La infiel Capítulo 28
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Capítulo 28

Las siguientes horas transcurrieron enclaustradas en un estrecho reloj de arena acristalado.

Se imaginó sentada en lo alto del puntiagudo montículo de partículas de sílice dispuestas en el bulbo inferior y siempre preparada para esquivar el aluvión de arenisca, cada vez que el tiempo avanzaba camino y volcaba su contenido sobre ella.

Tenía la impresión de haber viajado a través del tiempo, sin prestar demasiada atención al espacio en el que se encontraba.

Por sus ojos desfiló, impregnado de la misma irrealidad que muestran los sujetos en una película muda, un extraño carnaval de controles, azafatas, salas de espera, aviones, despegues, pasillos, puertas de embarque, turbulencias, escalas y aterrizajes.

Lo había vivido porque su cerebro amparaba su recuerdo envuelto en una nebulosa, pero le costaba reconocerlo como experiencias propias.

Su mente parecía cómoda en esa especie de oasis narcotizado al que le costó recordar cómo llegó.

Quizá fueran las pastillas blancas que Najib depositó con sus dedos en el interior de la boca de Sara.

Su lengua llegó a palpar las yemas de los dedos del hombre que la obligó a beber agua, inclinándole la cabeza hacia atrás para que pudiera tragarlas sin dificultad.

Llegó a cuestionarse si la placidez que la embargaba, ajena a todo ruido, dolor, sufrimiento y al aluvión de pensamientos inoportunos que amenazaban su equilibrio, daba fe de un estado comatoso o, por el contrario, la informaba de que estaba muerta y que su espíritu seguía vagando por el universo espacial.

Eso explicaría la ingravidez de su cuerpo y su mente.

Durmió durante buena parte de los vuelos que realizaron.

De esa manera, todo permaneció dentro de los parámetros del control y la seguridad, respetando fielmente lo planeado.

Su estado de semiinconsciencia seguía permitiendo la llegada de información entreverada con imágenes dispersas.

De nuevo las manos de Najib entraban en escena para articular su cuerpo como un buen artesano.

Notó cómo sus brazos la vestían con una especie de chador de color azul, y envolvía con un pañuelo de color blanco su cabeza.

Sara seguía sin poder controlarla: daba bandazos de izquierda a derecha y de atrás adelante, que se traducían en insensibles latigazos en sus cervicales.

Para la ingestión de la última de las pastillas que registró su mente, Najib pidió un poco de agua a la azafata, que ya estaba inmersa en las últimas atenciones a los pasajeros y en la preparación de la cabina para el aterrizaje.

Sara observó entre brumas la expresión preocupada de la auxiliar de vuelo al inclinarse sobre ella.

Por primera vez desde que iniciara el laberíntico viaje, comprendió que su apariencia física no debía de ser nada halagüeña.

Los párpados le pesaban demasiado, como si un cargamento de cemento cayera sobre ellos, de modo que cerró los ojos. La oscuridad volvió a teñir su mundo.

La despertó una arcada creciente que ascendía por su tráquea.

Su cuerpo se convulsionó por un jadeante ahogo que intentó evitar entre espasmos y con la boca abierta, en busca de una bocanada que aliviara su sofoco.

Había algo sobre ella que le impedía respirar, algo que había logrado introducirse en su boca.

Cuanto más esfuerzo hacía por escupir aquello que fuera que le estaba obstruyendo la respiración, más adentro se metía.

Era como si estuvieran tratando de asfixiarla con una almohada, con un saco de tela áspera, con un trozo de paño.

Alguien le levantó la parte frontal del burka y le colocó, oportunamente, una bolsa de plástico delante de la cara a modo de palangana, sobre la que vertió todos los demonios que envenenaban sus entrañas.

Cuando no quedaba más vómito en su interior, sacó la cabeza de la bolsa y respiró con el mismo ahínco que mostraría si hubiese estado bajo el agua durante cinco minutos.

Empezó a inspeccionar dónde se encontraba.

La niebla había desaparecido de los márgenes de su visión y las formas y los perfiles habían recuperado su claridad.

Se hallaba en el interior de un coche. Ni siquiera fue consciente de cómo había salido del avión; aunque supuso que Najib se había encargo de hacerlo.

El vehículo olía a tierra, a animal muerto y al vómito que acababa de parir su náusea.

Se llevó la mano a la boca para limpiarse los restos de la arcada y, de paso, el asombro que le provocaba conocer su nuevo lugar en el mundo.

A su lado viajaba una mujer que presentaba el mismo aspecto que esas mujeres a las que Sara había visto en la portada de algunas revistas, pero aquella era de carne y hueso, estaba allí y no ocupando un trozo de papel cuché.

Eso lo hacía aún más dantesco. Llevaba el burka levantado y echado hacia atrás sobre su cabeza.

En la parte delantera del coche, dos hombres: uno de ellos era Najib, aunque ni siquiera se dignó a volver la cabeza para comprobar que en la parte trasera del vehículo todo iba según lo planeado.

El desinterés no la importunó. Sin duda lo compensaba con el alivio de saber que él seguía allí, igual que la posibilidad de encontrar a su hijo.

Intentó moverse, pero algo se lo impidió.

Ingenua aun entonces, creyó que la atadura que sentía a la altura del pecho correspondería al cinturón de seguridad, aunque pronto se dio cuenta de que lo que la ataba era parte de la vestimenta con la que habían cubierto su anatomía.

Era como si alguien se hubiese empeñado en amordazarla con patrones de tela con forma de vestido, velos y tejidos de paño.

Lo que sentía abruptamente encajado sobre su cabeza, como si fuera un casco que estaba cortándole el flujo sanguíneo, era la parte superior del burka azul que a punto había estado de asfixiarla.

Poco a poco fue recuperando su respiración y el adecuado ritmo cardiaco que ralentizaba la secuencia de sus latidos dentro de la cavidad torácica.

El vómito le había sentado bien, en cierta medida había conseguido asentarle el estómago, aunque le había dejado un sabor de boca agrio y metálico que intentaba olvidar tragando saliva una y otra vez, sin conseguirlo.

La sequedad se había instalado en su boca, convertida ya en un agrietado y árido solar.

Pensó en pedir un poco de agua que aliviara las grietas de la deshidratación.

Necesitaba hacerlo. Y también quería preguntar dónde estaba, qué era todo aquel desierto árido y montañoso, plagado de arena y roca hasta donde se extendía la vista, y coronado con descomunales dunas de tonos dorados.

La espesa nube de polvo que el todoterreno levantaba a su paso le dificultaba la visión.

Sus preguntas se quedaron suspendidas en el viciado ambiente del interior del vehículo.

—Bienvenida a Herat, Sara —le informó Najib, que ya había recuperado la imagen con la que parecía sentirse más cómodo: había reemplazado el vaquero y la camisa blanca por una larga y amplia túnica—.

Ahora sí que estás cerca de tu hijo. Y de tu misión, que es más importante. Sonríe. Lo has conseguido.

Herat.

Estaba demasiado lejos de casa y de los suyos como para sonreír tal y como él le ordenaba sarcástico.

¿Cómo había llegado hasta aquel lugar inhóspito?

Tan solo lograba recordar con cierta nitidez su entrada en el aeropuerto de Barajas, su paso —rápido, sin contratiempos— por el control de seguridad y su entrada en la sala VIP, donde esperaron la llegada de su primer vuelo, rumbo a Londres.

Después de eso, nada. No podía recuperar el momento en el que voló a Túnez e hizo escala en Dubái.

Tampoco su llegada a Kabul. Y mucho menos podía ordenar en su cabeza cómo había acabado en Herat.

No podía imaginar que se había librado, por muy poco, de un viaje en coche desde Kabul a Herat que hubiese supuesto alrededor de seis días de itinerario peligroso, en unas condiciones infrahumanas.

Aquella fue la primera intención de Najib, que consideraba que esa era una ruta segura, al menos para ellos, y haciéndola a bordo de un automóvil, no levantarían ninguna sospecha.

Supondría, prácticamente, atravesar el país pero, a su entender, no había prisa.

Es más, se habían visto obligados a adelantar unos días su llegada a Afganistán y eso había ampliado su margen de actuación, por lo que tenían tiempo suficiente para invertirlo como creyeran oportuno.

«Y qué mejor inversión que la seguridad», comentó Najib.

El hombre que en ese mismo instante conducía el todoterreno había logrado convencerle por teléfono: puesto que nadie los seguía y no había ninguna alarma que los apuntara, ¿para qué correr riesgos?

Sobre todo, estaban en casa, y eso quería decir que jugaban en su campo y con sus propias reglas.

Ese oportuno recordatorio frustró los planes de aventura diseñados por Najib y le llevó a utilizar los billetes con los que volaron hasta el aeropuerto de Herat para emprender desde ahí camino hasta su destino final.

Y fue en ese último trayecto cuando despertó Sara, envuelta en arcadas y vómitos, consecuencia de los cócteles de pastillas, somníferos y narcóticos que le había servido Najib para tenerla en todo momento bajo control y sometida a su voluntad, como a él le gustaba.

—Necesito beber un poco de agua. —Prefirió dar a la frase un tono informativo más que envolverla entre interrogaciones que le dieran opción a Najib a rechazar la propuesta.