La indiana 7. Teniente
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7. Teniente

Su nieta Victoria era la única capaz de alegrarle el día.

Tras la desaparición de su hijo cuatro años antes, durante el hundimiento del Reina Regente, en el que era uno de los principales oficiales al mando, don Álvaro siempre se había negado a aceptar su muerte.

Oficialmente solo constaba como desaparecido en el Estrecho, después de una violenta tormenta.

En ocasiones sentía que Dios lo había castigado por la forma en que había amasado su fortuna, como si una maldición persiguiera a los Valdecilla.

—¡Abuelo! —gritó la mimosa Victoria al verlo.

—Niña, cada día estás más guapa. Algún día un apuesto joven te arrancará de nuestro lado.

Victoria frunció el ceño y negó con la cabeza. La orgullosa primogénita de su hijo mayor no estaba dispuesta a renunciar a su libertad.

Las criadas cargaban en los carruajes los últimos baúles.

—¿Dónde está tu padre?

La joven se encogió de hombros.

El patriarca entró en la casa, apoyándose en su bastón de empuñadura de marfil.

Luis Javier se encontraba en el despacho. Oficialmente dirigía la naviera, aunque casi todas las decisiones importantes seguían pasando por su padre.

—Hijo.

El hombre se puso en pie, rígido y tenso, como cada vez que su padre aparecía por sorpresa.

—¿Cómo está todo? Ayer llegué de Madrid y no he visto ningún informe sobre mi mesa.

—Todo está bien.

—¿Todo está bien? Dicen que los norteamericanos pueden atacar Cuba en cualquier momento. Ya sabes que la isla, junto con Puerto Rico y Filipinas, representa el ochenta por ciento de nuestros ingresos.

Luis Javier comenzó a sudar. Sentía cómo la levita se le pegaba al cuerpo.

—Nosotros no podemos cambiar el curso de los acontecimientos.

Don Álvaro se plantó con las manos en las caderas.

—¿Cómo que no? En varias ocasiones hemos comprado a congresistas de los Estados Unidos e incluso a algún secretario de Estado para que dejaran de apoyar a los insurrectos.

—Esas cosas ya no funcionan, padre. Los norteamericanos están decididos a quedarse con las últimas posesiones españolas en América y en el Pacífico.

Don Álvaro acababa de regresar de Madrid, donde se había reunido con Práxedes Mateo Sagasta, el presidente del Gobierno.

—Ese inútil de Práxedes no tiene los cojones para enfrentarse a los yanquis. Cánovas habría actuado de otra manera. Pero ya sabemos que los malditos anarquistas son capaces de cualquier cosa. Habría que matarlos a todos.

Su rostro comenzó a enrojecer.

—Padre, no le conviene alterarse tanto. Ya sabe cómo tiene la tensión...

—¿Mi tensión? Está a punto de hundirse todo lo que he tardado sesenta años en construir. Llegué a Cuba con catorce años, como miles de españoles. No tenía nada y levanté una fortuna en Santiago. Trabajé en mil oficios y ahora soy el hombre más rico de España.

—Ya lo sé, padre, pero...

—No hay peros. Utiliza a nuestros contactos en Washington para que hablen con el Gobierno estadounidense. ¿Entendido?

—Haré lo que pueda —respondió Luis Javier.

Don Álvaro lo miró con desprecio.

—Los mediocres hacen lo que pueden; los ganadores hacen lo que deben.

7. Teniente

Las dos novicias se quedaron paralizadas mientras los ladrones se acercaban a ellas.

—Dejadnos en paz —se atrevió a decir Isabella.

Pero los dos hombres sabían que llevaba encima algo de mucho valor.

Al fondo del callejón, el muchacho del anticuario observaba la escena y vigilaba para que nadie acudiera en ayuda de las dos jóvenes.

En ese momento se abrió una puerta en el callejón que comunicaba con la taberna más concurrida de la ciudad.

Un apuesto oficial de marina llamado Mario Ordoño salió al callejón, observó a los dos ladrones y se interpuso en su camino.

—¿Qué hacéis? Dejad en paz a las hermanas.

Los asaltantes desenvainaron sus cuchillos y amenazaron al oficial, pero este ni siquiera se inmutó.

El primero de los hombres intentó apuñalarlo. Mario esquivó el ataque con rapidez. El segundo aprovechó el momento para arrebatarle la cajita a Isabella y echar a correr.

—¡No! —gritó la joven.

El oficial desarmó al primer ladrón, le propinó un puñetazo en pleno rostro y lo derribó antes de salir tras su cómplice.

Las dos novicias se asomaron al callejón.

El ladrón intentaba perderse entre la multitud que abarrotaba la calle, pero el oficial era mucho más rápido. Lo alcanzó en pocos segundos, lo derribó de un placaje, lo dejó inconsciente en el suelo y recuperó la cajita.

Cuando regresó junto a ellas, las dos muchachas no pudieron evitar ruborizarse. Era el hombre más apuesto que habían visto jamás.

Tenía los ojos azules, el cabello corto y rizado al estilo militar, de un tono castaño claro que acentuaba la firmeza de su mandíbula y sus marcados pómulos. Era de complexión atlética y debía de medir más de un metro ochenta y cinco.

—Hermanas, lamento lo ocurrido. Santiago está llena de maleantes desde que comenzaron las tensiones por la guerra.

El oficial le devolvió la cajita a Isabella.

—Muchas gracias.

—Mi nombre es teniente Mario Ordoño, para servirlas.

—¿Es usted español? —preguntó Marga, que creía haberse enamorado de nuevo.

—¿Quieren que las acompañe a algún sitio?

En ese momento un carro se detuvo junto a ellos.

—¿Dónde os habíais metido? —preguntó sor Gracia, tan preocupada como molesta.

—Nos han...

El oficial se quitó la gorra y saludó respetuosamente a la religiosa.

—Han intentado robarlas.

—¡Dios mío! —exclamó la monja mientras bajaba del carro—. ¿Estáis bien?

Las dos jóvenes asintieron.

—Mañana parten hacia España. Menos mal que no les ha sucedido nada.

—¿Mañana? ¿Viajarán en el Reina Victoria? Mi cañonero, el Hernán Cortés, escoltará al transatlántico hasta que se encuentre en aguas internacionales.

—¿Estamos en guerra? —preguntó sor Gracia con inquietud.

—Todavía no. Pero los estadounidenses quieren enviar un buque a La Habana. La situación se está volviendo cada vez más tensa.

—Muchas gracias por todo —dijo la monja.

Las dos novicias subieron al carro.

Mientras se alejaban, no dejaron de mirar hacia atrás.

Sor Gracia sonrió al darse cuenta.

—Esa es la clase de tentación que encontraréis cada vez que decidáis seguir a Cristo. Parece un joven apuesto, de buena familia, todo un caballero... pero, cuando se desnudan, todos son diablos. ¡Os lo aseguro!

Marga se preguntó cómo podía saber tanto sor Gracia sobre los hombres, aunque prefirió guardar silencio.

Isabella, en cambio, solo tenía un pensamiento. Llegar a Cantabria. Encontrar Comillas. Hallar a su padre. Y descubrir, por fin, quién era en realidad y tener una verdadera familia que la quisiera.

8. Comillas

Tenían la villa más hermosa de la ciudad. Eran unos privilegiados y, cada vez que don Álvaro contemplaba el edificio, recordaba sus modestos comienzos en Santander y, más tarde, en La Habana.

Muchos habían conocido la joya de España durante el servicio militar, pero él había llegado por casualidad, si es que las casualidades existen.

Un amigo de la infancia, que lo había acompañado desde el pueblo, le confesó un día que ya no aguantaba más y que intentaría viajar a Cuba para hacer fortuna.

Don Álvaro nunca había subido a un barco. Su familia procedía de las montañas: campesinos y vaqueros desde tiempo inmemorial, aunque las guerras carlistas los habían empobrecido.

Los dos amigos tardaron seis meses en ahorrar para el pasaje.

Fue entonces cuando don Álvaro empezó a soñar con crear una compañía que facilitara los viajes a América a precios asequibles.

Sin embargo, cuando desembarcó en La Habana aún estaba muy lejos de convertirse en uno de los hombres más ricos de España.

La ciudad lo fascinó. Era hermosa y moderna, pero también exótica, muy distinta de cuanto había conocido en España.

La eterna primavera de la isla, la alegría de sus gentes, la música y, sobre todo, el hecho de que, por ser español, de pronto se convirtiera en una persona importante.

Ya no era aquel campesino miserable que parecía invisible en Santander.

En Cuba, quien trabajaba y se esforzaba podía prosperar.

Don Álvaro empezó trabajando en unos grandes almacenes al estilo de los de Nueva York o Londres, algo que todavía no existía en España.

El jefe vio enseguida su talento y lo ascendió.

Poco después le propuso dirigir la nueva tienda de Santiago y, aunque le costó tomar la decisión, dejó atrás a su mejor amigo para prosperar.

Lo que nunca imaginó fue que Cosme empezaría a beber hasta acabar viviendo en la calle como un borracho. Cuando fue a pedirle trabajo a Santiago, don Álvaro se lo negó y, unas semanas después, lo encontraron cosido a navajazos en un callejón.

Siempre se sintió culpable de aquella muerte, pero también aprendió que, en el camino hacia el éxito, a veces hay que dejar el alma en el camino.

—Don Álvaro, ¿en qué está pensando?

El anciano apartó la vista de la casa y miró a su nuera.

Sin duda, era lo mejor que había hecho su hijo, además de darle tres nietos.

—Rosana, eres la flor más dulce de este jardín.

—Ya no, suegro... —respondió ella, algo ruborizada. A sus cuarenta y cinco años había perdido parte de la frescura de la juventud, pero seguía siendo una mujer muy hermosa.

—Victoria ha heredado tu belleza y tu inteligencia.

—Algo habrá heredado también de vuestro hijo.

Don Álvaro se encogió de hombros.

—El color de los ojos —bromeó.

Subió las escalinatas con cierta dificultad, aunque sin ayuda. Después abrió las puertas del gran salón, donde los muebles seguían cubiertos por sábanas blancas.

Los criados aseguraban que el fantasma de su esposa todavía vagaba por aquellas estancias. Allí había muerto, después de una larga enfermedad.

—¡Cecilia, ya estamos aquí de vuelta!

Don Álvaro era consciente de que la muerte se encontraba cada vez más cerca.

La mayoría de las personas de su generación ya había fallecido y él, además de visitar el cementerio de Comillas para contemplar el mausoleo de su esposa, solía pasear entre las tumbas de quienes habían compartido su época.

Muchos aseguraban que había hecho un pacto con el diablo.

Y, en cierto modo, no les faltaba razón. Vivía para sus negocios. Todo lo demás no le preocupaba demasiado.

El padre Damián se acercó por detrás.

—Don Álvaro, qué alegría tenerle otra vez por aquí. Se le echaba de menos.

El patriarca se volvió lentamente. Sabía que aquel cuervo siempre estaba dispuesto a sacarle los ojos. Lo único que le interesaba era su dinero.

—Padre, no sabía que se encontraba en el pueblo.

—Los inviernos aquí son muy duros, pero, después de pasar unos meses en San Sebastián, tenía ganas de regresar a Comillas.

—Es su parroquia.

—Para eso están los diáconos más jóvenes. A nuestra edad conviene tomarse las cosas con más calma.

El comentario sorprendió a don Álvaro.

El padre Damián apenas había cumplido los cincuenta años, mientras que él estaba a punto de alcanzar los ochenta y cinco.

—Perdone que le deje. El viaje me ha agotado —se excusó don Álvaro.

Subió lentamente hasta sus habitaciones, en la primera planta.

Nada más cruzar la puerta y contemplar las paredes revestidas de terciopelo que Cecilia había elegido unos años antes, volvió a echarla de menos.

Había compartido la cama con muchas mujeres a lo largo de su vida. Pero únicamente había amado a Cecilia. La santiaguera más bella de la ciudad. La criolla más hermosa de toda Cuba.

Al tumbarse y fijar la vista en el techo, le pareció verla de nuevo. Hermosa. Rubia. Inteligente. Como aquel día en que entró decidida en los grandes almacenes y exigió hablar con el encargado.

La vida había pasado demasiado deprisa desde entonces. Y el mundo en el que ambos habían vivido estaba a punto de desaparecer para siempre.