La indiana
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1. Magdalena
AGRADECIMIENTOS
A los que aman la literatura en todas sus variantes.
La choza, a las afueras de Santiago, parecía concentrar todo el calor de la isla de Cuba.
La antigua esclava se aferraba a la vida y a la mano de su hija Isabella, la muchacha más hermosa de los bohíos de la finca de doña Gracia.
La señora las había acogido cuando todos les dieron la espalda.
Además, se había esforzado para que Isabella recibiera una buena educación con las monjas.
Al fin y al cabo, no dejaba de ser una mulata con sangre española.
La joven mestiza había sufrido toda clase de desprecios en el colegio, pero las dos hijas de doña Gracia, Juana y Teresa, la habían tratado como a una hermana y la habían protegido de las criollas que siempre la zaherían por ser morena y por sus marcados rasgos, tan parecidos a los de su madre, Magdalena.
La antigua esclava había sido una de las negras más bellas de Santiago de Cuba.
Todos la pretendían: esclavos y españoles, criollos y capataces.
Sin embargo, se había entregado a un desconocido que la dejó embarazada diecisiete años antes.
Nadie sabía su verdadera identidad, aunque todos estaban convencidos de que se trataba de algún soldado u oficial de los que habían llegado para sofocar el Grito de Yara y que había regresado a España tras la firma de la paz del zanjón.
La pobre Isabella permanecía sentada en una silla de esparto, junto a su madre, que había contraído la fiebre amarilla y estaba a punto de dejar a la joven mulata sola para siempre.
Magdalena acababa de cumplir treinta y dos años.
Tenía la misma edad que tendría su hija cuando quedó embarazada y se convirtió en una apestada para todos.
—Mamita, no me dejes sola.
La antigua esclava la miró con sus profundos e inmensos ojos negros, tan parecidos a los de su hija por su forma achinada, aunque no por el color. Isabella los tenía verdes como las esmeraldas.
—No tengas miedo, hija. Yemayá vendrá pronto a buscarme, pero tu padre se ocupará de ti.
La joven la miró sorprendida. No sabía quién era su padre; nadie lo conocía en toda la isla.
La mujer sacó con dificultad una pequeña caja de debajo del camastro y se la entregó. Era de madera de ébano y, en su interior, brillaba una estilográfica azulada con unas iniciales grabadas.
—¿Qué es esto?
—Era de tu padre. Es el único recuerdo que me queda de él.
—¿Cómo se llama?
La mujer comenzó a toser. La fiebre la consumía, mientras sus ojos se nublaban, como si las últimas fuerzas estuvieran abandonándola.
—No lo sé. Tuvimos una sola noche de amor y de pasión. Él me entregó esa estilográfica con una nota. Yo no sabía leer y la perdí. Solo se conservó este pequeño trozo de papel.
Isabella logró leer una única palabra: Santander.
—Creo que es una ciudad de España... o una provincia. Cuando te vea, se hará cargo de ti.
La joven mulata no parecía tan convencida.
—Doña Gracia nos ha cuidado todos estos años.
—Pronto habrá una nueva guerra. No hay sitio para ti en esta isla. En España, tu padre cuidará de ti. Tiene mucho dinero. Ve a reclamar lo que es tuyo.
La mujer volvió a toser.
—Pero, mamita...
—Las monjas te han criado como a una señorita. Aquí siempre serás la hija de una esclava. Jamás te aceptarán, aunque te permitan estudiar en sus colegios y mezclarte con las niñas criollas. No encontrarás marido y terminarás como yo.
—No tengo ni un peso y el viaje a España es muy caro y peligroso. Nunca he estado lejos de Santiago.
—Dios te dará la ayuda que necesitas. Sé astuta como una serpiente.
La muchacha rompió a llorar. Su madre comenzó a respirar con mayor dificultad y, poco a poco, se fue apagando, hasta que su rostro perdió el hálito de vida que la había acompañado durante treinta y dos años.
Isabella se tumbó sobre aquel cuerpo empapado en sudor, cubierto de harapos y marcado únicamente por la desgracia.
Se prometió encontrar a su padre, decirle a la cara todo el daño que había causado a su madre y, después, regresar a Cuba. No quería su dinero. Tampoco su posición. Lo único que deseaba era venganza.