Capítulo 12 – El reloj de bolsillo
La llamada llegó a primera hora de la tarde, cuando Valeria revisaba por enésima vez sus notas del archivo.
La voz al otro lado, masculina y neutra, se presentó como el conserje de la recepción.
Tenía para ella un paquete, entregado por un mensajero que no dejó nombre.
Insistió en que debía recogerlo personalmente.
Bajó en ascensor, con la sensación de que la urgencia no era tanto por el contenido como por la forma en que había llegado.
El vestíbulo estaba casi vacío, salvo por un par de turistas consultando un mapa y el conserje, que sostenía una caja rectangular envuelta en papel marrón.
El paquete estaba atado con cordel, y en la superficie había una etiqueta con su nombre escrito a mano: Valeria Beltrán. No había remitente.
-¿Lo dejó un hombre o una mujer? -preguntó.
El conserje negó con la cabeza.
-No lo sé. Solo dijeron que era “algo que debía recibir hoy mismo” y se marcharon antes de que pudiera preguntar más.
Valeria agradeció y se dirigió a una mesa baja junto a la cristalera del vestíbulo.
Con cuidado, desató el cordel y retiró el papel.
Dentro había una caja de madera oscura, sin adornos.
La madera estaba pulida por el tiempo, y en la tapa había una única palabra grabada con letras doradas ya apagadas: Tempo.
Abrió la caja. En el interior, sobre un lecho de terciopelo azul, descansaba un reloj de bolsillo.
Era de plata envejecida, con la tapa grabada a mano con dos iniciales entrelazadas: E.M.
. El metal, a pesar del desgaste, conservaba un brillo profundo.
La cadena, de eslabones finos, estaba parcialmente enredada.
Al abrir la tapa, vio que el interior no solo mostraba la esfera con números romanos, sino que en el reverso, junto al mecanismo, había una inscripción diminuta:
“Aurora – París, 1942”
El nombre le golpeó con la fuerza de una revelación y un presagio. Lo había leído ya en el informe soviético y en el británico; lo había escuchado de labios de la señora Löwe. Ahora estaba grabado en un objeto físico que había llegado hasta sus manos por vías desconocidas .
El reloj no funcionaba. Las agujas estaban detenidas a las 11:17, como si ese instante hubiera quedado atrapado para siempre en su interior.
Valeria intentó darle cuerda, pero el mecanismo se resistió.
No era una resistencia física, sino la sensación de que forzarlo sería romper un equilibrio invisible.
Se quedó mirando la inscripción un largo rato, hasta que el murmullo de la recepción volvió a hacerse presente.
¿Quién podía haber enviado aquello? ¿Cómo había viajado un reloj que, en 1942, estaba en París, hasta llegar a sus manos en Berlín más de treinta años después? Y, sobre todo, ¿por qué ahora?
Sacó del bolso su cuaderno y anotó, bajo un título improvisado: El reloj como mensaje. Debajo, escribió tres preguntas:
¿Quién lo envía?
¿Por qué ahora?
¿Qué significa la hora detenida?
Mientras subía a su habitación, sintió un cambio sutil en su respiración.
No era miedo, sino la certeza de que acababa de recibir una pieza clave de un rompecabezas que no había sabido que existía.
El reloj, con sus iniciales y su nombre grabado, era más que un objeto: era una llamada.
Y en esa llamada, su padre volvía a hablarle, no con palabras, sino con el latido detenido de un tiempo que quizá ella tendría que reanudar.
1942: Red de evasión
Pirineos franceses, invierno de 1942.
La nieve caía sin tregua, cubriendo de silencio los senderos que serpenteaban hacia el sur. La línea de la frontera no estaba marcada por vallas ni señales visibles, sino por la vigilancia invisible de patrullas y la presencia, siempre latente, de la muerte.
E. avanzaba junto al guía, un contrabandista de Bayona que conocía cada piedra, cada cabaña abandonada donde podían guarecerse unas horas.
Detrás de ellos, en fila, caminaba el pequeño grupo: tres adultos, dos ancianos y una niña envuelta en una manta demasiado fina para el frío.
Nadie hablaba; el viento y el crujido de la nieve bajo las botas eran las únicas voces permitidas.
Llevaban semanas preparando aquella ruta.
Desde Toulouse, E. había movido hilos discretos: papeles falsos, salvoconductos improvisados, contacto con un sacerdote en Jaca que garantizaba refugio temporal antes de que las autoridades franquistas pudieran intervenir.
No se trataba de heroísmo, sino de una tarea asumida como necesaria.
Sabía que cada persona que cruzaba era una afrenta al Reich… y a quienes colaboraban con él.
En el bolsillo de su gabardina, junto a la documentación falsa, llevaba el reloj de plata. Lo tocaba de vez en cuando, como un recordatorio. Aurora se lo había entregado una semana antes, en un café de Montauban, junto con las instrucciones de este viaje.
-Si lo llevas encima, sabré que cumples -le había dicho ella-. Y si algún día no regresa, sabré que tú tampoco.
Habían acordado un sistema de señales: si el reloj llegaba de vuelta a sus manos, significaba que la misión había sido completada; si no, debía prepararse para la noticia de que alguien había caído en el camino.
La ascensión se hizo más dura a medida que el viento ganaba fuerza.
El guía señaló una cresta y les indicó que, tras ella, entrarían en territorio español.
E. sabía que aquello no era garantía de seguridad: la Guardia Civil vigilaba los pasos, y aunque el régimen no estaba oficialmente aliado de Alemania, no todos los fugitivos encontraban protección.
Al llegar a una zona rocosa protegida por un saliente, hicieron una pausa.
La niña temblaba sin control, y E. le tendió una cantimplora con té.
La madre, con los ojos rojos por el frío y el cansancio, le dio las gracias en un susurro.
En ese momento, E. sintió el peso real de lo que hacía: no eran cifras, ni rutas, ni nombres en un papel; eran vidas colgando de un hilo que él sostenía entre los dedos.
Reanudaron la marcha al caer la noche. El guía insistió en avanzar con la luna oculta, aprovechando la penumbra para cruzar sin ser detectados. La nieve brillaba débilmente bajo el cielo cerrado, y el aliento de todos se convertía en pequeñas nubes que parecían disolverse demasiado rápido.
En la última bajada, antes de entrar en un bosque de pinos, escucharon un sonido seco: voces y pasos acercándose.
El guía hizo un gesto rápido para dispersarse entre las sombras.
E. se colocó junto a los ancianos, disimulando la respiración agitada, mientras dos hombres armados aparecían entre los árboles.
-¿Adónde van? -preguntó uno, en español, con tono desconfiado.
E. sacó un papel del bolsillo y lo entregó con calma.
-Trabajo agrícola en Jaca. Han contratado a estas familias para la temporada.
El hombre examinó el documento a la luz de una linterna. La firma, aunque falsa, estaba copiada de un alcalde local conocido por no hacer demasiadas preguntas. Tras unos segundos que parecieron horas, devolvió el papel y les indicó que siguieran.
Cuando por fin dejaron atrás a los hombres y el bosque se abrió hacia un valle oscuro, el guía sonrió apenas.
-Esta noche duerme usted bajo techo, señor -dijo-. Y mañana, olvide este camino.
En la casa del sacerdote, una construcción de piedra con la chimenea encendida, E. entregó a la niña en brazos de una mujer que los recibió sin preguntar. Sacó el reloj de su bolsillo y lo colocó sobre la mesa de la cocina, junto a un sobre sellado.
-Cuando tenga oportunidad, entrégueselo a Aurora -pidió-. Ella sabrá qué significa.
Al amanecer, mientras el resto dormía, E. partió de nuevo hacia el norte. Tenía otra ruta que preparar, otro grupo que esperar. El reloj ya no estaba con él, pero el peso de su promesa sí.
Testimonio de un superviviente
Valeria recibió el documento en una carpeta manila, sin firma, en una de las salas de consulta del Centre de Documentation Juive Contemporaine en París.
El archivista, un hombre delgado con gafas de montura metálica, le explicó que era una copia mecanografiada de un testimonio recogido en 1946 por una asociación de refugiados.
El original estaba en yidis; lo que ella tenía entre manos era la traducción francesa, con anotaciones al margen en lápiz.
La primera página comenzaba con una línea simple, casi seca:
“Me llamo Samuel K., nacido en Łódź en 1908. Este es el relato de la noche en que crucé a España, en enero de 1942.”
Valeria se acomodó en la mesa y empezó a leer.
“Salimos de Toulouse después del anochecer.
Éramos seis: mi esposa Rivka, mi cuñada Miriam, el señor Weiss con su madre anciana, un hombre español que no dijo su nombre y yo.
El guía nos indicó que no habláramos, que no hiciéramos ruido ni miráramos atrás.
Caminamos por senderos embarrados, luego por nieve que nos llegaba hasta la rodilla.
El español llevaba una linterna cubierta con tela para que apenas diera luz. Tenía algo en el bolsillo que tocaba de vez en cuando, como si le recordara algo importante. No sé si era un reloj o un amuleto, pero noté que cada vez que lo rozaba, su paso se volvía más decidido.
En una cabaña de piedra, a mitad de camino, encendimos un fuego pequeño. Él repartió pan y queso sin probar bocado. Tenía un acento extraño: no sonaba como los franceses ni como los españoles que yo había conocido; más tarde pensé que era el acento de alguien que había vivido en muchos sitios.
Seguimos caminando hasta que vimos luces a lo lejos. El guía nos dijo que eran patrullas y nos dispersó. Yo caí en la nieve y pensé que todo había acabado. El español regresó, me levantó y me arrastró hasta un grupo de árboles. Nos quedamos allí hasta que las voces se alejaron.