Capítulo 21 – Coordenadas en el delta
El sobre llegó a media mañana, cuando el sol de Buenos Aires apenas lograba abrirse paso entre la humedad densa y el olor salino que ascendía desde el Río de la Plata.
No llevaba remitente, solo su nombre escrito en una caligrafía extrañamente regular, como si cada letra hubiera sido medida con regla antes de trazarla.
El portero del edificio lo dejó sobre el mostrador de mármol, junto a un manojo de llaves y un ejemplar atrasado del Clarín, y Valeria lo recogió sin hacer preguntas.
Subió en el ascensor lento, sintiendo cómo el metal de la barandilla estaba tibio por el calor que se acumulaba en la jaula durante las horas muertas.
No lo abrió de inmediato. Algo en el peso del papel, en la rigidez del pliegue, le decía que aquello no era una simple nota.
Cerró la puerta de su pequeño apartamento y apoyó la espalda contra ella antes de romper el sello.
Dentro encontró una hoja única, doblada en cuatro, escrita a máquina. En la parte superior, una serie de números y letras, dispuestos en dos líneas:
Nada más. No había firma, ni indicaciones, ni una sola palabra que explicara qué debía hacer allí o quién la citaba.
Y sin embargo, Valeria supo de inmediato que aquello tenía que ver con su padre.
En los últimos meses, las pistas habían dejado de presentarse como fragmentos dispersos y empezaban a adquirir un patrón inquietante, como si alguien -o varios- se asegurara de que siempre tuviera un hilo más que seguir, un nuevo cabo que no podía dejar de atar.
Se sentó junto a la ventana abierta, con la hoja aún en la mano, observando el tráfico lento de la avenida.
Desde la distancia llegaba el sonido metálico de los tranvías y el murmullo constante del puerto.
El Paraná. La sola mención de ese nombre le traía imágenes de aguas marrones y lanchas rápidas, de canales donde el silencio se interrumpe por el golpe de una proa contra la corriente.
Las coordenadas apuntaban a algún lugar del delta.
No era un sitio donde se llegara por casualidad.
Y menos en estos tiempos, con los militares patrullando las zonas más apartadas, con listas de sospechosos y controles que aparecían donde menos se esperaba.
Aun así, algo en el interior de Valeria le dijo que debía ir.
Guardó el papel en el doble fondo de su bolso, junto a la copia fotográfica de la carta sin fecha que había encontrado en Berlín. No podía permitir que ambas piezas se separaran. Una contenía la confesión velada de que su padre la había visto de niña. La otra, quizá, le conduciría a él.
El martes amaneció con un cielo plomizo y un viento húmedo que presagiaba lluvia.
Vestida con sencillez, evitando cualquier detalle que la delatara como extranjera, tomó un colectivo hasta Tigre.
El trayecto la llevó por calles cada vez más estrechas, donde las casas de madera parecían sostenerse unas a otras, y el olor a río se mezclaba con el humo de las cocinas.
En el muelle, los lanchones se mecían contra los pilotes, y hombres de rostros curtidos por el sol cargaban cajas de fruta y bidones de combustible.
Valeria preguntó por el embarcadero más cercano a las coordenadas y recibió un gesto de cabeza hacia una pequeña lancha que parecía a punto de hundirse bajo el peso de sacos húmedos.
El motor arrancó con un rugido áspero y la llevó por un laberinto de canales donde el agua golpeaba con suavidad los laterales. La vegetación se cerraba en torno a ellos como un pasadizo verde y húmedo. Ella miraba el reloj. Faltaban veinte minutos para la hora indicada.
Al llegar a un pequeño embarcadero, el hombre que pilotaba señaló con el mentón hacia un camino estrecho entre juncos y cañas.
Valeria bajó, sintiendo el barro ceder bajo sus zapatos.
Avanzó con cautela, consciente de que cualquier movimiento en falso podría delatarla.
A cada paso, la sensación de que alguien la observaba crecía, como una corriente invisible que le erizaba la piel.
Cuando llegó al claro donde el sendero se abría junto al río, se detuvo. Allí, apoyado en una barandilla de madera, había un hombre de espaldas, vestido con un traje claro y un sombrero de ala ancha. No se volvió.
-Ha tardado más de lo previsto -dijo, sin mirarla.
La voz, grave y pausada, no le resultaba familiar. Pero en el modo en que pronunciaba cada palabra, como si midiera el peso que caía sobre ellas, había algo inquietantemente parecido a otra voz, una que Valeria había escuchado en grabaciones viejas y en los recuerdos de su madre.
El hombre dejó caer algo sobre la barandilla: un sobre pequeño, amarillento por el tiempo.
-Aquí tiene lo que busca. Pero le advierto… cada respuesta la llevará a una pregunta más difícil.
Y sin esperar respuesta, se internó por el sendero, desapareciendo entre el follaje como si hubiera formado parte del paisaje desde siempre.
Valeria abrió el sobre. Dentro, un único recorte de periódico, fechado en 1952, hablaba de un carguero que había zarpado de Montevideo hacia un destino no registrado. Entre los pasajeros mencionados, un nombre: Ricardo L. Belmonte. El apellido le golpeó como un aldabonazo en la conciencia.
1949: Puente de hum o
El aire en el muelle de San Fernando olía a madera húmeda y gasoil.
El Paraná, inmenso y opaco, corría lento bajo una bruma baja que parecía querer disimular los contornos del mundo.
Ricardo ajustó el ala de su sombrero y observó, sin que sus ojos se quedaran quietos en un punto concreto, a los tres hombres que aguardaban a unos metros.
Eran exiliados, eso lo sabía; pero más que eso, eran piezas de un tablero donde los movimientos se decidían muy lejos de allí, en despachos con cortinas pesadas y ceniceros de cristal.
El mayor, un republicano de barba entrecana y hombros vencidos, sostenía una pequeña maleta que no parecía contener más que unos pocos recuerdos.
A su lado, un joven de rostro anguloso y mirada obstinada se mantenía erguido como si la derrota no lo hubiera alcanzado del todo.
El tercero, más bajo y con manos nerviosas, se refugiaba en el silencio, mirando a cada rato por encima del hombro, como si esperara ver aparecer en cualquier momento la figura de un agente.
Ricardo sabía que no podía demorarse. La policía de fronteras había estrechado el cerco, y las embajadas que una vez habían sido refugio se convertían ahora en trampas sutiles. Aquella noche, el plan debía ejecutarse sin margen de error.
-El carguero parte a medianoche -dijo, con voz baja pero firme-. No estará en el registro oficial. Una vez crucen el estuario, se encontrarán en aguas libres y nadie podrá tocarlos.
Los tres asintieron, pero la tensión se adivinaba en el modo en que apretaban los labios y se desplazaban de un pie a otro.
Ricardo caminó hacia el extremo del muelle, donde una lancha de casco pintado en rojo y verde esperaba con el motor al ralentí. El patrón, un hombre fornido con una cicatriz que le atravesaba la mejilla, le lanzó una mirada que bastó para confirmar que todo estaba listo.
La ruta era arriesgada. Debían avanzar por canales secundarios, lejos de las rutas habituales, y luego internarse en un brazo estrecho del río hasta alcanzar un punto donde otro contacto -un estibador del puerto de Montevideo- les permitiría abordar el carguero.
Entre ambos trayectos, había que sortear al menos dos patrullas fluviales y un puesto de control que, según sus informantes, estaba a veces vacío y otras veces lleno de hombres armados.
El joven de rostro obstinado se acercó a Ricardo antes de subir a la lancha.
-¿Y usted? -preguntó-. ¿No viene con nosotros?
Ricardo sonrió, pero no era una sonrisa amable, sino la de quien sabe que la respuesta pertenece a un mundo más grande que ese instante.
-Mi sitio está aquí. Hay otros que necesitan salir, y alguien tiene que tender el puente de humo.
El muchacho no insistió.
La lancha se deslizó por el río, dejando una estela que se deshacía enseguida bajo la superficie.
A ambos lados, la vegetación formaba túneles verdes donde el sonido del motor se mezclaba con el canto de pájaros invisibles.
Ricardo permaneció en el muelle, inmóvil, hasta que la bruma devoró la última silueta.
Solo entonces caminó hacia la pequeña cantina donde lo esperaba su contacto.
Dentro, el aire estaba cargado de humo de tabaco y olor a ron barato. Dos hombres jugaban al dominó en una mesa del fondo, y una radio mal sintonizada dejaba escapar un tango distorsionado.
-¿Todo en marcha? -preguntó el cantinero, sirviéndole un vaso.
Ricardo asintió, pero sus ojos estaban fijos en la puerta.
No era paranoia; sabía que lo seguían. Desde hacía semanas, un par de rostros aparecían siempre en las esquinas equivocadas.
Tal vez eran agentes del gobierno argentino, o tal vez eran de otro sitio.
En este juego, los cazadores no llevaban uniforme.
Bebió un sorbo y dejó el vaso sin vaciar.
-Si en media hora no recibes la confirmación de que han embarcado, quema los papeles -dijo-. Y olvida mi nombre.
Salió sin mirar atrás. La niebla se había espesado, y el muelle era ahora un borrón difuso de maderas y mástiles. Avanzó por un sendero lateral, evitando la calle principal. La ciudad dormía, pero el río nunca.
Esa noche, mientras los tres exiliados atravesaban el estuario hacia la libertad, Ricardo se desvanecía en otra dirección, dejando tras de sí solo un rastro de humo en la memoria de quienes lo habían visto.
Y, como tantas otras veces, sabía que su mayor protección era la misma que su mayor condena: no existir oficialmente en ningún lugar.
“Viento del Sur”