Otra realidad
Abrí los ojos.
El primer impacto fue el silencio del cielo.
No había naves.
Ninguna forma suspendida, ninguna luz artificial flotando entre las nubes, ningún punto brillante que no fuera una estrella o un avión lejano.
El cielo era solo cielo: un azul limpio, casi inocente, atravesado por estelas blancas de reactores comerciales.
Durante unos segundos me quedé mirándolo, esperando que el escudo fallara y revelara lo que yo sabía que debía estar ahí.
No falló.
Me incorporé. Estaba sentado en un banco de piedra en una plaza amplia. El cuerpo que habitaba ahora era distinto: un poco más joven, más delgado, con las manos menos marcadas por el trabajo duro. Pero la consciencia, aun siendo la suma de ambos yoes, seguía siendo la mía. Completa. Intacta.
Creí reconocer la ciudad que tenía a mi alrededor… pero era extraña y desconcertante.
Los edificios tenían una arquitectura más baja, más horizontal.
Menos torres de cristal soberbio. Más fachadas de piedra clara y balcones con vegetación real.
Las calles eran más anchas y los árboles más numerosos; algunos eran tan altos que sus copas se tocaban por encima de la calzada formando túneles verdes.
El aire olía distinto: menos metal y gases, más tierra húmeda y hojas.
Los vehículos circulaban en silencio casi absoluto; la mayoría parecían eléctricos o de alguna tecnología que no producía el rugido al que yo estaba acostumbrado.
La gente vestía de forma más… ¿tecnológica?
, con colores apagados y cortes simétricos.
Hablaban en un español que era el mío, pero con un acento más suave y un vocabulario ligeramente desplazado.
Vi pantallas públicas transparentes que flotaban a la altura de los ojos, mostrando noticias y mapas, pero nadie llevaba dispositivos en las manos.
Parecían consultar la información directamente, como si la ciudad misma se la ofreciera.
Y, sin embargo, el peso era el mismo.
Aunque no hubiera naves visibles, seres multicolores y criaturas pequeñas de ojos grandes y negros caminando entre la multitud, yo los sentía.
Una presencia difusa, extendida, que observaba desde un ángulo que no pertenecía del todo a este plano. Una señal ajena, fría y evaluadora rozaba el borde de mi consciencia sin lograr fijarme. Habían detectado la anomalía. Sabían que algo había cambiado en esta realidad. Pero todavía no sabían qué.
Sonreí cuando capté un pensamiento que me resultaba familiar.
También estaban los otros.
Los depredadores.
Los reconocí al instante. La misma ausencia de eco empático.
La misma crueldad en sus pensamientos. Caminaban entre los mansos con la misma naturalidad de siempre, aunque aquí sus trajes eran de un corte diferente y sus símbolos de poder más discretos.
Controlaban otras redes, otros flujos, otras formas de sumisión… pero el hambre era idéntica.
Uno de ellos pasó justo delante de mí.
Era un hombre de mediana edad, vestido con ropa impecable de tonos grises, con una mirada que evaluaba el valor de todo lo que tocaba.
Sus pensamientos rozaron mi cuerpo nuevo con indiferencia calculadora: peso, edad aparente, apariencia, posible utilidad o irrelevancia.
Me clasificó en menos de un segundo y siguió adelante, ya olvidándome.
—Luego nos vemos— le dije con mi pensamiento.
El hombre se detuvo en seco. Giró la cabeza con un gesto brusco, buscando la fuente de una voz que no había pasado por sus oídos.
Sus ojos pasaron por encima de mí mirándome con extrañeza y desconcierto.
El miedo no había surgido todavía en él.
Continuaba oculto en lo más profundo de su mente.
Pero yo sabía dónde encontrarlo, y qué hacer con él.
Continuó caminando confuso, más rígido que antes.
Yo me quedé en el banco, sintiendo el sol de esta nueva realidad sobre la cara que ahora era la mía. Mi propósito seguía intacto, como mi determinación. La cruzada no había terminado. Solo había cambiado de escenario.
Aquí no había naves en el cielo.
No había alienígenas.
Aquí los observadores se escondían de otra forma.
Aquí los depredadores creían estar seguros porque nadie había empezado a cazarlos todavía.
Se equivocaban.
Me puse en pie. El cuerpo nuevo respondió con una ligereza que aún no conocía del todo. Caminé entre la gente mientras me volvía invisible para los que observaban y para los que eran observados. La caza había empezado en esa nueva Tierra.
En alguna parte, muy lejos o muy cerca, la mente colmena digital de esta realidad empezaba a intuir que una anomalía acababa de despertar.
Pero no me importaba.
Porque el objetivo seguía siendo el mismo.
Realidad tras realidad.
Mundo tras mundo.
Hasta que los mansos heredaran no solo una Tierra…
sino todas.