Lunes, 12 de noviembre de 2012
Lo peor para Lucía había sido tener que enterarse de la muerte de Javier a través de los medios de comunicación.
Descubrir por casualidad que la persona más importante en su vida había fallecido y a la vez que nadie se había puesto en contacto con ella para contárselo.
Aunque, bien pensado, ¿cómo podían haber contactado con ella?
Solo había visto una vez a los padres de Javier durante una breve visita de estos a Madrid.
Y en otra ocasión su hermano se había quedado a dormir un par de noches en su antiguo apartamento cuando había tenido que venir a la capital para unos exámenes de unas oposiciones.
Lo recordaba como una persona afable, pero nunca más volvió a aparecer en sus vidas.
Tanto ella como Javier habían decidido mantener a sus familias al margen de su relación.
Ella solo había regresado a Burgos durante esos años para los entierros de sus padres.
Y cuando él iba a pasar una semana en verano a Albacete, lo hacía solo.
La familia de Javier viajó hasta la capital el mismo día que los avisaron.
Decidieron liquidar el asunto por la vía rápida y, una vez hecha la autopsia y dada su conformidad a la teoría del suicidio, decidieron regresar a la ciudad manchega con el cuerpo y las pertenencias que quisieron quedarse del apartamento.
Después de escuchar la noticia sobre la muerte de Javier, Lucía fue directa a la comisaría.
Pasaron unas cuantas horas hasta que la atendieron.
Un policía le informó de que el entierro se celebraría al día siguiente en Albacete, o que por lo menos esa era la intención de la familia, por lo que habían comentado.
Lucía le preguntó si no habían comentado nada sobre ella, pero la respuesta fue negativa.
Aunque les habían consultado si había algún otro familiar o amigo al que avisar, ellos habían respondido que no, que había tenido una novia, pero que ya no estaban juntos.
En realidad, por mucho que a Lucía le doliese, aquello era cierto.
Sin perder más tiempo ni cuestionarse lo acertado o no de su decisión, Lucía se dirigió a la estación de Alsa para intentar coger un autobús hasta Albacete.
Y, pese a que consiguió llegar a su destino antes de la hora de comer, al abrir La Verdad por la sección de esquelas comprobó que el entierro de Javier había tenido lugar hacía ya un par de horas.
Desolada, Lucía salió de la estación y se sentó en uno de los bancos de un parque cercano, donde lloró todo lo que no había llorado en esos últimos días.
Por fin tomó conciencia de la situación: Javier estaba muerto. Ya no volvería a verlo jamás.
Lucía tardó más de una hora en reaccionar. Tenía claro que había ido hasta Albacete para ver a Javier, y eso era lo que iba a hacer. Sacó el papel con el teléfono que le había dado el policía y se decidió a llamar a aquel número.
—Hola. Soy Lucía, la… novia de Javier.
—Hola, Lucía. Soy Roberto. No sé si me recuerdas.
—Sí, claro —dijo Lucía mientras se secaba las lágrimas.
—¿Estás bien?
—Sí, creo que sí. Llegué hace un par de horas, pero he visto que ya ha sido el entierro. Pensé que me avisaríais.
—No tengo nada contra ti, Lucía, pero mis padres preferían que no asistieses. Para ellos todo esto ha sido muy duro. Lo de la televisión y lo que ha pasado en general. Sé que no es justo, pero en cierto modo, mi madre cree que tú eres culpable de todo lo sucedido.
—¿Sabía que no estábamos juntos?
—Sí. Cuando mi hermano nos llamó para decirnos que iba a salir en el programa de televisión, también nos contó que ya no erais pareja.
Que te habías marchado. Él no te echaba a ti la culpa de nada, pero ya sabes cómo son las madres.
Ella pensaba que la relación de Javier sería más parecida a la mía: que se casaría, tendría hijos y vendríais por aquí para estar todos juntos en las fiestas y el verano.
—Te entiendo.
—En fin, creo que ha sido mejor para todos que no hayas venido.
—Querrás decir «para vosotros» —contestó Lucía.
—No voy a discutir contigo, entiendo que también es muy difícil para ti.
—Muchas gracias por tu comprensión —dijo sarcástica.
—A mí me habría gustado que las cosas hubiesen sido de otra forma, pero es mi familia.
—Lo siento. No te culpo de nada, pero me hubiera gustado despedirme de él —reconoció Lucía.
—Tranquila. Entiendo que estés enfadada. Todo esto ha sido muy duro. Nadie se lo esperaba.
—Solo una última cosa, Roberto: ¿puedes decirme dónde está enterrado?
—¿No lo sabías?
—¿El qué?
—No lo hemos enterrado. Javier ha sido incinerado.
—¿Y sus cenizas? —preguntó Lucía entre sollozos.
—Lucía, déjalo estar. Si quieres, podemos hablar en otro momento. Ahora tengo que colgar. Vuelve a Madrid. Es lo mejor para todos.
—Lo entiendo.
Aunque tuvo que esperar varias horas en Avenida de América, Lucía decidió que no quería hacer noche en Madrid y prefería volver, aunque fuese de madrugada, a Burgos.
Quería dejar atrás toda esa pesadilla. Un par de Coca-Colas y un sándwich de máquina le sirvieron para hacer más llevadera la espera, aunque el trayecto hasta su ciudad se le hizo interminable.
Era el cuarto autobús que cogía desde el viernes, pero le fue imposible conciliar el sueño.
El recuerdo de la conversación con el hermano de Javier le venía todo el rato a la cabeza.
¿Cómo era posible que ella no supiera que Javier quería que le incinerasen?
Lucía se esforzaba, pero no conseguía recordar si en algún momento habían hablado de esos temas.
Quizá solo las parejas de verdad, las que tienen un auténtico plan de futuro, se hacen ese tipo de confesiones.
Una vez en Burgos, la idea de volver a casa se le hacía todo un mundo.
Tampoco había ningún local abierto a las horas a las que había llegado, así que decidió dar un paseo.
Hacer tiempo hasta que se le ocurriese una idea mejor con la que llenar ese día que se le antojaba larguísimo.
Sus piernas la llevaron hasta la playa fluvial de Fuente Prior.
Se dejó caer en la arena y allí, tumbada, vio amanecer.
A las ocho, aterida de frío, tomó la resolución de ir hasta el centro, pedir un buen desayuno y pensar cómo enfrentarse con la soledad de su piso, con la soledad de su vida.
Las lágrimas volvieron a aparecer en su rostro.
Al sacar un paquete de clínex para secarse la cara, vio en el fondo de su bolso el resguardo de la empresa de mensajería que había recogido en el buzón antes de poner rumbo a Madrid.
Se quedó helada al descubrir el nombre del remitente: Javier Redondo.