Capítulo 17 #3
—… el que dé la victoria a Alá —decía feliz mientras Sara sentía que un sudor frío la envolvía y tenía que morderse la lengua para no ponerse delante de aquella mujer y vomitar sobre ella todo el desprecio, asco y desolación que se había alojado en sus entrañas, gritarle a la cara que era una asesina, que lejos de ser una buena madre, era una de las personas más crueles y despiadadas que se habían cruzado en su camino—.
Cuando mis hijos llevaron a cabo su operación sagrada, Alá sea alabado, no lloré.
No pude hacerlo. No tenía motivos. Solo podía alegrarme, festejar la bendición que acababa de caer sobre mi familia.
Compré chocolates y dulces, preparé cajitas y las repartí entre nuestros amigos y familiares.
Todos estábamos contentos. ¿Acaso no teníamos razones para estarlo?
—Estás loca. —No pudo frenar sus palabras. Lo había intentado, pero aquella mujer, aquella madre dispuesta a sacrificar uno a uno a todos sus hijos en nombre del odio… Le costaba permanecer sentada delante de ella—. No sabes lo que dices.
—Sé lo que piensas —la voz raspada de Amina logró asustarla, aunque no más que su mirada—: que soy una madre despiadada, sin corazón, sin sentimientos.
Me juzgas, me llamas terrorista y lo haces por ignorancia.
Puede que sea una terrorista… pero me he convertido en asesina por Alá y eso me hace grande.
¿Quién es aquí la loca, quién malgasta su vida?
Soy musulmana y creo en la yihad, y por Alá, mis hijos no están muertos —repitió de nuevo—, son más dichosos que antes gracias a Él.
¿Acaso tú puedes decir lo mismo? —Sabía que aquello había roto algo dentro de Sara, y calló unos segundos antes de la estocada definitiva—: No te mueras antes de ser la madre de un mártir o no sabrás lo que es la felicidad.
Después de aquello, Amina calló como antes lo había hecho Louiza.
Ninguna de las otras dos mujeres parecía conmovida ante el alegato de muerte de su compañera: tal vez lo habían escuchado más veces y la rutina se había encargado de anestesiar sus sentimientos, o quizá su nivel de horror seguía un baremo distinto, ajeno a cualquier sensibilidad.
Todas parecían inmunes a la narración del horror, del odio, del sufrimiento, como si alguien les hubiera arrancado el corazón del pecho y en su lugar dormitara una enorme piedra negra.
Sara se dio cuenta de que Ruth había desaparecido de su lado.
No sabía en qué momento se había producido aquel cobarde abandono, pero hasta ese instante no se había percatado de su ausencia.
La entendió como una señal de su inmensa y descorazonadora soledad: no tenía a nadie en esa casa, no había cómplices ni apoyos; debía actuar sola, afrontar su terrible situación y encontrar en su interior la solución que pusiera fin a la pesadilla que estaba viviendo.
El resto eran palabras preñadas de mentiras, engaños, falsedades, tejidas en historias rocambolescas que la obligaban a escuchar como parte de un desquiciado plan urdido para amedrentarla.
Aún le faltaba escuchar a la última de las mujeres, a la que parecía costarle empezar su relato.
Era la más menuda de las tres, delgada, apocada, y se diría que agradecía el manto de anonimato que le concedía el velo.
Cuando supo que había llegado la hora de contar su historia —tal como, suponía Sara, Ruth las había aleccionado—, el nerviosismo que la agarrotaba también estranguló su voz.
Antes de que saliera una sola palabra de su boca, sus ojos, desproporcionadamente grandes, ya lucían acuosos, a punto de romper en llanto.
Su grado de ansiedad y excitación hizo temer a Sara que aquella mujer menuda fuera a saltar por los aires, pero se obró el milagro y logró acopiar fuerzas para su discurso: una voz frágil, tímida y casi inaudible obligó a la madrileña a realizar un esfuerzo extra de atención.
—Me llamo Nadia. Vivía con mis padres y con mi hermana pequeña, Muna, en un pueblecito de la provincia de Diyala, en Irak.
Nunca he sido una mujer rebelde, jamás he desobedecido a mis padres ni he hecho nada para hacerles sentir deshonrados.
Siempre he huido de los problemas y he acatado todas las reglas que me han sido dadas.
—Su pronunciación era perfecta y su dicción pulcra.
Sara imaginó que aquella mujer de apariencia aniñada habría recibido una educación elevada y que con toda probabilidad en un pasado no muy lejano había sido una excelente estudiante—. Hasta que un día conocí a un chico.
Casi sin emoción en la voz, Nadia le habló entonces de cómo, tras ser violada por el hombre de quien creía haberse enamorado y ante el temor de que su propia familia la repudiase —«Pues es sabido que una mujer violada deshonra a los suyos a ojos de terceros»—, accedió a escuchar a una mujer que le prometió ayuda y le explicó que el único camino para la salvación era el martirio.
—Samira Ahmed Jassim, conocida como Umm Al Munimeen, «la madre de los creyentes», cuidó de mí y me guio por el camino correcto.
—Una vez más, Sara supo qué había detrás de aquello: como si tuviera ante sí todas las piezas del rompecabezas más sencillo del mundo, vio en la violación una herramienta para fabricar mártires, para reclutar yihadistas entre los más débiles, aquellos a los que su propia educación y unos principios contra natura habían puesto al borde del abismo.
E imaginó a aquella mujer desalmada al frente de un grupo de hombres y cómo señalaba con el dedo a las más inocentes y cómo con eso las sentenciaba para ofrecerse luego como única ayuda, como paño de lágrimas.
La comandante de las milicias de la muerte buscaba soldados y no había mejor recluta que quien cargaba con el estigma de la deshonra.
—Habló con mis padres y ellos estuvieron de acuerdo.
¿Qué mejor modo de devolverles la honra que entregando la vida?
Las mujeres somos las protectoras del honor familiar, las responsables de transmitir la cultura, la tradición, las creencias —oyó Sara repetido por enésima vez, ahora en voz de aquella joven—.
¿Cómo podría yo hacerlo ahora si he llevado la vergüenza a mi familia?
No puedo hacer otra cosa. No me queda otro camino.
—Nadia la miraba fijamente, como si buscase la aprobación de sus palabras.
Igual que le pasó con la chechena, también ahora le pareció a Sara que el suyo era un camino equivocado a raíz de una injusticia; una vida truncada por el odio de otros y la manipulación de quienes deberían haberla apoyado y no espoleado a la muerte.
La iraquí le hablaba ahora de cómo había vivido en los campos de entrenamiento a los que Umm Al Munimeen las desterró a ella y a otras tantas chicas, donde les enseñaron a manejar los explosivos para adherirlos a su cuerpo.
—También fuimos instruidas por un grupo de imanes que nos hablaban del islam y nos obligaban a leer pasajes del Corán durante al menos cinco horas al día.
Días antes de la inmolación, separaban a las elegidas para entregar su vida en nombre de Alá y otros las preparaban psicológicamente para el momento.
Ayunaban y rezaban con ellas. No les permitían tener ningún contacto con su familia, ni siquiera como despedida: en vez de eso, les hacían grabar un vídeo o escribir una carta en los que ellos mismos se encargaban de incluir algunas de sus reivindicaciones. Después de eso, no las volvíamos a ver.
La joven Nadia convivió con varias mujeres que le contaron que Umm había reclutado a más de ochenta jóvenes a las que previamente había ordenado violar, y que había conseguido que al menos la mitad se inmolara.
Hasta que un día, según contaba a Sara con voz apenas más alta que un susurro, la informaron de que la policía había detenido a aquella mujer y un grupo de hombres las trasladó a ella y al resto a otro lugar.
—Luego pude ver una entrevista suya en televisión: la presentaron como un miembro de la organización terrorista Ansar al-Sunnah, que, según decían, estaba vinculada con Al Qaeda, y por encima del resto lo que recuerdo bien es cuánto me extrañó ver a Umm tan callada…
, precisamente ella…, con lo que le gustaba hablar.
Decía que era una víctima de los terroristas, que la habían obligado a hacerlo porque de lo contrario matarían a sus seis hijos.
—«Cuatro hembras y dos varones», especificó Nadia—.
Y mientras ella hablaba, la televisión iba mostrando la tienda de vestidos tradicionales que, según dijeron, le habían proporcionado los terroristas como pago a sus servicios.
Fue la última vez que la vi. A mí y a otras nos metieron en aviones, en barcos, en trenes, en autobuses e incluso, si la documentación se resistía, en contenedores, rumbo a distintos rincones del mundo con una misión pendiente.
La joven iraquí tenía la mirada fija en el suelo de la habitación y Sara sintió que el silencio que habían dejado sus palabras quemaba. Nadia se quedó pensativa durante unos segundos y luego levantó la vista.