todavía. Solo están enterrados bajo esas cicatrices, disimulados y diluidos por el dolor y la miseria.
Todavía sostiene ese diamante rojo, y ahora me señala.
—Vete —dice de nuevo—. Déjame arder. Nunca podrás aceptarme así.
Ni siquiera soy medio Dragón. ¿Qué esperanza tengo de ser un Dragón completo?
Tenía razón. El Mito de las Parejas Destinadas no se aplica a los mestizos.
Para monstruos retorcidos como yo, es la Maldición de las Parejas Destinadas.
Estoy maldito, condenado a sentirme atraído hacia ti una y otra vez, a que se me muestre un futuro que no puedo vivir, torturado por un destino que no puedo alcanzar.
Vete, Frances. Vete, y quizás me consuma y encuentre la paz en las cenizas.
—Vete, Frances, vete —susurro, y la conmoción de oírle decir mi nombre real casi me quiebra mientras miro fijamente ese diamante rojo. No sé cómo sabe mi nombre, pero eso no es lo que más me asusta.
No, lo que me aterra es que estoy haciendo exactamente lo que él dijo.
Me estoy yendo.
Yendo hacia él.
∞