Capítulo 23 #4
»He sido yo quien se ha presentado en los barrios de chabolas, el que ha entrado en esos nidos del delito, infestados de droga, prostitución y corrupción, y a quien no le ha importado mancharse de mierda bajando a la mugre de esta sociedad únicamente para rescatarlos.
Yo he sido quien he mandado a mis hombres a la cárcel para que los pobres desgraciados no estuvieran solos, para que esa generación perdida para Occidente encontrara la redención de sus pecados, para que contara con la compañía y la protección de Alá, a través del rezo y del ejercicio físico que los mantendrán vivos y preparados para cuando se enfrenten al exterior.
Algunos dicen que los reclutamos, que los sometemos a un proceso de fanatización religiosa y social, que les llenamos la cabeza de consignas radicales, cuando lo único que hacemos es tenderles la mano y darles la oportunidad que les niegan los que tanto nos critican.
La ignorancia de los infieles es siempre muy atrevida.
Resultaba ridículo verle entregado a la soflama que le henchía el pecho y marcaba las venas de sus sienes y del cuello, a punto de estallar en cualquier momento.
Sin embargo, gracias a aquella patética oda a su persona, Sara entendió el trasiego que inundaba aquella casa.
Entendió el eco de las voces que se colaban en su cuarto, la presencia fantasmagórica de aquellos hombres encerrados en las distintas estancias del piso, obligados a madrugar para orar, a ayunar, a entrenarse física y mentalmente, a ver vídeos de contenido bélico, a instruirse en el arte de la guerra, en el manejo de armas, en la preparación de explosivos, y algunos de ellos, en el uso de las nuevas tecnologías.
Todo el misterioso y constante runrún que envolvía la casa las veinticuatro horas del día; los intempestivos ruidos que la despertaban al alba; los murmullos que recorrían el pasillo; las continuas pisadas sobre el parquet de la vivienda; todo el festival de sonidos, desconcertante por momentos, cobraba sentido.
Ahora lo veía claro. Todo formaba parte de un macroproyecto de lavado de cerebro con el fin de mantener a toda vela el negocio de la muerte.
También aquel piso era un supermercado de carne, como el que había encontrado en la casa de Madrid.
Cambiaban los rostros, las miradas, el color de la piel, la nacionalidad, los nombres, las historias…
, pero todo era lo mismo. Tan solo habían logrado mejorarlo y reconvertirlo en un zoco de supervivencia donde la falsedad y el chantaje se alzaban como pilar principal.
Las elucubraciones que ocupaban la atención de Sara habían dejado en un segundo plano la perorata de Najib, que seguía mostrándose satisfecho y orgulloso de sus logros, que no escatimaba en reconocer y apuntar al detalle.
Observó cómo el hombre al que había amado como a ningún otro se había transformado en un patán patético.
Su voz volvió a inundar sus oídos y a asentarse en su cerebro.
—… y ellos, a cambio, me entregan su vida.
Esa es la única diferencia que os separa: ellos se muestran agradecidos, mucho más participativos.
Aceptan su destino, es más, lo abrazan, lo desean, trabajan para conseguirlo.
Bien es cierto que no todos sirven para llegar hasta el final, pero nosotros no repudiamos a nadie.
Siempre hay un lugar en nuestro mundo para ellos.
A los analfabetos y a los torpes les conseguimos trabajo como jardineros, cocineros, camareros, conductores, empleados domésticos, dependientes, incluso guardas de seguridad…
Son conscientes de que somos sus salvadores, se sienten en deuda y por eso contribuyen con nuestra causa dándonos parte de su vida, de su tiempo, de su familia, de sus beneficios, de su sueldo, o actuando de señuelos cuando así se lo requerimos, o de tapaderas, o de correos humanos.
Y si algún día necesitamos ir más lejos para conseguir lo que queremos…
La memoria de Najib se colmaba de imágenes, de violentas intimidaciones a comerciantes del barrio, pintadas amenazantes en las fachadas de determinados negocios y en las casas familiares de quienes se negaban a colaborar con ellos, coches incendiados, robos, secuestros exprés, palizas por encargo, actos de vandalismo, campañas de desprestigio…
e incluso asesinatos. Ese crisol de recuerdos le hizo sonreír, y heló la sangre de Sara en sus venas.
Ella no podía saber con exactitud lo que le rondaba la cabeza, pero conocía esa sonrisa y estaba segura de que no era nada bueno.
—Es como una cadena de favores. Y tú también estás en ella.
Najib comenzó un paulatino y sigiloso acercamiento que la hizo retreparse en el asiento. No había terminado su arenga. Todavía tenía algo más que decir.
—Deberías ver cómo agradecen sus mujeres lo que hacemos por ellos. También de ellas te convendría aprender.
Najib terminó su aviesa aproximación cuando apenas los separaban un par de centímetros. Pasó la mano por el óvalo de su cara, dibujando su afilado perfil con los dedos índice y corazón y abandonando el pulgar sobre los labios de ella.
—«Las mujeres virtuosas son las verdaderamente devotas y guardan la intimidad que Alá ha ordenado que se guarde.
Pero a aquellas cuya animadversión temáis, amonestadlas, dejadlas solas en el lecho; luego pegadles», Corán 4:34.
—Proyectó en su mirada toda la infamia que fue capaz de encerrar en las pequeñas dimensiones de su córnea y se concentró en observarla sin pestañear, avivando los temores de la joven, cuya respiración volvía a dispararse—. Dime, Sara, ¿qué debería hacer contigo?