La infiel Capítulo 27
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Capítulo 27

La reunión con los dos hombres procedentes de Hamburgo le había reportado nuevas expectativas estratégicas, además de un apoyo económico en efectivo.

Tras dos horas largas de encuentro, Najib y su reducido acompañamiento regresaban a la vivienda donde tenía asentado su centro de operaciones cuando, al doblar la esquina de la calle San Francisco, unos números antes de llegar a su destino, vieron un despliegue policial que ralentizó sus pasos.

Varios furgones de la policía y la Guardia Civil cortaban la calle, y un buen número de curiosos se apostaba a ambos lados de la vía, especulando e informándose los unos a los otros de lo que estaba sucediendo.

Volaban las teorías a cuál más descabellada:

—Han matado a una chica. Dicen que la han descuartizado en la bañera y han metido los trozos en varias bolsas de basura. Han sido los de la limpieza los que lo han descubierto. A uno le ha dado un ataque de ansiedad y se lo han llevado al hospital…

Otros dos especulaban justo al lado:

—Será un alijo de drogas.

—No me extraña, está el barrio lleno con tanto moro y tanto negro. A mi hijo ya le han ofrecido tres veces cuando el pobrecito regresaba del colegio. Menos mal que le hemos aleccionado bien desde pequeño.

—Mano dura es lo que ponía yo en esta zona. Pero, claro, no quieren, no está bien visto. Así que a joderse tocan, aunque nos maten a todos.

Tres más, disfrutando de los rumores a unos metros de los furgones:

—Dicen que es una pelea entre un marroquí y un español. Al parecer, el árabe le ha dicho algo a la mujer que iba con el español, y han empezado a decirse de todo. Han sacado navajas y pistolas.

—¿Han disparado?

—Eso he oído. Lo que no sé es si se han cargado a alguien…

—Como no nos acerquemos más, no nos vamos a enterar de nada.

Algo más allá dos mujeres hablaban de un aviso de bomba.

—Un vecino ha visto una bolsa de deporte sospechosa en el portal de la casa y ha llamado a la policía. Y cuando han llegado, han visto la bolsa llena de cables y han llamado a los artificieros.

—Para haber saltado todo por los aires…

—… y aquí nadie dice nada…

Najib observaba la escena preocupado, aunque nadie que le viese habría sido capaz de advertirlo: su semblante permanecía tranquilo, apenas le traicionaba el gesto crispado de sus puños.

Sabía ocultarse bajo perfeccionadas máscaras que había ido confeccionando sabiamente a golpe de estudio y preparación.

No le gustó aquel revuelo y menos aún la excesiva y notoria presencia policial.

Desde su posición, demasiado alejada del epicentro de los acontecimientos, no podía apreciar con claridad si el portal en el que no paraban de entrar y salir policías era el de su vivienda actual.

Poco a poco y sin despertar sospechas, los cuatro se alejaron de la nube de curiosos que rivalizaban por ocupar la primera fila tras el perímetro policial que aparecía delimitado por vallas y una cinta kilométrica con la leyenda «Prohibido el paso.

Cuerpo Nacional de Policía» impresa en ella.

—Establece un contacto seguro que nos mantenga a salvo de todo esto —indicó Najib a Mourad, que aguardaba una orden para separar su camino del resto y perderse en dirección opuesta por una de las calles de la ciudad.

Luego se volvió hacia el joven del labio partido—: Y tú, acércate e intenta enterarte de qué ha pasado exactamente.

Con discreción. No me llaméis. Yo me pondré en contacto con vosotros.

Como siempre, Sara se quedó sin papel en la operación que acababa de ponerse en marcha.

Najib y ella subieron por una de las calles céntricas de la urbe hasta llegar a una avenida más amplia, de doble dirección; desembocaba en una plazoleta congestionada de coches, autobuses y transeúntes que corrían para aprovechar los últimos segundos de un semáforo en verde o para hacer valer su preferencia sobre los automóviles en los pasos de cebra.

Ante ellos se alzaba el edificio de unos grandes almacenes en cuyos escaparates rivalizaban los carteles que anunciaban las segundas rebajas y los que avisaban de la llegada de las colecciones de nueva temporada.

La respiración de Sara discurría atolondrada y sus pasos los guiaba, como de costumbre, la voluntad de Najib.

Traspasaron la puerta de los almacenes junto con una marabunta de personas y ascendieron varios tramos de escaleras mecánicas.

Cuando llegaron a la planta de Moda Mujer, Najib la detuvo asiéndola del brazo.

—Escoge ropa moderna: unos vaqueros, una camiseta, un jersey y poco más.

Me la traes, la pago y te cambias en el probador.

Date prisa. —Antes de que Sara partiese a buscar la vestimenta ordenada, aún llegó a sus oídos una última advertencia—: Actúa con normalidad.

Nada de prisas ni de caras de terror. Estás muy cerca de encontrarte con tu hijo, no lo estropees por una tontería. Recuerda, naturalidad.

A los diez minutos, Sara volvía a reconciliarse con su imagen en el espejo del probador.

Al ver de nuevo recobrada su apariencia occidental, a punto estuvo de echarse a llorar, pero no se dejó ir: sabía que aquello no sería en absoluto del agrado de quien la esperaba a la entrada de los probadores.

Aspiró su congoja, barrió la lámina húmeda que cubría sus ojos, respiró profundamente tres veces y se infundió fuerza con la mirada que encontró reflejada ante sí.

Presentía que todo estaba a punto de terminar.

Idéntica operación realizó Najib con su apariencia física.

En la planta de Moda Hombre adquirió unos vaqueros, unos mocasines azul marino y una camisa blanca como esas a las que tanta afición mostraba cuando conoció a Sara.

Luego compró unas tijeras pequeñas, unas maquinillas de afeitar y un tubo de espuma de rasurar en la sección de perfumería y entró con todo en los aseos del centro comercial para aparecer al rato ante Sara sin aquella barba negra y nutrida que le venía acompañando en los últimos meses.

Antes de salir nuevamente a la calle, Najib se acercó a la planta de tecnología y adquirió dos teléfonos móviles.

A petición de la vendedora —una hermosa joven de melena larga y rubia, y ojos extremadamente azules—, facilitó un documento de identidad en el que Sara descubrió su foto pero no así el nombre con el que le conocía.

La dependienta aceptó sonriente el pago en metálico de los dos aparatos.

—Vienen de fábrica con un poco de batería, pero es conveniente que los cargue usted en casa durante al menos doce horas. Con que los deje toda la noche es suficiente, ¿de acuerdo?

El perfecto cliente —que llegó, miró, no hizo preguntas y adquirió la mercancía— le agradeció la información con una complaciente sonrisa mientras pulsaba el botón de encendido en ambos teléfonos.

Después del intercambio de monedas y recibos, se dirigieron a la zona de ascensores.

Subieron en uno del que no se apearon hasta que se vació por completo, momento que Najib aprovechó para propinar un golpe certero a su antiguo móvil sobre una de las paredes del elevador: una vez roto en varios pedazos, arrojó la batería y la tarjeta SIM por la ranura del hueco del montacargas.

El resto de las piezas del antiguo teléfono las depositó en una de las papeleras situadas en el descansillo de salida de los ascensores, al igual que la bolsa con la ropa que ambos vestían cuando entraron en el edificio comercial.

Por un instante, ambos contemplaron su imagen en el espejo que tenían delante. Demasiado parecida a lo que un día fueron, a lo que un día Sara creyó que eran. La memoria del pasado les disgustó tanto como la realidad de su presente, a cada uno por muy diferentes motivos.

Salieron de los grandes almacenes para adentrarse por una de las calles que conducían al centro de la ciudad.

Sara estaba convencida de que Najib no sabía qué rumbo exacto llevaba su marcha, pero no era el momento de hacer comentarios que pudieran enervarle.

En su cabeza se repetía la frase que le había confiado hacía unos minutos.

«Estás muy cerca de encontrarte con tu hijo, no lo estropees por una tontería». No pensaba hacerlo. Al menos ella no.

A pesar de llevar dos móviles en el interior de su bolsillo, Najib se detuvo a realizar una llamada desde una cabina telefónica.

Solo dos palabras salieron de su boca: «Dime» y «Brahim».

La primera requería una dirección hacia donde dirigirse y un contacto seguro al que acudir, información que consiguió al instante.

La segunda la pronunció con una mezcla de asombro y disconformidad que llevó a Sara a pensar que algo había pasado con el argelino que los recibió y acogió a su llegada a Alicante. No se equivocaba.

La policía había detenido a Brahim y el dispositivo de seguridad desplegado en la calle San Francisco correspondía a los momentos posteriores a la detención y a los trabajos de investigación en el inmueble incautado, donde había comenzado el registro y la confiscación de todos los ordenadores, vídeos, fotografías y el resto del material tecnológico.

La noticia encolerizó a Najib: odiaba verse obligado a cambiar sus planes sobre la marcha, no le gustaban las improvisaciones, las prisas impuestas, y aborrecía moverse en una atmósfera de presión que él mismo no hubiese configurado antes.

No soportaba que fueran otros quienes dictaran las normas de su proceder y esa parecía ser la situación en la que se encontraba.

Pero había algo más surgido de las entrañas de aquella breve conversación telefónica, que no excedió los diez segundos de duración.

—Brahim ha sido detenido —le espetó Najib nada más colgar confirmando sus sospechas—. Dice Mourad que ha sido por tu culpa, que alertaste a la policía de alguna manera. ¿Es verdad?

Le llevó un par de segundos sacudirse la sorpresa.