La herencia de Valdiluna: El secreto de Villa Montenero CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

La calma antes de la tormenta

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El regreso a la villa tras el encuentro con Alba había sido una mezcla de alivio y expectación.

Aquella noche, Sofía e Isa habían cenado casi en trance, con los pensamientos corriendo más rápido que los bocados.

—¿Te imaginas si el pasadizo empezara justo debajo de la estatua de la Luna?

—había aventurado Isa entre bocado y bocado—.

¿O detrás de ese muro de piedra cubierto de hiedra que parece no terminar nunca?

Quién sabe cómo reaccionará Matteo cuando le enseñemos el medallón.

—Esperemos que Alba tenga razón sobre él —había respondido Sofía, con la mirada perdida en el vacío de la biblioteca—.

Necesitamos a alguien que sepa dónde poner las manos sin que todo se derrumbe.

Agotadas, se habían ido a la cama temprano, dejando que el silencio de la villa las envolviera.

La mañana del domingo, Valdiluna se despertó bajo un cielo límpido y un sol que prometía calor.

Sofía, fiel a su naturaleza, abrió los ojos al alba.

Al ver que Isa aún dormía profundamente —un sueño merecido tras las aventuras en Pietra Antica—, decidió salir de la cama sin hacer ruido.

Se puso un jersey grueso y salió al Jardín de las Esculturas.

Buscó un banco de piedra que ya había sido besado por los primeros rayos del sol y se sentó allí, inmóvil.

El medallón, colgado al cuello, parecía casi vibrar en sintonía con el entorno.

«¿Qué buscamos realmente?», se preguntó Sofía.

Ya no era solo una cuestión de dinero o de propiedad.

Era como si la villa misma le estuviera pidiendo justicia.

Sentía el peso de la historia de los Montenero sobre sus hombros, pero extrañamente no le daba miedo.

Se sentía, por primera vez, en casa. Tras una hora de reflexión solitaria, Sofía regresó para despertar a su amiga, pero encontró la puerta abierta.

Bajando a la cocina, halló a Isa vagando como un fantasma frente a la cafetera, con el pelo alborotado y los ojos entrecerrados.

—Cafeína... necesito cafeína urgente —murmuró Isa con voz ronca mientras el aroma del espresso inundaba el aire—.

Te oí salir, pero mi cuerpo decidió que el único movimiento posible era hacia la cocina.

¿Cómo está el jardín esta mañana? —Silencioso.

Demasiado silencioso —respondió Sofía, poniéndose seria—.

Mañana a esta hora Matteo estará aquí. Será el principio de todo, Isa.

¿Estás lista? Isa dio un largo sorbo a su café, enderezando finalmente los hombros.

—Después de esto, estaré lista hasta para escalar montañas.

Mañana cambiaremos la historia de este valle, Sof.

El domingo transcurrió en una burbuja de paz irreal.

Sofía e Isa dedicaron el día a una inspección profunda de los jardines exteriores, más allá del sector de las esculturas.

Caminaban por senderos invadidos por la vegetación, donde antiguos rosales luchaban por florecer entre las zarzas.

—Mira allí, Sof —dijo Isa señalando un viejo invernadero de cristal y hierro forjado—.

Una vez limpio, sería un lugar magnífico para leer o pintar.

¿Y ese cenador de glicinas? Solo necesita una buena poda.

Notando la expresión absorta de su amiga, Isa decidió devolverla a un plano más ligero.

Se detuvo ante un arbusto de rosas silvestres y se giró con una sonrisa maliciosa.

—Desde luego, este jardín es inmenso... llevará meses, quizá años, ponerlo todo a punto —comenzó Isa, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja—.

Pero en el fondo, no creo que te importe tanto, ¿verdad?

Al fin y al cabo, tendrás la excusa perfecta para tener a Matteo a la vista durante un buen tiempo.

Y debo decir que como "paisaje" no está nada mal; de hecho, combina perfectamente con la estética de la villa.

Sofía, pillada por sorpresa, sintió que sus mejillas se encendían al instante.

—¡Isa! ¡Basta! —exclamó tratando de mantener la compostura—.

¡Matteo es un profesional y está aquí para ayudarnos con un misterio peligroso, no para...

¡para hacer de modelo! —Claro, claro, la misión es lo primero —se rio Isa, disfrutando del rubor de su amiga—.

Pero admítelo: es mucho más agradable buscar pasadizos secretos con un chico guapo que sabe dónde cavar, que con ese hombre inquietante de la gorra oscura que nos vigilaba en el bar.

Sofía no respondió, pero una pequeña sonrisa escapó de sus labios mientras caminaban hacia casa.

Sabía que el día siguiente requeriría toda su concentración, pero la idea de que Matteo fuera un aliado fiable —y sí, también una agradable compañía— hacía que la espera fuera menos pesada.

Al caer la noche, prepararon las bolsas y revisaron por última vez los documentos de Alba.

El sol se ocultó tras las montañas, tiñendo la villa de un rojo fuego que lentamente se fundió en el azul profundo de la noche.

—Mañana a esta hora sabremos si el túnel existe de verdad —susurró Sofía mirando por la ventana.

—Mañana —confirmó Isa, posando una mano en su hombro—.

Ahora vamos a dormir. El Corazón de la Luna nos espera.