EPÍLOGO
La hora dada
Volvieron al Bar de Paco una mañana de agosto, casi un mes después de todo, cuando el caso ya estaba en manos del juez, Tomás Valls esperaba juicio sin haber subido nunca la voz, y la casa de Segovia volvía a sonar otra vez, con su tarareo y su radio de las cinco y su cucharilla tintineando en la taza.
Era la misma barra, el mismo Paco yendo y viniendo, con ese instinto suyo para olerse desde lejos qué mesa no conviene interrumpir.
En la televisión, sin sonido, ya no había ni rótulos en mayúsculas ni fotos de hombres de pelo blanco: daban el tiempo, un mapa con soles, calor para toda la semana.
La cara de su padre se había bajado de las pantallas. Había vuelto a ser un asunto privado.
Nora pidió dos cafés, como aquella otra mañana, y esta vez se los tomó sin prisa.
El favor de su padre, que en aquella otra mañana se le había quedado a la mitad, estaba por fin entero.
No porque Sergio hubiera entregado un sobre —eso lo había hecho hacía semanas, en una sala de fórmica, bajo una cámara—, sino porque lo que su padre había empezado a juntar en secreto, solo, sin poder contárselo a nadie, estaba ya donde él quiso que estuviera el día que se lo confió a una vieja: escrito, firmado, bajo una luz donde nadie iba a poder volver a borrarlo.
Lo que su padre dejó a medias, su hija lo había terminado.
Eso era el favor. No el sobre. El sobre solo había sido la manera de pasarle el testigo.
Sergio removía el café sin bebérselo, como removía siempre lo que no terminaba de decir. Estaba más flaco que un mes atrás, con la cara de quien lleva demasiadas noches durmiendo mal, y Nora, que lo conocía, supo sin preguntar que no todas esas noches las pasaba en su cama.
—Registré mi casa —dijo al fin, sin levantar la vista de la taza—. Como dije que haría. Entera. No había micrófonos. —Tardó en seguir—. Había algo peor.
Nora esperó.
—Se lo he contado a Clara, a mi mujer. Todo. Lo que pasó por nuestra mesa. —Dejó la cucharilla en el plato—. Y ella misma me enseñó sus llamadas. A una tía, a un primo. Conversaciones de las que no se piensan dos veces, de familia. Por ahí salió Los Tilos de mi cocina, sin que nadie robara nada.
Nora no preguntó cómo había sido. No le tocaba.
—¿Y?
—No sabía nada —dijo despacio—. Y a la vez llevaba toda la vida hablando con esa gente como se habla con los tuyos. Ha cortado con esa rama, de un día para otro. —La miró por primera vez—. No estamos bien, Nora. Pero estamos. Hablando. Es lo que hay.
Era más de lo que mucha gente sostenía, y mucho menos de lo que Sergio tenía una semana antes. Nora no dijo eso. Dijo lo único que servía.
—Lo siento.
—Ya.
Había otra carta que no había sacado a la luz.
La de su madre —la que llevaba encima aquella primera mañana en el Bar de Paco, doblada y sin abrir del todo— seguía en un cajón de su casa.
No la había metido en ninguna bolsa de pruebas ni le había escrito una fecha en el plástico, porque esa no era de este caso: era de otra conversación, una que tenía pendiente con su madre y para la que aún no se veía con fuerzas.
También su padre se la había dejado apuntada en la suya.
De su hermana, había escrito, sabía más su madre; que le preguntara por una cena, no por un parque.
Y Nora no había preguntado, no esa semana, con Lola recién salida de un sótano.
Pero lo haría. Lo de su hermana, lo de la cena, lo que su madre guardara doblado en aquel cajón, seguía esperando su turno.
Para otro día. La de su padre, en cambio, la llevaba encima.
—Lo llevas ahí, ¿verdad? —dijo. No era del todo una pregunta.
Nora asintió. Sacó del bolso la bolsa de pruebas pequeña, la que llevaba semanas guardando aparte de todo lo demás, la que había rotulado de su puño y letra aquella mañana en la comisaría del sur: «Carta.
Personal. Custodia N. V.». Dentro, una sola hoja, doblada por los mismos pliegues desde el día en que la leyó por primera vez.
Porque ya la había leído. Aquella mañana, recién abierto el sobre, con Sergio esperando en el pasillo y la cámara apagada, la había leído entera, las dos caras, una vez, deprisa, como se lee lo que duele.
Y se había dejado una frase sin releer, hacia el final, porque aquel día no había sitio dentro de ella para esa frase.
Se había prometido volver cuando lo hubiera.
Ahora lo había. El caso estaba cerrado. Su madre dormía tranquila en Segovia. El oído estaba tapado, y los que escuchaban, callados por fin. Por fin había sitio para una sola frase.
Desdobló la hoja sobre la barra. Buscó el final, la parte que se había saltado, y se la leyó despacio, para ella, moviendo los labios sin sonido, con la letra apretada de su padre pasándole por delante de los ojos como le pasaba la voz cuando todavía la tenía.
«No te enseñé a abrazar, hija. Te enseñé a mirar.
Si he hecho bien una sola cosa en toda mi vida, que sea haberte hecho a ti como eres: terca, sola, incapaz de soltar un hilo una vez que lo coges.
Perdóname por eso y dame las gracias por eso, que vienen juntas y no se pueden separar.
Estoy orgulloso de ti más de lo que supe decirte en voz alta, que fue poco, y siempre tarde. »
«Y te dejo una espina, la única que no he sabido sacarme en una vida entera de sacármelas.
Hay una esquina que llevo años sin poder quitarme de encima, y no he conseguido llegar al fondo de lo que pasó allí.
Tú eras una cría; tu hermana, más pequeña aún.
A lo mejor ni te acuerdas, y ojalá sea así.
Pero si algún día te vuelve a la cabeza una esquina, sin que sepas por qué, hazme caso desde donde yo esté y tira de ese hilo. Por mí. Es lo único que te pido.»
Leyó la última parte dos veces. Una esquina.
Su padre se había muerto con una esquina clavada y le pedía, desde el papel, que se acordara de algo que él daba por hecho que existía en algún rincón de su memoria de niña.
Buscó, como había buscado ya, semanas atrás, delante de una cuartilla con dos columnas, alguna esquina en su cabeza que le doliera, que le sonara, que tirara de ella.
No encontró ninguna. Solo aquella pared lisa de siempre, en el mismo sitio de siempre, donde su padre insistía en ver una puerta.
Dobló la carta. Le temblaban un poco las manos, pero no de la esquina; de lo otro, de las primeras líneas, de un padre seco diciéndole por fin, doce años tarde, que estaba orgulloso.
—¿Qué pone? —preguntó Sergio, con cuidado.
—Que me quería —dijo Nora—. Y que estaba orgulloso. Se lo voy a leer a mi madre; también es de ella. —Miró el café, que esta vez sí humeaba—. Y me deja un caso.
Sergio levantó una ceja.
—Una esquina —dijo Nora, y se guardó la carta en el bolsillo, sobre el corazón, donde su padre había llevado tantas cosas—. Dice que me acuerde de una esquina. Y yo no me acuerdo de ninguna.
La cuartilla de octubre volvió sola: la niña miraba.
Cogió la servilleta de debajo de su taza, le pidió un bolígrafo a Paco y, con la letra rápida de los atestados, escribió una sola palabra. La dejó sobre la mesa, mirándola.
Esquina.
Su padre nunca había anotado nada que no significara nada. Antes o después, iba a tener que acordarse.
FIN DEL LIbrO CUATRO