La infiel Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—¿Que te hará feliz lo que debemos hacer juntos?

—preguntó, aun cuando la había entendido sin problema.

Ella bajó la mirada al suelo de arena—. ¡Ah!

, te refieres a lo de tu hijo… Sí, claro que es verdad.

Como te dije, tu hijo estaba en Pakistán, en el valle de Swat.

Yo estuve allí de pequeño y quería que Iván lo conociera: es uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida.

Lo riega un río que nace en territorio indio, en Cachemira, y nunca he visto unos verdes más brillantes.

—Recordaba bien aquel valle tupido y salvajemente selvático, con lagos limpios y cristalinos y unas increíbles montañas—.

Lo llamaban la Suiza de Pakistán cuando aún estaba bajo la dominación del Imperio británico.

Dicen que es el lugar de procedencia de Buda y donde se construyeron los primeros centros budistas…

Ahora las cosas han cambiado. El mismo problema de siempre: la gente no quiere entender lo que está bien y lo que está mal.

Hoy es zona talibán. Estoy convencido de que tu hijo ha disfrutado de la estancia y, por descontado, habrá aprendido todo lo que en su entorno familiar jamás hubiese tenido posibilidad de descubrir.

¿Sabes?, es un gran chico. Por lo que me cuentan, su sed de conocimiento es inmensa.

Has criado a un chico fuerte e inteligente. Y debo felicitarte por eso.

Sara no sabía cómo procesar aquella información. Las palabras de Najib le despertaban un sentimiento de congoja irrefrenable y el tono de su voz parecía esconder realidades que adivinaba contrarias a las de sus labios. Aun así, necesitaba creerle.

—Ahora mismo tu hijo está en Kanigoram, en Waziristán del Sur.

Es una ciudad preciosa y cuando terminemos nuestra misión, aún lo será más.

—Observó cómo en el semblante de Sara se reflejaba la desconfianza que había comenzado a germinar en sus entrañas—.

Está en camino. Sabe que viene a reunirse contigo y que a partir de entonces nadie os volverá a separar porque, gracias al viaje que habéis iniciado ambos, os unen lazos más fuertes que los de la propia vida. ¿Qué pasa, no me crees?

—Como le hayas hecho daño a mi hijo… —inició la frase en la que intentaba encerrar una amenaza que sabía baldía.

—Sara, no seas estúpida. ¿Es que no lo ves?

He cumplido mi promesa. Estoy devolviéndote a tu hijo.

Ahora solo falta que tú cumplas la tuya.

Tienes una misión encomendada, ¿recuerdas?

Y será dentro de unas horas. Pero antes debemos prepararnos.

—Empleó unos instantes en contemplarla. Parecía confundida—.

Ahora es cuando te lo juegas todo. Ya no hay marcha atrás.

No es tiempo de preguntas, de dudas, de amenazas ni de explicaciones.

No hay lugar para miedos ni titubeos. Es la hora de la verdad, esa que no dejabas de pedirme que acelerase mientras estábamos en España.

Pues bien, aquí la tienes, muy pronto podrás abrazarla.

Lo que nos espera es más grande que nosotros.

Estaba a punto de salir de la cueva cuando una nueva pregunta de Sara le detuvo.

—¿Qué es eso que vamos a hacer juntos?

—«Abandónate a Alá, Alá basta como protector», Corán 33:3 —dijo permaneciendo de espaldas a ella para, acto seguido, abandonar el lugar.

La respuesta a sus dudas llegó en forma de visita un par de horas más tarde.

Najib entró en la cueva acompañado del anciano al que había abrazado la noche anterior.

Tras ellos iban otros dos hombres, que se situaron como recios centinelas con la encomienda de guardar la entrada de la cueva.

El anciano se dirigió hacia el habitáculo que ocultaba la cortina y allí permaneció durante un buen rato.

Sara lo observaba todo con una atención animal, como si en cada uno de los movimientos de los recién llegados fuese a encontrar la clave de su destino.

Su interior se encharcó de riachuelos de incertidumbre, de miedos, de elucubraciones pesimistas y de un desconsuelo difícil de confortar.

Su estómago, fiel y eficaz anunciador de malos augurios, volvió a rebelarse.

En ese momento, cuando por su garganta avanzaba ya el gusto ácido de la bilis, Najib se postró frente a ella.

—Bebe, te sentará bien —dijo acercándole el borde de una taza a los labios, que ya comenzaban a presentar un color marfil, lejos de su habitual rosado—. Es normal que estés nerviosa, pero no tienes nada que temer. Pasará pronto.

Sara mojó sus labios con aquel líquido. Era un brebaje a base de hierbas con un acentuado sabor dulzón que contribuyó a menguar sus náuseas.

No podía decir que le desagradara. Muy al contrario, aquella infusión le alivió el malestar que amenazaba con apoderarse de su interior y consiguió asentar en ella una tranquilidad que se vendía cara.

Bebió dos tazas enteras y había iniciado la tercera —ya sin demasiadas ganas pero inducida por la insistencia de Najib—, cuando vio al anciano salir de su escondite.

Forzada, terminó de beber el contenido de la taza y miró la mano de Najib, que permanecía tendida hacia ella: quería que se levantase.

Le costó mover su cuerpo, lo sentía pesado y Najib tuvo que ayudarla a ponerse en pie y mantenerse erguida.

No había rastro de dolor ni temores gritando a su alrededor.

Una ligereza irreflexiva dominaba su mente y gobernaba su cuerpo, y había tomado el testigo de las aprensiones que la acechaban hacía unas horas.

Todo a su alrededor parecía más calmado, sosegado: solo sentía un plácido y liviano aturdimiento.

Veía todo cuanto pasaba a su alrededor como si formara parte de una coreografía ensayada y lejana; oía sin dificultad los ruidos que se arremolinaban en derredor, las voces que llegaban a sus oídos convertidas en traviesas hadas prestas a cuchichear en el umbral de sus tímpanos, y entendía sin cortapisas lo que encerraban las palabras pronunciadas.

Ante ella se levantaba una realidad que asumía sin la capacidad ni la voluntad suficiente para censurarla.

—Ahora, quiero que me escuches. —La voz de Najib llegaba a sus oídos envuelta en campanas de cristal, con un eco que le confería una profundidad ceremoniosa y revestía sus palabras de un cierto empaque—. ¿Recuerdas el día en el que te llevé al cumpleaños de unos familiares en Madrid?

Después de rebuscar entre los archivos de su memoria, Sara asintió ligeramente con la cabeza y tuvo consciencia de haber añadido una afirmación de sus labios, que resultó casi inaudible. A Najib le valió.

—Entonces te acordarás de lo que te dije, lo que anuncié delante de todos mientras celebraban que el hermano de Fátima, Mahmud, se había casado.

Bien, eso te lo explicaré luego. Ahora quiero que sepas que vas a acoger el islam como tu nueva filosofía de vida.

—El entrecejo de Sara se frunció, como si aquel anuncio le llenara la frente de nuevas dudas y de un progresivo rechazo—.

Es un paso necesario para que puedas enfrentarte a tu destino.

No hay más remedio. Has llegado a ese momento en el que has visto cómo tu vida se ha derrumbado por los falsos preceptos sobre los que ha sido construida.

Ahora tus dioses, tus ídolos, tus iconos, tu vida, tu antigua y farisea realidad, los valores que te han ido inculcando desde pequeña han dejado de tener sentido porque estaban equivocados.

Se han venido abajo y es el momento de que te entregues al islam, que completes la shahada , que realices tu testimonio de fe y te reconozcas musulmana.

Entendió que le estaba hablando de una conversión y negó con la cabeza.

—No, no quiero —dijo con un débil hilo de voz, como si la pócima dulzona que había ingerido le hubiese restado la fortaleza de sus cuerdas vocales, además de ralentizar su capacidad de reacción—. No voy a hacerlo. No quiero.

—Creo que no lo has comprendido. Es algo que vas a hacer aunque no quieras porque, de lo contrario, las cosas no podrían salir tal y como hemos pactado.

Y ninguno de los dos queremos incumplir nuestras promesas.

No estaría bien. —Sara vio la sombra de Iván servida como una sutil amenaza—.

Es muy sencillo: será rápido y te sentirás bien.

Te estoy ofreciendo una vida mejor. Tú solo debes dejarte llevar.

Y me consta que eso sabes hacerlo muy bien.

Con la ayuda de los otros dos hombres, Najib la condujo hasta una mesa sobre la que el anciano había colocado un corán y una serie de folios, todos escritos con una caligrafía arábiga.

Caminaba torpemente, como si notara que el suelo temblase bajo sus pies y aquella vacilación irresoluta la obligara a flotar, pero no cesó de oponerse torpemente a los designios que auguraba el brazo de su carcelero.

Él la obligó a sentarse en uno de los taburetes dispuestos alrededor de la mesa, y ocupó a su vez la banqueta contigua.