La hermana impostora: Regresó (pero no es real) Capítulo 1 – El bosque donde desapareció Hannah
1%
La hermana impostora: Regresó (pero no es real)

La hermana impostora: Regresó (pero no es real)

Por Wenjie Hao

© inepub.com

Capítulo 1 – El bosque donde desapareció Hannah

La hermana impostora

Regresó (pero no es real)

WENJIE HAO

El verano había llegado temprano aquel año a las montañas de Colorado.

El aire olía a madera húmeda, a tierra caliente y a pinos recién calentados por el sol.

Desde la pequeña cabaña de los Herrera podía verse una larga línea de árboles verdes cubriendo las laderas hasta perderse en el horizonte.

Era uno de esos lugares que parecían alejados de todo, donde el ruido del mundo desaparecía y sólo quedaban el viento y el canto de los pájaros.

Para Daniel Herrera, aquello era paz.

Para Lucía Herrera, aquello era descanso.

Para Hannah y Emily era aventura.

—No se alejen demasiado —dijo Lucía mientras colocaba platos sobre la mesa de madera del porche.

Hannah giró con una sonrisa brillante.

Tenía doce años, el cabello oscuro recogido de cualquier manera y una energía que parecía imposible de contener. Siempre corría primero. Siempre hablaba primero. Siempre parecía descubrir el mundo antes que los demás.

Emily, cuatro años menor, caminaba detrás de ella con pasos rápidos intentando seguirle el ritmo.

—Prometemos volver antes de la cena —respondió Hannah.

Emily asintió.

Daniel levantó la vista desde una caja que estaba organizando cerca de la puerta.

—Quédense donde podamos verlas.

—Sí, papá.

Y salieron corriendo.

Emily recordaría aquella imagen durante toda su vida.

Las zapatillas de Hannah golpeando la tierra.

La luz del sol entrando entre los árboles.

Su voz llamándola desde adelante.

—¡Emily! ¡Más rápido!

Emily corrió riendo.

Los pinos parecían gigantes alrededor de ellas. Las ramas se movían suavemente con el viento de la tarde. Había pequeñas flores silvestres creciendo entre las piedras y un sendero estrecho marcado por años de caminantes.

A Hannah le encantaba imaginar historias.

Cada árbol podía esconder algo.

Cada sombra podía ser el inicio de una aventura.

—Ese árbol parece una torre —dijo Hannah señalando uno enorme.

Emily levantó la cabeza.

—Parece un castillo.

—Exacto.

Hannah tomó una rama caída y la sostuvo como si fuera una espada.

—Yo protejo la torre y tú tienes que encontrar el tesoro.

Emily sonrió y empezó a buscar alrededor como si el bosque entero estuviera jugando con ellas.

El tiempo pasó ligero.

La tarde comenzó a cambiar de color.

El cielo seguía claro, pero las sombras empezaban a hacerse más largas.

Emily encontró una piedra redonda y la guardó en su bolsillo.

Hannah descubrió una vieja raíz que parecía una escalera y quiso subir sobre ella.

—Mira esto.

Emily estaba a unos metros cuando Hannah se detuvo.

La sonrisa desapareció.

Emily lo vio enseguida.

Un hombre.

De pie entre los árboles.

A pocos metros.

Vestía un abrigo negro largo, extraño para el calor del verano.

No se movía.

No hablaba.

Emily sintió un frío instantáneo en el pecho.

Hannah dio un paso atrás.

—Emily…

Su voz cambió.

Ya no sonaba divertida.

Ya no parecía estar jugando.

Emily miró al hombre.

No podía verle bien la cara porque parte de ella estaba cubierta por sombra.

Pero recordaría una cosa.

Sus ojos.

Oscuros.

Quietos.

Observando.

Hannah retrocedió.

—Emily… corre.

Emily no entendió.

—¿Qué?

Entonces el hombre avanzó.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Una mano.

Un movimiento brusco.

Hannah gritó.

Un grito que atravesó el bosque.

—¡Emily corre! ¡Corre a la cabaña!

Emily quedó congelada.

Su hermana forcejeó.

El hombre la sujetó con fuerza.

Hannah volvió a gritar.

—¡Emily! ¡Ahora!

Emily dio un paso atrás.

Otro más.

Su corazón latía tan fuerte que le dolía respirar.

Hannah estaba llorando.

Intentaba soltarse.

Emily dio media vuelta.

Y corrió.

Las ramas golpeaban sus brazos.

El suelo parecía moverse bajo sus pies.

Respiraba demasiado rápido.

No veía bien.

Sólo escuchaba.

Su propia respiración.

El viento.

Y la voz de Hannah detrás de ella.

Después ya no escuchó nada.

La cabaña apareció delante.

Emily empujó la puerta.

Entró corriendo.

—¡Mamá!

Lucía dejó caer un vaso.

Daniel se levantó de golpe.

Emily apenas podía hablar.

—¡Hannah… un hombre… el bosque…!

Daniel no esperó.

Salió corriendo.

Lucía abrazó a Emily.

—¿Qué pasó? ¿Dónde está Hannah?

Emily temblaba.

No podía responder.

No podía respirar bien.

Lucía salió también.

Los siguientes minutos quedaron rotos dentro de la memoria de Emily.

Daniel corriendo hacia el bosque.

Lucía llamando a Hannah con desesperación.

El sonido de los pasos.

Los árboles.

Los gritos.

Y después…

nada.

Los vecinos llegaron primero.

Luego la policía.

Después llegaron más personas.

Linternas.

Perros.

Vehículos.

Preguntas.

Emily seguía sentada dentro de la cabaña con una manta encima.

Un oficial se agachó frente a ella.

—Emily… necesito que me digas qué viste.

Emily no quería hablar.

Pero habló.

Le contó del hombre.

Del abrigo negro.

De Hannah gritando.

De correr.

Repitió la historia varias veces.

Cada vez parecía menos real.

Daniel volvió entrada la noche.

Tenía tierra en las manos.

Los ojos rojos.

Lucía lo miró desde la puerta.

Daniel negó con la cabeza.

No hacía falta decir nada.

Lucía cayó de rodillas.

Emily jamás olvidaría aquel sonido.

No era sólo llanto.

Era algo más profundo.

Como si el corazón pudiera romperse físicamente.

La búsqueda continuó toda la noche.

Y el día siguiente.

Y otro más.

Equipos completos recorrieron la montaña.

La policía encontró huellas.

Fragmentos de tela.

Rastros confusos.

Nada definitivo.

No apareció Hannah.

No encontraron el hombre.

El bosque volvió a guardar silencio.

Pasaron los días.

Luego semanas.

Luego meses.

La habitación de Hannah permaneció intacta.

Lucía doblaba su ropa.

Daniel dejaba encendida una lámpara en la ventana.

Emily dormía mal.

Muy mal.

Despertaba llorando.

Escuchando en sueños el grito de Hannah.

“Corre.”

A veces corría hasta la habitación vacía.

Esperando verla.

Nunca estaba.

La casa cambió.

Daniel hablaba menos.

Lucía miraba más la ventana que a las personas.

Emily dejó de jugar.

Los cumpleaños se hicieron silenciosos.

Las vacaciones dejaron de existir.

La montaña nunca volvió a mencionarse.

Pero el bosque no abandonó a Emily.

Años después todavía podía cerrar los ojos y volver allí.

Los pinos.

El viento.

La sombra.

La mano agarrando a Hannah.

Y la voz.

“Corre.”

Emily creció intentando entender.

Intentando recordar algo más.

Algo que pudiera haber salvado a Hannah.

Algún detalle.

Una cara.

Una señal.

Pero la memoria era cruel.

Guardaba lo suficiente para herirla.

Nunca lo suficiente para darle respuestas.

Aquella misma noche, quince años antes del regreso que cambiaría todo, Emily se quedó despierta en su cama mirando el techo.

La puerta de Hannah seguía abierta.

Oscura.

Vacía.

Lucía caminó por el pasillo.

Daniel seguía afuera hablando con policías.

Emily abrazó una manta.

No lloró.

Ni siquiera sabía cómo hacerlo.

Su cuerpo estaba rígido.

Su mente seguía en el bosque.

Entonces oyó pasos.

Daniel entró lentamente.

Lucía estaba detrás.

Ambos parecían diferentes.

Más viejos.

Más cansados.

Daniel se sentó junto a Emily.

Le acomodó el cabello.

Su voz salió rota.

—La vamos a encontrar.

Emily quiso creerle.

De verdad quiso hacerlo.

—¿Y si tiene miedo?

Lucía se arrodilló al otro lado de la cama.

Tomó sus manos pequeñas.

—Hannah es fuerte.

Emily miró la puerta.

—Yo corrí.

Lucía sintió cómo esas dos palabras rompían algo invisible.

Emily bajó la mirada.

—Ella me dijo que corriera… y yo corrí.

Daniel la abrazó de inmediato.

Con fuerza.

—Hiciste lo que tu hermana te pidió.

Emily empezó a llorar.

Por primera vez.

Un llanto pequeño al principio.

Luego más fuerte.

—Debí ayudarla.

Lucía la abrazó también.

Los tres quedaron así durante largo tiempo.

Nadie tenía respuestas.

Nadie sabía qué ocurriría al amanecer.

Fuera de la cabaña el bosque seguía inmóvil.

Oscuro.

Silencioso.

Como si jamás hubiera visto nada.

Como si no guardara secretos.

Como si no hubiera robado una vida aquella tarde.

Pero Emily lo sintió incluso siendo niña.

Ese lugar había cambiado.

Algo seguía allí.

Observando.

Esperando.

Y aunque todavía no lo sabía…

quince años después ese mismo miedo volvería a abrir la puerta de la familia Herrera.

Y la verdad sería mucho más terrible de lo que cualquiera imaginó.

Capítulo 2 – Quince años de silencio

Quince años podían parecer una vida completa para muchas personas.

Para Emily Herrera, no habían sido más que un largo eco.

Un eco que comenzaba cada mañana al abrir los ojos.

Y que terminaba cada noche justo antes de dormir.

A veces tenía forma de recuerdo.

A veces tenía forma de culpa.

Y otras veces llegaba como una pesadilla tan real que la hacía despertar con el corazón golpeándole el pecho como si todavía estuviera corriendo entre los árboles.

Aquella mañana Emily despertó antes de que sonara la alarma.

Abrió los ojos lentamente.

El techo blanco de su apartamento apareció frente a ella.

Respiró profundo.

Durante unos segundos todo parecía normal.

Silencio.

Luz entrando por la ventana.

El sonido lejano de un coche pasando por la calle.

Después volvió.

Siempre volvía.

Un fragmento del bosque.

La imagen de Hannah girándose.

La mano del hombre.

La voz desesperada.

“Corre.”

Emily cerró los ojos con fuerza.

Ya conocía el proceso.

Respirar.

Esperar.

Dejar que el recuerdo se alejara.

No luchar demasiado contra él.

Su terapeuta se lo había repetido años atrás.

Los recuerdos duelen más cuando uno intenta enterrarlos a la fuerza.

Emily había aprendido a convivir con ellos.

O al menos a fingir que sabía hacerlo.

Se sentó en la cama.

Miró la hora.

Las seis y veinte.

Todavía tenía tiempo antes de salir hacia el centro infantil donde trabajaba.

Se levantó y caminó descalza hasta la cocina.

Preparó té caliente.

El vapor subió lentamente.

A Emily siempre le ayudaba sentir calor en las manos al empezar el día.

La hacía sentirse presente.

Real.

Miró por la ventana.

La ciudad de Denver despertaba poco a poco.