La infiel Capítulo 3
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Capítulo 3

Sabía que había sido un error imperdonable del que ella era la única responsable.

Tenía que haber reservado con suficiente antelación el campamento de Iván para el mes de julio, y eso implicaba haber iniciado los trámites cuatro o cinco meses antes.

A esas alturas del calendario, mediados de mayo, todas las plazas estarían ocupadas y encontrar una vacante entraba en el apartado de los sueños imposibles.

Y lo peor no sería la penitencia de aguantar la más que lógica retahíla del «te lo dije», que por seguro entonaría su padre de la mañana a la noche, ni siquiera las protestas de su hijo intercaladas con llantos al ritmo de un desesperante «pues yo quiero ir, pues yo quiero ir»…

Lo más grave, lo que amenazaba con hacer trizas su particular estado de bienestar, era qué hacer con el niño y dónde colocarlo mientras ella asumía los exámenes finales en la escuela de idiomas.

Mario se habría ofrecido encantado, desde luego: era ella quien no quería cargarle con esa responsabilidad.

Sara necesitaba seguir demostrándole que era muy capaz de dirigir con acertado y firme timón su vida y la de su familia, sin que nada ni nadie entorpeciera la ruta fijada por el capitán, que hasta el momento, y si nadie en el puesto de mando disponía lo contrario, continuaba siendo ella.

Además, su padre tenía marcado el mes de julio como la única época del año en la que se alejaba de su familia para regresar a su pueblo natal, en la bahía de Santander, donde durante veinte días se reencontraría con un pasado repleto de momentos felices, presencias añoradas y ausencias que aún dolían más en la distancia que cuando se sentaba a contemplar el mar en la playa de Amió; volvía a reunirse con los viejos amigos, las charlas de marineros, los chatos de aguardiente que tenía prohibidos el resto del año, y lo más importante, los recuerdos engordados a golpe de morriña, casi encallados por un engañoso olvido durante los once meses que restaban al anuario.

Ni en sus más egoístas pretensiones se planteaba privarle de esa alegría anual que le otorgaba un brillo especial a su mirada conforme la primavera iba llegando a su fin.

Por eso, cuando su amiga Lucía movió ciertos hilos en la enmarañada marioneta de la administración hasta conseguir que uno de los campamentos más atractivos de la oferta estival admitiera al pequeño Iván entre el selecto grupo de afortunados, la persona escéptica en la que se había convertido Sara volvió a creer en los milagros.

Los años pasaban, pero aquellas dos amigas de la infancia seguían manteniendo una relación pareja a la de los antiguos novios, y se veían cada fin de semana al amparo de un café o de la última novedad de la cartelera en el cine del barrio.

La mañana en la que quedaron para intercambiar información sobre el campamento, una emocionada Sara se hartó a darle besos y Lucía, superada por el exceso de cariño y por tanto besuqueo, no encontró defensa más efectiva que la de enterrarla bajo una montaña de folletos llenos de fotografías de gente sonriendo, parajes de película y textos que parecían salidos de una agencia de viajes en busca de posibles viajeros.

—Si llego a saber que te hacía tanta ilusión, te cobro algo, guapa. Que, tal y como están las cosas, buena falta me hace.

—Acabas de salvarme la vida, Lucía de la Parra Mengual —le encantaba llamarla por su nombre y sus dos apellidos. Llevaba haciéndolo toda la vida. Le sonaba bien—, así que hazme el favor de no ponerte materialista, que no te pega nada.

Sara no se cansaba de releer una y otra vez el programa de las tres semanas largas del campamento que esperaba a Iván, repleto de ejercicios al aire libre —desde rutas a caballo hasta yincanas o excursiones en canoa— al abrigo de los Picos de Europa.

—Bueno, mona, ahora no te pongas estupenda —le espetó Lucía mientras se incorporaba con prisa para regresar al trabajo—.

Me voy, que soy una humilde funcionaria y no quiero que por mi culpa siga creciendo el bulo de que somos unos vagos empedernidos.

—Ahora fue ella la que le plantó un beso bien sonoro en una de sus aún sonrojadas mejillas—.

Y llámame este domingo si quieres que vayamos al cine, que ya sabes que me gusta organizarme con tiempo, no como tú, que lo dejas todo para última hora y pasa lo que pasa.

Que si no fuera por tus amigas, que somos unas santas…

¿He dicho somos ?… Esta manía mía de pluralizarlo todo…

Ya había abandonado la mesa de la cafetería en la que estaban sentadas desde hacía más de veinte minutos cuando, a punto de abrir la puerta de la calle, volvió apresurada sobre sus pasos, como si hubiese olvidado algo verdaderamente trascendental.

—Supongo que me invitas al café y al bizcocho de naranja con crema, ese que nunca debí tomar, ¿verdad?

Sara se limitó a devolverle una sonrisa de oreja a oreja.

Su gratitud hacia su amiga era infinita y no solo por haberle conseguido una plaza en una de las colonias estivales más demandadas; sus sentimientos correspondían a algo más profundo y alimentado durante años.

Adoraba a esa mujer menuda, nerviosa, de apariencia despistada y algo borde, atributos que se quedaban en simple fachada prefabricada a conciencia para ahuyentar a pesados e indeseables.

En más de una ocasión, la habían confundido con su hermana mayor, no por el parecido físico —totalmente nulo—, ni porque tuviera más edad —pues compartían mes y año de su cumpleaños—, sino por la actitud y el cuidado fraternal que siempre le dispensaba.

Lucía era su amiga del alma, la fiel compañera que nunca se vio tentada a abandonar el barco, la impertérrita confidente, la única aliada que conservaba de la infancia y, en más de una ocasión, la que hizo las veces de una madre que desapareció demasiado pronto de la vida de Sara por el capricho cruel de un destino que se divirtió jugando en un tramo de la carretera que unía Madrid con Santander.

De hecho, al ver cómo la mala estrella se cebaba en la familia de su mejor amiga, Lucía se autoproclamó tía carnal de Iván, hija mayor de Mario y soltera oficial del reino hasta que, como ella misma repetía cuando una segunda copa de vino soltaba su lengua, llegara a su vida el hombre capaz de ponerla patas arriba.

«A mi vida… —aclaraba muy seria—, no a mí».

Se conocieron el primer día de colegio para ambas, cuando sor María decidió que compartieran pupitre.

Una hermosa niña de pelo castaño, ojos claros y semblante angelical, y otra morena, pecosa, de enormes e inquietos ojos negros, con una dentadura mellada y un arañazo en su nariz achatada que ya advertía de una naturaleza traviesa: «Soy Lucía de la Parra Mengual y si quieres, ya somos amigas.

Tengo galletas de naranja en mi mochila y mi padre es policía.

¿Y tú quién eres? Sí, creo que podemos ser amigas».

Veinte años más tarde, allí seguían, devorando dulces de naranja, sellando proyectos comunes y velando la una por la otra.

Ensimismada en los interminables trípticos que encerraban todo un mundo de aventuras y prometían un universo de entretenimiento y formación cultural, Sara permaneció sentada en la misma mesa, la más cercana a la enorme cristalera del establecimiento, ajena al deambular callejero de la urbe.

Sus ojos estaban fijos en el caudal de un río que bajaba bravo y sobre el que se deslizaba una balsa hinchable de color rojo donde viajaban felices un grupo de jóvenes, cuando el eco de una pregunta logró arrancarla violentamente de aquella fotografía que abría el folleto principal del campamento de verano.

—¿Un café, profesora?

La proposición le sonó lejana pero lo suficientemente familiar como para dedicar unos segundos a observar a aquel joven que se acercaba con una bandeja en la que reposaban dos tazas humeantes.

Durante unos instantes, intentó centrar sus recuerdos, empresa complicada porque su mente aún permanecía en los Picos de Europa, en el rafting y en las jornadas de senderismo.

—No me diga que no se acuerda de mí. Soy Najib, su alumno… Bueno, exalumno.

De golpe, la luz entró por alguna rendija de su mente y todo cobró sentido.

—¡Dios santo, perdóname! Claro que me acuerdo de ti. —Se sintió totalmente idiota—. No sé dónde tengo la cabeza. Estás tan cambiado. Bueno, quiero decir, tan… —Sintió que tardaba demasiado en encontrar un calificativo que respondiera con fidelidad al soberbio físico que tenía ante sí— elegante.

Le costó reconocerle, seguramente por el exquisito traje en el que se había enfundado y que le confería un punto de distinción que no todos lograban, en parte gracias a la llamativa pero exquisita corbata que le anudaba el cuello.

Estaba muy atractivo. No es que antes no lo fuera, pero a la escuela de idiomas asistía, como casi todos los alumnos, con ropa de deporte, una indumentaria que no siempre logra sacar lo mejor del físico de las personas.

Al menos esa fue la explicación más convincente que encontró Sara para justificar el impacto que la visión de aquel hombre le había provocado.

—¿Me acepta el café o voy a tener que insistir de nuevo?

Se lo digo porque esto pesa —le confesó con una cautivadora sonrisa, al tiempo que le mostraba cómo sujetaba una pesada carpeta con una mano y con la otra agarraba la bandeja, mientras su antebrazo apresaba unos periódicos que estaban a punto de caer al suelo.

—Perdona, no me había dado cuenta —se excusó para al segundo, y en un acto reflejo e inconsciente, mirar el reloj.

—No me diga que hoy también tiene prisa. No acierto nunca con usted, profesora.

—No, no es eso. Justo hoy no tengo clase. Me toca el viernes libre, ¿recuerdas? Y deja de llamarme profesora, que ya no lo soy. Tutéame, por favor. Además, ya no somos profesora y alumno. ¿Cuánto hace que te fuiste de la escuela? ¿Dos meses…, tres?