La hora de los monstruos Domingo, 11 de noviembre de 2012
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Domingo, 11 de noviembre de 2012

Ya solo podía ayudar a Lucía. Gómez se había adelantado a todos y Ricardo había quedado en fuera de juego, sin posibilidad de hacer nada por Javier.

Le había seguido hasta que subió en el coche de Tony, pero cuando regresaba a su automóvil para ir tras ellos, recibió una llamada del inspector.

Tenía que acudir urgentemente a la comisaría: la operación contra las mafias kosovares en la que habían estado trabajando se adelantaba unas semanas.

En unas horas tenía que viajar a Valencia y había tenido que estar allí hasta ayer por la noche.

Se la había jugado al intentar contactar con su enlace para avisarle del peligro que corría Javier, pero no había servido de nada; Gómez había ganado la partida.

Sintió la misma frustración que cuando Koldo fue a visitar a su padre.

Ricardo sabía que aquello podía suceder y había advertido a su padre sobre la posibilidad de que un etarra fuera en algún momento a su casa a visitarlos, quizá incluso a quedarse un par de días.

Supuestamente, su padre estaba enterado de las actividades de su hijo y las apoyaba, así que debía de ser algo rutinario; una simple comprobación, pero no fue así.

Koldo ya llevaba tiempo desconfiando de Ricardo.

Cada vez estaba más claro, con cada nueva detención, que había un topo en la organización.

El padre de Ricardo estaba convencido de haber cumplido a la perfección las órdenes de su hijo, por eso se sobresaltó cuando oyó un portazo a los dos días de la llegada del etarra.

No entendía qué podía haber pasado, por qué se había marchado a la francesa.

Enseguida encontró la respuesta: encima de la cama había una foto de Ricardo con el uniforme de la policía.

Era la única que guardaba de él vestido de oficial.

No había podido desprenderse de ella: era la última que tenía de Ricardo con su madre, tomada unos meses antes de que ella muriera.

Y aunque sus superiores le felicitaron por su misión infiltrado en ETA, Ricardo siempre lo consideró un fracaso.

Debía haber revisado la casa de su padre para que no quedara una sola foto, no tenía que haber dejado un rastro como ese.

La situación ahora era incluso peor; a pesar de que su enlace le había felicitado por toda la información que había recopilado, Ricardo solo podía pensar que aquello era un desastre: muertos y más muertos, y ni un solo detenido que mereciera la pena.

Tomó aire; debía pensar con perspectiva. No podía fallar a Lucía. No solo tenía que protegerla de esos asesinos, sino que su salvación sería también la condena de Tony, Severino y el maldito inspector Gómez. Y de los monstruos, sobre todo de ellos.