Lo que queda
No tardé ni cuarenta y ocho horas en volver.
El hombre del discurso seguía en el ático.
No había intentado huir. No podía. Su mente estaba demasiado fracturada para organizar una fuga coherente.
Había llamado a algunos contactos residuales, pero su voz temblaba tanto que la mayoría colgó creyendo que estaba borracho o drogado.
Dos hombres nuevos habían aparecido en el edificio, armados y nerviosos.
Los neutralicé antes de que llegaran al ascensor: les inserté la certeza absoluta de que el otro lo iba a traicionar y se dispararon entre sí.
Me adentré en el ascensor y pulsé el último botón con toda la calma del mundo.
El escudo seguía activo a mi alrededor, pero ya no me engañaba. Yo había aprendido a atravesarlo a voluntad. Cada vez que empujaba, creaba mi propia realidad en los cerebros de los depredadores, y su mundo era el que yo les mostraba.
La puerta del ático estaba reforzada. No importó. Me limité a hacerle creer al depredador que la había dejado abierta. Él mismo giró la manilla desde dentro, con dedos temblorosos, convenciéndose de que necesitaba comprobar el pasillo.
Cuando me vio de verdad —no como imagen mental, sino de carne y hueso en su umbral— el último resto de arrogancia se le quebró del todo.
Retrocedió hasta chocar con el ventanal de cristal. La ciudad se extendía detrás de él, indiferente y brillante. Intentó levantar el arma. Se la hice caer con un solo pensamiento. La pistola resbaló por el suelo de mármol y se detuvo a mis pies.
—Por favor… —logró decir.
La palabra sonó ajena en su boca. Nunca la había usado de verdad.
Me acerqué despacio. Cada paso era deliberado. Quería que sintiera el mismo desamparo que yo había sentido cuando ellos entraron en mi casa. Quería que cada segundo se alargara hasta volverse insoportable.
«No tienes que hacerlo.» Dijo la voz de la criatura que me había seguido hasta allí. Su voz de colmena ya no era solo observadora. Había un matiz nuevo.
—No podéis detenerme—respondí en silencio, sin apartar la vista del hombre que temblaba frente a mí.
No lo hicieron.
Me arrodillé delante del depredador para quedar a su altura. Él intentó apartar la mirada. Se la obligué a sostener.
Y entonces me cebé de verdad.
Le devolví, uno por uno, todos los momentos en los que había disfrutado aplastando a otros.
Le hice sentir el miedo que escondía en su interior de cuando era un niño.
Después invertí los roles y lo convertí en mi hijo aquella noche.
Sintió su terror y el de mi hijo como uno solo.
Le hice oír los gritos. Le hice oler la sangre.
Le hice vivir, desde dentro, cada segundo de la tortura que el niño sufrió.
El hombre se derrumbó. Gritó hasta quedarse sin voz. Se golpeó la cabeza contra el cristal. Se arañó la cara. Pidió que lo matara. Pidió perdón. Pidió cualquier cosa que pusiera fin a aquello.
Yo no terminé.
Lo dejé en el punto exacto en el que el dolor ya no podía crecer más, pero tampoco podía disminuir. Un estado de rotura permanente. Después me levanté, recogí su arma y la dejé sobre la mesa, a su alcance.
—Si quieres que acabe —le dije en voz alta por primera vez—, hazlo tú.
Salí del ático sin mirar atrás.
En la escalera, la criatura volvió a hablar. Esta vez con una claridad fría y definitiva:
«Has cruzado el umbral. Ya no hay retorno posible. El Consejo está evaluando opciones. Algunas voces piden tu eliminación inmediata. Otras quieren ver hasta dónde eres capaz de llegar antes de que el escudo ya no pueda compensarte. Has matado a algunos de los nuestros…»
—Yo no los he matado. Han sido ellos— respondí interrumpiendo los pensamientos.
«Has destrozado una red de depredadores que nos servía de estudio. Eres… interesante. Y peligroso.»
Me detuve en el descansillo. Miré mis manos. Estaban limpias. No había tocado a nadie con ellas en toda la cacería. Solo había usado lo que ellos mismos me enseñaron a despertar.
—¿Y tú qué opinas? —pregunté.
Hubo un silencio largo.
«Opino que el hermano rebelde sigue vivo en ti de una forma que no habíamos previsto. Y que, por primera vez en mucho tiempo, no estamos seguros de poder predecir el final de esta anomalía.»
Salí a la calle. El aire de la madrugada olía a lluvia cercana. Arriba, las naves seguían allí, inmóviles.
Se oyó un disparo.
Sonreí otra vez. Esa sonrisa nueva, vacía de todo excepto de propósito.
El depredador principal había muerto. Sus pensamientos se habían extinguido, pero la caza no había terminado.
Solo había cambiado de forma.
Porque ahora ya no cazaba solo por venganza.
Cazaba porque, por primera vez, el vacío dejaba de doler mientras lo hacía.
Y eso, quizá, era lo más aterrador de todo.