Capítulo 5 – El viaje a París
El tren nocturno partió de Chamartín con la puntualidad casi ofendida de las máquinas que todavía confían en los itinerarios.
Valeria subió con una maleta baja, el portafolios ceñido al cuerpo y la funda rígida donde dormían la fotografía, la carta de L.
, las copias del archivo y el cuaderno con iniciales.
Había elegido tren -y no avión- por una razón menos romántica que metódica: necesitaba tiempo entre un país y otro, un corredor de horas para ir afinando el mapa sin que el vértigo de los despegues le difuminara los contornos.
Se instaló en un compartimento de seis asientos.
Frente a ella, una pareja mayor compartía un termo sin hablar; en diagonal, un estudiante con barba rala anotaba fórmulas en un cuaderno cuadriculado; junto a la puerta, un viajante de comercio organizaba sus muestras con el orden de quien desea que el mundo no se deshaga bajo sus dedos.
Valeria apoyó la frente en el cristal. Madrid, a medida que el tren ganaba velocidad, se convirtió en una hilera de luces recortadas, luego en un rumor, luego en la posibilidad de una ciudad.
No pensó en despedidas. Pensó en listas.
En el bolsillo exterior del portafolios, sacó su agenda. La primera página llevaba, a lápiz, el esqueleto de la expedición:
Rue des Écouffes – Marais: inspeccionar a plena luz, cotejar hemeroteca (Paris-Soir, Le Matin, Ce Soir); no cruzar puentes de noche.
Comunidad judía: preguntar por Ilse Vogt y Otto Lehmann, pedir pistas sobre Berlin-Mitte y Krämer .
Prefectura: solicitar, con la cortesía obstinada que Aurora le enseñó, licencias y tasas de estudios fotográficos en el XIe (1938–1942).
Leandro: mantenerlo informado; no pedirlo todo, no contarlo todo.
El tren se adentró en la llanura con un jadeo regular.
El viajante de comercio, al verle la mirada fija, le ofreció una galleta.
Ella aceptó. La galleta crujió con una exactitud que la devolvió a un tiempo más simple: la cocina de Aurora, el hervidor, el “no soples”.
La claridad se estabilizó cuando el revisor pidió los billetes.
Valeria mostró el suyo y el pasaporte con una naturalidad nueva; durante años, esos documentos le habían servido para viajes breves de trabajo, pero nunca para una búsqueda.
Abrió el cuaderno de hule de su madre y lo puso sobre las rodillas.
Lo había decidido en la escalera de su casa: viajaría acompañada por esa letra menuda que resolvía el mundo en sustantivos limpios.
Allí estaban -como costillas de un animal secreto- las palabras XIe, Varenne, Écouffes, Fallakte 732/45, mayo ≠ fin.
A su lado, el diario de E. M. respiraba con una sequedad casi reconfortante.
Releyó una línea subrayada: “No hay consuelo en mi nombre; hay método en mis ausencias.” Anotó en el margen: “No buscar consuelo; buscar método.”
La pareja mayor se quedó dormida, el estudiante siguió peleándose con integrales, el viajante guardó sus muestras con un suspiro.
Valeria apagó la luz del compartimento, encendió la de lectura y dejó que la noche española -campos negros, pueblos con un solo faro- se le escurriese por la ventana.
Al cruzar la frontera, los agentes subieron con ese exceso de corrección que a veces intimida más que la brusquedad.
Revisaron pasaportes. Ella recordó a Aurora en Le Perthus y, sin querer, apretó el portafolios con la misma mano con que su madre había sujetado su abrigo años atrás.
Los agentes pasaron, el tren reanudó su cadencia, un silencio satisfecho se instaló en el coche .
Durmió a trozos. Soñó con un puente de hierro bajo el que no corría agua, sino papel: rollos de microfilm, valijas, cartas con sellos violetas.
En el sueño, intentaba atravesarlo sin mojar el cuaderno.
Despertó con el primer temblor de Bordeaux.
Se lavó la cara en el baño estrecho, tomó café aguado en el vagón restaurante, escribió dos líneas para fijar el sueño -su superstición favorita- y volvió al asiento.
Faltaban horas, pero el cuerpo había elegido estar disponible.
París entró por la ventana con la decencia de la lluvia fina.
Gare d’Austerlitz olía a metal mojado, a pan reciente, a periódicos.
La megafonía anunció llegadas en una sucesión de sílabas que Valeria reconoció sin traducir.
Descendió al andén, sintió bajo las suelas el cambio de textura -la piedra francesa tiene otra obediencia- y se dejó llevar por la corriente hasta el vestíbulo.
Eligió no tomar taxi. Caminar era parte del método.
Ajustó el asa de la maleta, subió a la línea 5 del metro con la soltura prudente que aprendió en ciudades ajenas: cartera delante, mirada calma, oídos abiertos.
Se alojó en un hotel modesto en Bastille, a dos calles del Boulevard Richard-Lenoir.
La habitación tenía una cama estrecha, un escritorio pegado a la ventana y un papel pintado que había sobrevivido a varios dueños.
Apoyó el portafolios, dejó la maleta sin deshacer -otra superstición: no vaciar hasta el segundo día- y abrió la ventana.
París la saludó con un zumbido bajo: ruedas en los adoquines, voces que parecían borradores de conversaciones largas.
Respiró hondo. En el cristal, su reflejo fue por un momento el de Aurora: esa línea de la mandíbula cuando decide.
A las once ya estaba en la Rue du Faubourg Saint-Antoine, 147. La Maison conservaba la discreción de las placas que no quieren destacar. Tocó el timbre. Abrió una mujer de cabello cano recogido en un moño, gafas redondas, una pulsera de cuentas que tintineó apenas.
-Bonjour. -Y en castellano-: ¿Puedo ayudarla?
-Busco registros de taquígrafas y copistas de finales del 39 al 42 -dijo Valeria-. Soy periodista y… hija de una de ellas.
La mujer la miró con un respeto sin alarde.
-Pase -respondió-. Soy Madame Fournier. He nacido después de todo aquello, pero heredé los archivos. Heredar papeles es una forma de piedad.
La llevó a una sala tranquila con mesas largas y armarios metálicos.
Madame Fournier sacó un cajón etiquetado “Emplois, 1939–1942”, colocó sobre la mesa varias fichas y una libreta con lomo de tela.
Valeria explicó el nombre: Aurora Pérez, española, taquígrafa, dactilógrafa.
La directora buscó con el dedo índice, se detuvo en la P, deslizó tarjetas. Asintió despacio.
-Aurora P. -leyó-. 12/XII/39: entrevista; 15/XII/39: adscrita a Bureau por recomendación. -Alzó la vista-. Aparece una nota al margen: “Recom. L.”
El aire cambió de densidad. Valeria controló la voz:
-¿Inicial?
-Sólo la L -dijo-. Vayan ustedes a saber quiénes fueron las letras que salvaron a medio mundo. -Pasó otra ficha-. Aquí, enero del 42: “Remitida a V. para identificación; se le indica no volver al puente.” -Sonrió con una mueca-. No es una instrucción muy administrativa.
-Para algunos lo era -dijo Valeria.
Madame Fournier le permitió copiar a mano. Se inclinó sobre la mesa con el respeto que un altar pide a los laicos. Anotó fechas, observaciones, la mención a V. -¿Varenne?-, la frase textual no volver al puente. Guardó la libreta, y antes de marcharse, preguntó:
-¿Conservan correspondencia?
-Algo -respondió la mujer-. Nada comprometedor; lo comprometedor viaja con agujeros. -Abrió otro cajón-. Aquí: cartas de agradecimiento. -Revolvió y extrajo una postal sin firma, solo con inicial-. L. desde el Café de la Roquette. Mire.
La postal era un dibujo de puentes. Detrás, a pluma: “Si llega Aurora, no le ofrezcas puentes. Dale mesas. - L.”Valeria respiró el olor tenue a tinta vieja. Asintió. Devolvió la postal con el cuidado de quien entrega un ave viva.
Salió a la calle con el mapa reajustado.
La Maison confirmaba las fechas de la carta y el paso de su madre por esas salas.
La palabra mesa se repetía con una terquedad que la conmovió y la ordenó a la vez.
El reloj marcaba la una. Compró un bocadillo en una boulangerie y lo comió de pie, mirando la gente pasar con esa mezcla de atención y distancia que los periodistas practican como músculo.
A las dos, caminó hacia el XIe. La placa de Photographie A.
Varenne había desaparecido. Donde antes estuvo el estudio había ahora una tienda de lámparas; el escaparate desplegaba tulipas de vidrio que parecían medusas en seco.
Entró. Tras el mostrador, un hombre joven, delgado, con barba mínima, la saludó.
-Busco al propietario anterior -dijo Valeria-. Aquí hubo un estudio fotográfico, A. Varenne, activo durante la guerra.
El joven alzó la vista hacia el techo como si los recuerdos colgaran de los cables.
-Mi abuelo compró esto en el 53 -dijo-. Antes, sí, hubo un estudio. Dejó negativos, libretas. Están en el sótano. Nunca supe qué hacer con eso. ¿Le interesan?
Valeria sonrió con esa sonrisa que es, a la vez, gratitud y contención.
-Mucho.
Bajaron por una escalera estrecha. El sótano olía a cartón y humedad limpia.
En estanterías metálicas, cajas etiquetadas: “Clientes 40–44”, “Pruebas”, “Cobros”.
El joven -Paul- abrió una al azar. Sacó libretas con tapas negras, ortografía antigua de contable: fechas, números, apellidos.
Valeria pasó las páginas con la delicadeza de una restauradora.
Enero 42. Buscó con el índice: 42/1. Allí estaba la anotación: “Ponts 42/1 - Ext. 3 placas - payé: E. (billet) - remise: M.” Al lado, un trazo: “Espagnole (V.)”.
-¿Puedo copiarlo? -preguntó.
-Copie -dijo Paul-. Y si encuentra algo que deba subir, subámoslo .
La palabra subir le rozó el pecho con una corriente tibia.
Copió: Ponts 42/1, pagó E., entrega M., Espagnole (V.).
El sistema de letras era un jardín de iniciales.
E. -Eduardo o Esteban- pagó. M. -¿Montalbán?
¿Maison? ¿Mateo?- retiró. V. podía ser Valeria para su propia emoción, pero no; V.
era Varenne hablando sobre Aurora, la Espagnole.