Capítulo 25 — El apéndice imposible
Lo estábamos escribiendo Pilar y yo a cuatro manos, en su despacho, con las ventanas abiertas y el humo de un cigarro que ella juraba no estar fumando.
Es la mejor manera de escribir un paper: dos personas que se conocen los tics, una que empuja y otra que frena, con las tablas delante y el café malo de siempre.
La sección de resultados salió sola. La de métodos, también.
El texto avanzaba con esa fluidez que solo tiene la ciencia cuando cuenta la verdad, porque la verdad no hay que sostenerla: se sostiene sola, y uno solo tiene que apartarse y dejarla.
La escribí tres veces.
La tercera ni la terminé.
Porque en la tercera me oí a mí misma. Palabra por palabra.
Esas frases no las inventé yo esa tarde: las tengo archivadas, subrayadas, en decenas de estudios que he desmontado a lo largo de nueve años.
Son las frases que uno escribe cuando ha decidido, por dentro, que un dato desaparezca, y necesita que en la superficie parezca que no lo ha decidido.
Tienen un ritmo reconocible, una cortesía técnica, un exceso de calma.
Las reconozco por el olfato, como se reconoce el humo de un cigarro que alguien jura no estar fumando.
Y las estaba escribiendo yo, con ese mismo ritmo, esa misma calma de más.
Y ahora la estaba escribiendo yo.
Con mis manos. Sobre mi dato. En mi informe.
Borré la tercera y me levanté a por agua, que es lo que hago cuando lo que quiero es levantarme a por otra cosa que no tiene nombre.
Volví y probé por el otro lado. El honrado, pensé. Como se lo preguntaría a un colega.
—Pilar. Una duda metodológica. Hipotética.
—Dime.
—Imagina una calibración contaminada por un factor humano. No un fallo del aparato: un factor humano, real, que hace que la serie de calibración se comporte distinto de la muestra. ¿La excluirías del informe, o la reportarías como lo que es?
Pilar no levantó la vista del párrafo que estaba corrigiendo.
—Depende de una cosa —dijo—. La pregunta no es si puedes excluirla. Puedes. Está fuera del análisis desde enero, tienes cobertura de sobra, ningún revisor te diría nada. La pregunta es otra.
—¿Cuál?
—Por qué la llamas «contaminada».
Dejó el bolígrafo.
—Llevas cinco minutos llamándola «contaminada», Julia.
Contaminada es una palabra que se usa para lo que sobra, para lo que ensucia una muestra limpia.
Y por lo que me cuentas, esa serie no es lo que sobra.
Es el único dato vivo que tenéis en todo el ensayo.
Doscientas parejas planas y una serie que hace algo.
En cualquier otro estudio de tu vida, esa serie sería el hallazgo, y estarías peleando por publicarla, no buscando la manera educada de que desaparezca.
Me quedé callada.
—Así que la pregunta de verdad —siguió, y por fin me miró, y en sus ojos había la clase de cansancio que da saberlo todo— no es metodológica, hija.
La metodología te da permiso para lo que quieras.
La pregunta es por qué una mujer que ha construido su carrera entera sacando a la luz los datos que otros escondían está buscando, por primera vez en su vida, la manera de esconder uno.
Pilar lo sabe.
No sé desde cuándo. Puede que desde el principio, desde la escalera de incendios, desde el «estás rara» de marzo que dejó encima de la barandilla y no recogió.
Pilar Roca lleva cuarenta años en este oficio y dirigió mi tesis y me conoce los tics mejor que yo, y no me ha preguntado nada directo en tres meses, porque su método es no preguntar y esperar a que lo digas tú.
No lo dije. Todavía no. Pero dejé de fingir que la pregunta era hipotética, y ella dejó de fingir que se lo creía, y seguimos escribiendo el informe en un silencio nuevo, un silencio de dos personas que saben lo mismo y esperan a ver quién lo nombra primero.
Esa noche Marc vino a casa.
Y por primera vez la conversación no fue la de dos personas enamoradas que tienen un problema.
Fue la de dos personas honestas midiendo cuánta honestidad pueden pagar, que es una conversación mucho peor, porque no hay malo.
Ojalá hubiera un malo. Los problemas con un malo se resuelven; los problemas donde los dos tienen razón solo se sufren.
—Lo he intentado escribir hoy —dije—. La frase de exclusión. Tres veces.
—¿Y?
—Que la reconozco. Es la frase que llevo nueve años cazando. No puedo escribirla, Marc. Literalmente. Se me cae de las manos. Lo he intentado y no puedo, y no es por nobleza, es que me da un asco físico, como escribir con la mano mala.
—Entonces está claro. La reportas.
—No está claro. —Y aquí es donde me oí a mí misma decir la otra mitad, la que llevaba tres semanas sin decir en voz alta—.
Si la reporto, ¿sabes lo que pasa? Lo sabes, porque lo hemos dicho.
«La científica que se enamoró en su propio experimento.
» Nueve años de trabajo, un resultado histórico, y va a quedar sepultado bajo un titular sobre mi vida sexual.
Me van a citar por la anécdota, no por la ciencia.
Los mismos que me llamaban reduccionista van a tener por fin su venganza: la forense se enamoró de su propio cadáver.
Y a ti te cuesta la carrera, porque tu conflicto de interés sale con mi nombre al lado.
—Julia.
—Y no es solo eso. —Y seguí, porque llevaba tres semanas sin decirlo y ya había empezado a salir entero—.
Es que si la reporto, valido lo que dice todo el mundo.
Que el amor no se puede estudiar en serio.
Que en cuanto lo tocas se te contamina el laboratorio.
Llevo la carrera entera demostrando que sí se puede, que es un objeto de estudio como cualquier otro, y ahora resulta que mi propio ensayo va a ser la prueba de que no, de que te enamoras dentro del experimento y adiós rigor.
Voy a ser el argumento de mis enemigos. Con mi firma.
Marc me escuchó entera. No me interrumpió, que es lo que hace la gente que no cree que se le puede solucionar el argumento a otro con dos frases.
—Todo eso es verdad —dijo cuando terminé—. Cada cosa que has dicho es verdad. Y aun así.
—Y aun así, ¿qué?
—Y aun así, la pregunta no es qué te cuesta reportarlo. La pregunta es si puedes vivir habiéndolo escondido. Y esa la tienes que contestar tú, sin mí delante, porque conmigo delante no sabes si contestas por ciencia o por otra cosa.
No dijo cuál. No hacía falta.
Y no discutimos. Eso fue lo peor. Dos personas honestas no discuten: se miran, cada uno con su parte de razón intacta, y ninguna de las dos razones alcanza a tocar la otra, y se quedan así, a un metro, con el problema entero en medio de la mesa, más grande que los dos.
Cuando se fue, hice lo que hago.
Saqué la libreta y monté una tabla.
Dos columnas: reportar, ocultar. Y debajo, las filas: coste para mi carrera, coste para la suya, coste para la ciencia del campo, probabilidad del titular, reversibilidad de cada opción, coste moral.
Le puse valores. Le puse pesos. Hice lo que sé hacer, que es convertir una decisión imposible en un problema con estructura, porque un problema con estructura se puede resolver y una decisión imposible no.
La tabla me quedó perfecta.
Simétrica, exhaustiva, con sus columnas cuadradas y su letra minúscula. Una tabla que enseñaría en clase como ejemplo de análisis de decisiones. La miré, orgullosa, durante unos segundos.
Y no servía para nada.
No servía porque las tablas comparan cosas que se pueden poner en la misma unidad, y yo estaba intentando poner en la misma columna «mi carrera» y «mi capacidad de mirarme al espejo», que no se miden en lo mismo, que no se pueden sumar, que no tienen tipo de cambio.
La tabla era una manera preciosa de no decidir.
Una manera con estructura. La mejor que tengo.
Debajo de la tabla, sin columnas, con la letra más pequeña todavía, escribí la única pregunta que importaba, la que la tabla estaba diseñada para no tener que contestar:
¿Qué le diría la forense a la científica que escondió el dato?
Y me quedé mirándola.
Porque la forense —esa que soy yo, la que lleva nueve años desmontando estudios ajenos— no tendría ninguna piedad con la científica que hiciera esto.
La destrozaría en una charla. Pondría la diapositiva, con el nombre tapado por decencia, y diría: miren, aquí, una investigadora con un dato que le sobraba y una frase preciosa para hacerlo desaparecer.
Aprendan a olerlo. Y todo el auditorio aprendería a olerlo, y nadie sabría que la del ejemplo era yo.
Yo soy las dos. La forense y la científica. Y por primera vez en nueve años estaban en habitaciones distintas, y una tenía que salir a mirar a la otra.
Antes de acostarme abrí el cajón donde guardo el protocolo original. El preinscrito. El de marzo, el que escribí atándome las manos.
Fui a la sección de principios, la que redacté yo una noche de enero, en pijama, orgullosísima, sin saber que la escribía para esto. Es la sección que nadie lee, la de las declaraciones de intenciones, la que se pone al principio y se olvida.
Ahí, en el punto 2.1, con mi propia letra convertida en tipografía, ponía:
«Todo dato recogido en el marco de este estudio será reportado. Las exclusiones del análisis, si las hubiere, se justificarán de forma pública y verificable. Este compromiso es vinculante y no admite excepción por conveniencia de los resultados.»
Lo escribí en enero. Contra los estudios que tumbo. Contra la gente que esconde. Lo escribí con la soberbia de quien está segura de que esa cláusula es para los demás.
Enero le estaba hablando a abril.
Enero no sabía nada de Fallas, ni de una terraza, ni de cuatro minutos, ni de una curva que sube. Enero no tenía ni idea de lo que iba a costar cumplir esa cláusula. Enero era una idiota soberbia que escribía principios para los demás.
Y enero tenía razón.
Cerré el cajón. No escribí nada más en la libreta esa noche. La pregunta de la forense se quedó ahí, sin contestar, porque todavía no sabía la respuesta, o la sabía y todavía no era capaz, que en mi caso viene a ser lo mismo hasta que deja de serlo.
El móvil sonó a las doce menos diez.
Marc.
«Tenemos que hablar antes del viernes. Ha pasado algo con el segundo auditor.»
Lo leí dos veces.
«Ha pasado algo con el segundo auditor.»
El segundo auditor. El que pidió Marc, con sus palabras, hace tres semanas. El testigo. El que ya me habían dicho que había solicitado las series crudas de CAL-00.
Contesté: «Mañana. Aquí. A las ocho.»
Y me quedé despierta, con la libreta cerrada y la tabla perfecta dentro y la cláusula de enero resonando, sabiendo dos cosas con la misma claridad.
Que ya no íbamos a decidir nosotros cuándo.
Y que enero, la idiota soberbia, iba a salirse con la suya.