Capítulo 29 — El caso atípico que me crió
El domingo fui a comer a casa de mis padres, porque era domingo, y porque cuando todo se te cae encima lo único que sostiene es lo que llevas haciendo sin falta desde hace treinta y dos años.
Mi padre hizo fideuà. No me preguntó nada. Mi madre no me preguntó nada tampoco, pero de otra manera: la de mi padre es la de quien no pregunta porque respeta el silencio; la de mi madre es la de quien no pregunta porque ya lo sabe y está esperando el momento.
Marc se había ido el sábado. Yo lo sabía porque me había llegado su mensaje el viernes por la noche —el de «estaré donde no me veas»— y porque el sábado por la mañana no me había llegado nada más, y esa ausencia de mensajes era, para un hombre así, la manera más elocuente de cumplir exactamente lo que había prometido.
No me escribió. No preguntó. Se fue a donde no lo viera.
Estaba cumpliendo su palabra con una disciplina que me daba rabia, porque yo quería estar enfadada y él no me estaba dando ni un solo motivo nuevo.
Comimos los tres. Hablamos de la fideuà, de la vecina, del tiempo. Y a los postres, mi padre hizo lo que hace cuando mi madre y yo tenemos que hablar: se levantó, dijo que iba a echarse un rato, y se fue, dejándonos solas con el melón y con lo que fuera que yo había traído sin saber que lo traía.
Mi madre recogió los platos y no me dejó ayudar, que es su manera de sentarme.
—Se ha ido, ¿no? —dijo, de espaldas, en el fregadero—. El de los números.
—Se ha ido.
—¿Lo has echado tú o se ha ido él?
—Lo he echado yo. Pero se ha ido él. Las dos cosas.
Mi madre cerró el grifo. Se secó las manos con el paño, despacio, y se sentó enfrente, que es una cosa que hace pocas veces, porque mi madre habla de pie, mi madre habla mientras hace, y cuando se sienta enfrente y te mira es que va en serio.
—Cuéntame.
Y le conté. No todo. Le conté lo que se puede contar: que había un problema en el trabajo, un dato, una decisión difícil, y que él había hecho una cosa para ayudarme sin preguntarme, y que yo no soporto que me ayuden sin preguntarme, y que le había pedido que se fuera para poder decidir sola, y que se había ido, y que ahora estaba sola decidiendo y no me gustaba ni la mitad de lo que había imaginado.
Mi madre me escuchó entera. Y cuando terminé, no me dio la razón, que es lo que hacen las madres malas, ni me dijo lo que tenía que hacer, que es lo que hacen las peores. Se quedó un momento callada, mirando el mantel, y luego dijo:
—¿Tú sabes por qué tu padre y yo llevamos treinta y cinco años?
Me quedé quieta.
Es la pregunta. Es la pregunta, la que llevo estudiando toda mi vida, la que monté un ensayo de doscientas parejas para no tener que hacerle a mi propia madre. Y me la hacía ella, en la cocina, un domingo, con el paño todavía en la mano.
—No —dije, y por primera vez en mi vida lo dije de verdad, sin la coartada de la ciencia—. No lo sé, mamá. Llevo la carrera entera intentando saberlo y no lo sé.
—Porque lo elegimos —dijo—. Cada día. No una vez. Cada día.
Y entonces mi madre, que no ha leído un paper en su vida, que dejó de estudiar a los catorce para ayudar en la mercería de mi abuela, me explicó en tres minutos lo que yo no había conseguido sacar de doscientas parejas y ochocientas horas de laboratorio.
—La gente se cree que esto es un secreto —dijo—.
Que hay un truco. Que tu padre y yo tenemos algo que los demás no tienen, una química, una suerte, una cosa rara que nos tocó.
Y vienen y me preguntan, como me preguntas tú con tus máquinas, cuál es el secreto.
Y no hay secreto, filla. Eso es lo que nadie quiere oír, porque un secreto lo puedes buscar, y esto no se busca.
—¿Entonces qué es?
—Una decisión. Que se toma otra vez cada mañana.
—Dobló el paño en cuatro, con las manos, sin mirarlo—.
Yo me levanto y elijo a tu padre. No porque me despierte enamorada como a los veinte, que eso se acaba, eso lo sabe todo el mundo menos los de veinte.
Me levanto y hay días que lo elegiría y días que no, y los días que no, lo elijo igual.
Esa es la parte que no sale en las canciones.
Los días que no te sale, lo eliges igual, y al elegirlo el día que no te sale, resulta que era verdad.
Me quedé sin respirar un segundo.
—Tu padre igual —siguió—. Hay mañanas que yo le caigo fatal, te lo digo yo. Y él me elige igual. Y no me lo dice, me hace la fideuà. Ese es su elegirme. El mío es otro. Cada uno elige como sabe.
—Eso no lo puedo medir, mamá.
—Claro que no lo puedes medir. —Y me miró con una cosa que no era pena, que era casi diversión—.
¿Cómo vas a medir una cosa que se decide?
Se puede medir lo que pasa, filla. No lo que se elige.
Llevas toda la vida midiendo lo que nos pasa a tu padre y a mí, y lo que nos pasa no es nada del otro mundo, nos pasa lo que a todos.
Lo que no es de todos es lo que elegimos, cada día, y eso no lo mide una máquina porque no es un hecho. Es una voluntad.
Ahí estaba.
Nueve años. Doscientas parejas. Ochocientas horas. Dos millones de euros de dinero público. Y la respuesta la tenía mi madre en la cocina, y me la dio con un paño de cocina en la mano, gratis, entre el melón y el café.
El amor no es un fenómeno. Es una decisión.
Y yo llevaba nueve años intentando medirlo como un fenómeno —el cortisol, la sincronía, los círculos que se acercan— porque un fenómeno se mide, un fenómeno pasa, un fenómeno le ocurre a la gente sin que la gente haga nada.
Y por eso me daba tanta paz estudiarlo así: porque si el amor era un fenómeno, era algo que te pasaba, y lo que te pasa no exige nada de ti.
Puedes medirlo desde detrás del cristal.
Pero si el amor es una decisión, entonces no se mide.
Se toma. Y no se puede tomar desde detrás del cristal, porque detrás del cristal solo se observa, y una decisión hay que tomarla del lado de dentro, donde te pueden dar, donde te pueden dejar, donde puedes elegir el día que no te sale y descubrir que era verdad.
Yo he pasado nueve años en el lado que mide para no tener que estar en el lado que elige.
Y Marc, que me eligió el viernes a su manera —reportando lo suyo, yéndose cuando se lo pedí, queriéndome desde donde no lo viera—, Marc había tomado una decisión.
No un fenómeno. Una decisión. Y yo la había leído como una traición porque las traiciones se pueden analizar y las decisiones de otro por ti hay que elegir si perdonarlas, y elegir me daba más miedo que cualquier cosa que hubiera medido nunca.
Antes de irme, pasé por el salón. Mi padre no estaba echándose la siesta. Estaba de pie, junto al aparador, con el transistor puesto muy bajo, una emisora de esas que ponen boleros los domingos por la tarde.
Y mi madre entró detrás de mí, con el café, y los vi.
Sin que ellos supieran que los veía, desde la puerta, como los había visto tantas veces sin entenderlo: mi padre le tendió la mano a mi madre. Sin decir nada. Y mi madre dejó el café en el aparador y le dio la mano, y bailaron.
Un bolero, muy bajo, en el salón, un domingo por la tarde, dos personas de más de sesenta años que llevan treinta y cinco juntas, bailando en cuatro metros cuadrados entre el sofá y el aparador, sin público, sin motivo, sin nadie que se lo pidiera.
Igual que en la mercería. Igual que aquel domingo de niebla de 2006, cuando yo tenía trece años y conté botones y los vi bailar sin música y no lo entendí.
Ahora sí lo entendía.
No bailaban porque sonara un bolero. El bolero era la excusa, como la mascletà había sido nuestra excusa, como el ruido siempre es la excusa que la gente necesita para hacer lo que iba a hacer de todas formas.
Bailaban porque se elegían. El baile era el elegirse hecho cuerpo, hecho gesto, hecho un minuto de domingo.
No era la prueba de que se querían. Era el querer, ocurriendo, en el salón, delante de mí.
Y yo, que había fotografiado ese baile con la cabeza cientos de veces buscándole la variable, entendí por fin que no había variable que buscar, porque no era un dato.
Era una voluntad, bailando.
Me fui sin que me vieran. Algunas cosas se estropean si sabes que las están mirando, y esa era una, y yo, precisamente yo, tenía que aprender por fin cuándo dejar de mirar.
En casa, esa noche, no saqué la libreta.
Saqué el ordenador. Abrí el informe técnico de REPLICA-36.
El plazo original era el 1 de mayo y había pasado ya, y había pasado por mi culpa: el Dr. Ferrer no podía firmar la segunda validación sin la clasificación de la serie CAL-00, y esa clasificación la tenía que escribir yo, y yo llevaba una semana sin escribirla.
La Fundación me había dado una prórroga de diez días con una frase seca del señor Quintana que traducida del burocratés venía a decir «resuélvalo ya».
O sea que el informe seguía abierto, con su página noventa y uno y su sección 8.
4 vacía, esperando por mí, esperando la única frase que faltaba en doscientas páginas y que era, precisamente, la que yo no me atrevía a escribir.
Y no escribí la frase de exclusión.
Ni escribí la de declaración. Todavía no.
Antes de decidir qué hacía con el dato, necesitaba escribir otra cosa, una cosa que no estaba en el índice, que no me había pedido nadie, que a lo mejor no cabía en un informe técnico y que iba a escribir igual, porque llevaba nueve años sin poder escribirla y por fin sabía cómo.
Abrí un documento nuevo. Y en la parte de arriba, con mayúsculas, escribí el título:
NOTA SObrE UN CASO ATÍPICO.
Y debajo, la primera línea, que me salió entera, sin borradores, como salen las cosas cuando por fin son verdad:
Este estudio se diseñó para demostrar que el amor no se puede fabricar. Lo ha demostrado: doscientas parejas, ningún efecto. Pero todo estudio honesto tiene la obligación de reportar sus casos atípicos, incluso —sobre todo— cuando el caso atípico es el propio investigador.
Me quedé mirando esa línea un rato largo.
No la taché.
Por primera vez en mucho tiempo, escribí algo en lo que aparecía yo.
No «la investigadora principal». No «el sujeto A».
Yo. El investigador como caso atípico de su propio estudio, reportándose, que es la única cosa que la forense que llevo dentro no podría reprocharme nunca, porque es exactamente lo que la forense exige: que reportes el dato incómodo, aunque el dato incómodo seas tú.
Escribí hasta las dos de la mañana.
Y por primera vez desde que Marc se fue, no me sentí sola escribiendo. Me sentí acompañada por la única persona que siempre había estado en esa mesa conmigo y a la que llevaba treinta y dos años sin invitar a sentarse:
Yo misma. La entera. La que mide y la que elige. Las dos, por fin, en la misma habitación.
Todavía no sabía si iba a entregar esa nota. Todavía no había decidido nada sobre el dato.
Pero por primera vez estaba escribiendo desde el lado de dentro.
Y mañana, decidiera lo que decidiera, iba a decidirlo desde ahí.