La infiel Capítulo 16
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Capítulo 16

No paró de llover en toda la noche. El estruendo de la lluvia sobre el tejado de la vivienda retumbaba con una inusitada violencia, como si el cielo se hubiese abierto en busca de un desahogo.

La fiera luminosidad de los rayos que pretendían desintegrar el mundo; el grotesco estrépito de los truenos, ávidos por remover la tierra; el susurro ensordecedor de un viento excitado, jadeante, que envolvía todo con su velo de aire…

Sara se convirtió en oyente de excepción de esta orquesta empeñada en su particular sinfonía.

Acurrucada bajo las sábanas, no sabía si la asustaba más aquella tempestad que bramaba en el exterior o la tormenta dialéctica que se había desatado en el salón de la casa.

Quizá una era consecuencia de la otra. O quizá eran la misma.

Los truenos sonaban como las palabras de Hurriya; los rayos abrasaban como su mirada negra e inquietante; y el viento no ayudaba a borrar el veneno que ambas habían vomitado.

Se durmió deseando amanecer en una inmensa calma, en una nueva vida.

Cuando abrió los ojos y vio el fino haz de luz que entraba por la puerta de su habitación, creyó que todo había sido un mal sueño, pero los recuerdos la devolvieron a la realidad.

La tormenta había cesado, aunque aún se la sentía en el aire.

Permaneció unos minutos con la mano posada en el pomo, acopiando fuerzas para abrir la puerta y enfrentarse al nuevo mundo al que la habían arrastrado.

Sabía que si no lo hacía de inmediato, el miedo a enfrentarse al día después del vendaval se enquistaría como una fobia en el subconsciente.

Temió encontrar la vivienda anegada en agua y a las mujeres achicándola con grandes cubos.

Sus temores se desmoronaron al encontrar el mismo cuadro costumbrista que veía todos los días.

—No sé cómo puedes dormir con la nochecita que hemos tenido.

Yo no he podido pegar ojo. —Ruth llevaba prisa.

Al menos así lo daba a entender: se ajustaba el pañuelo que envolvía su cabeza y se echaba al brazo el capacho de mimbre con el que apareció por primera vez en la retina de Sara—.

Pero ¿qué haces todavía así? ¡Venga!, date prisa, mujer.

Hoy te vienes conmigo a la compra. Tenemos algo que celebrar y quiero preparar una buena comida.

Ni el buen tono de la mujer ni su amplia sonrisa parecieron calar en el entendimiento de Sara, que la observaba como quien contempla algo más propio de la ciencia ficción que de la realidad.

Su mente se diría presa de una profunda hipnosis; su cuerpo, incapaz de accionar el mecanismo que le permitiera mover algún músculo.

No era el saludo que esperaba después de cómo terminó la conversación la noche anterior y tampoco se creía que, por fin, la invitaran a salir a la calle.

—¿Quieres reaccionar de una vez? Rápido, vístete y en marcha, que tenemos muchas cosas que hacer. Ya tomaremos algo en la calle, no quiero entretenerme con el desayuno.

No había tiempo para que Ruth envolviera la cabeza de Sara con el consabido hiyab, así que decidieron que Sara llevaría sobre su chilaba de tonos pastel un velo de color blanco que le cubriera el pelo y que ella misma cerraría, ayudándose con las manos, a la altura del pecho.

La capucha del sayo era demasiado amplia para cubrir nada y existía un empeño especial en tapar su cabeza.

—No quiero tener un solo problema. Ni uno solo. No vayamos a estropear nada, justamente ahora —repitió Ruth mientras se afanaba en enseñarle cómo sujetar el velo. La noticia de su salida al exterior la había cogido por sorpresa y todavía no sabía cómo interpretarla para no confundir las cosas.

Caminaron durante algo más de diez minutos hasta llegar a un mercadillo repleto de puestos entre los que se abría un mundo de variedad y exquisiteces desconocido, al menos para Sara.

Aún era pronto, pero ya se dejaban ver las primeras mujeres, algunas acompañadas por niños pequeños: examinaban los productos que cada tendero mostraba con orgullo.

Ante sus ojos se abría un peculiar bazar donde las piezas de carne sacrificadas por el rito halal compartían espacio con arquitectónicos montículos de arroz, de trigo, de centeno, de avena, de cebada; pirámides de verduras y hortalizas frescas y lustrosas, apiladas unas sobre otras en precario equilibrio; bandejas de pescados encima de papeles grisáceos, con bocas y ojos abiertos como si la muerte los hubiese sorprendido sin sospecharlo siquiera; bandejas rebosantes de frutas de colores dispares, que el tendero ofrecía tras abrirlas con un cuchillo para que las probase el posible comprador.

Los sitios más solicitados, por su belleza y el vergel de olores que los cubría, eran los que ofrecían un espectacular escaparate a base de sacos rellenos de un mundo de especias que competían en colores intensos y nombres exóticos y, por supuesto, los de fruta desecada: un edén de dátiles, ciruelas y uvas pasas, higos secos u orejones, al lado de montañas de frutos secos —avellanas, nueces, anacardos, almendras…

—, que lo mismo atrapaban la atención de los niños como la de las moscas a las que el comerciante intentaba espantar.

El olfato de Sara se dejó seducir por un penetrante olor a té y otras hierbas que llegaba desde un coqueto puesto situado en uno de los rincones de la plaza en la que había crecido aquel desbordante zoco.

Observó que había más de cien latas, adornadas en tonos dorados, amontonadas a modo de exhibición en la parte frontal del tenderete, mientras en la parte interior habían dispuesto cuatro pequeñas mesas para el descanso de los compradores.

Fue allí donde las dos mujeres decidieron sentarse a saborear una exquisita infusión antes de comenzar las compras del día.

—Casi no has hablado desde que salimos de casa. Me ha costado encontrar un tema de conversación que no liquidaras con monosílabos —le dijo Ruth—. Parece que no te ha alegrado mucho mi idea de salir juntas. Creía que te iba a hacer más ilusión, la verdad.

—No es eso; es que, después de lo de ayer, no pensé que tuvieras muchas ganas de volver a hablar conmigo, y menos de llevarme a la calle.

—Ninguno de nosotros nos mostramos como realmente somos.

Es normal, por las circunstancias. Además, lo que me dijiste sobre mis padres me hizo pensar.

—Ruth fijó la mirada en el vasito de cristal que acababa de llenar inclinando apenas la tetera humeante que había sobre la mesa—.

No quiero que te lleves una imagen equivocada de mí.

Yo tampoco lo he tenido fácil, sobre todo al principio.

Quería a mi madre y adoraba a mi padre: él ha sufrido mucho en la vida y, sin embargo, siempre ha procurado ser amable y simpático con todo el mundo.

Yo era su única hija y se desvivía por mí.

Siempre me educó en los valores de la libertad, del derecho, de la humanidad, como él decía.

Quería que yo descubriera el mundo y que fuera libre para elegir aquello que me hiciera feliz, pero cuando lo encontré se distanció de mí.

Yo no entendía nada, era como si el mundo se me negara por capricho.

La mirada de Ruth permanecía clavada en el vaso —pensaba en el rostro triste de su padre, en aquellos días ya lejanos en los que en casa solo encontraba rechazo, dudas, preguntas sin sentido: «Qué he hecho mal, hija, en qué me he equivocado…

»—, pero cuando después de unos segundos retomó la palabra, fijó sus ojos en los de Sara y ya no los apartó de allí.

—Me enamoré de Yaser, amaba a ese hombre y elegí libremente cambiar por él, dejarlo todo por él, por lo que él significaba, no por una idea ñoña y peliculera del amor…

Es que me descubrió un mundo lleno de cariño, de amor, que hasta entonces no había probado.

Era él y su mundo lo que yo quería para mí, sin importarme la religión o la vestimenta que los envolviera.

Pero mis padres no lo entendieron. Y siento mucho que tú tampoco puedas llegar a comprenderlo.

—Dio un primer sorbo al té que continuaba esperándola en la mesa—.

Sara, lo que te estoy diciendo es que yo por Yaser lo daría todo.

¡Estoy dispuesta a morir por él! Si él desapareciera de mi vida, ya nada tendría sentido.

Algunas noches, a Ruth le daba por pensar en cómo reaccionaría si un día él no regresara de alguno de sus viajes, qué pasaría si alguien le hiciera daño en la calle o si le apartaran de ella.

En esos momentos rompía a llorar, a sudar, a ahogarse, y tenía que salir incluso en plena madrugada a la calle para tranquilizar sus ánimos.

—Lo amo —decía ahora—. Lo amo sobre todas las cosas y eso me hace sentir la mujer más afortunada del mundo.

Tengo lo que otros tardan en encontrar toda una vida, si es que lo encuentran.

Y no quiero que nadie me lo quite ni que nada haga peligrar mi felicidad.

Esa es mi única religión. Créeme, no oculto nada.

No me avergüenzo de nada. Es todo muy sencillo, aunque algunos se empeñen en complicarlo.

Y por eso algunas veces reaccionamos así, quizá de una manera desproporcionada…

Solo es una reacción motivada por la impotencia.