La herencia de los mansos La caza
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La caza

Traté de levantarme y me lancé hacia atrás con fuerza quebrando la silla y liberando mis manos de las maderas destrozadas. Me liberé de las bridas con un trozo de cristal roto.

El olor a pólvora y a sangre seca todavía impregnaba el salón cuando salí de la casa. No miré atrás. No podía. Si miraba, me quebraba. Y ya no podía permitirme quebrarme más.

Caminé durante horas sin rumbo, con la ropa manchada y la mente extrañamente lúcida. Por primera vez desde que todo empezó no me importaba la presencia de las criaturas ni de las naves del cielo.

Había comprendido algo mientras estaba atado a aquella silla:

Los seres multicolores tenían un método.

Se acercaban, estudiaban, se infiltraban en las vidas de los humanos.

Yo iba a hacer lo mismo.

Pero no con humanos cualquiera. No con los mansos.

Con ellos.

Con los depredadores.

Empecé por los más cercanos al hombre del discurso.

Los que formaban su círculo inmediato de confianza, los que movían el dinero, los que limpiaban los rastros, los que daban las órdenes menores.

Usé lo único que me quedaba: la capacidad de escuchar pensamientos a distancia y de empujar imágenes dentro de las mentes ajenas.

El primero fue un abogado de traje impecable que gestionaba las sociedades pantalla del depredador principal.

Lo seguí durante dos días. Me senté en los mismos cafés.

Caminé por las mismas calles. Me alimenté de sus pensamientos hasta conocer cada uno de sus miedos.

Su mayor terror no era la cárcel ni la ruina.

Era el abandono. El miedo visceral a que todos los que lo rodeaban descubrieran que no era nadie sin el poder que le prestaban, y lo dejaran solo, expuesto, irrelevante.

Una noche, mientras él cenaba solo en un restaurante caro, me senté tres mesas más allá y empujé.

Le hice vivir, con total realismo, cómo sus socios lo traicionaban uno por uno, cómo su mujer se iba con los niños, cómo sus cuentas se vaciaban y cómo, al final, quedaba solo en una habitación vacía gritando sin que nadie respondiera.

El miedo se le clavó tan hondo que empezó a temblar.

Llamó a su jefe con voz quebrada. Intentó explicarle que “algo estaba mal”, que sentía que todo se derrumbaba. El depredador principal le colgó.

Dos días después el abogado apareció muerto en su despacho. Oficialmente, un infarto.

Yo sabía la verdad: su corazón no había resistido la repetición constante de su propio terror.

El segundo fue un hombre de seguridad, el que había coordinado el equipo de asalto que entró en mi casa. Su miedo era más simple y más primitivo: el miedo a ser cazado, a sentirse vulnerable, a que alguien más fuerte lo mirara desde la oscuridad como él había mirado a tantos otros.

Lo perseguí durante una semana. Le inserté la sensación constante de ser observado.

Le hice oír pasos detrás de él cuando no había nadie.

Le mostré, en sueños y en ratos de vigilia, mi rostro mirándolo desde cada reflejo, desde cada ventana, desde cada esquina.

El hombre, que había matado sin pestañear, empezó a dormir con el arma en la mano. Perdió peso. Se volvió paranoico.

Cuando por fin decidí cerrar el cerco, lo acorralé en el aparcamiento subterráneo de un edificio de oficinas.

Esta vez no usé solo miedo. Usé la imagen exacta de lo que él y los suyos le habían hecho a mi familia.

Se la clavé en la mente con tanta fuerza que gritó.

Cayó de rodillas. Intentó dispararme, pero yo no estaba allí.

Sus manos comenzaron a temblar. Amplifiqué el terror hasta que puso su arma en el interior de su boca y apretó el gatillo.

Uno a uno.

Fui estrechando el círculo.

Cada depredador que caía me daba información sobre el siguiente.

Cada mente que destrozaba me acercaba más al centro.

Aprendí sus rutinas, sus debilidades, sus redes de protección.

Imité la paciencia de los seres multicolores: observar, registrar, esperar el momento exacto, actuar sin dejar rastro evidente.

Las criaturas intentaron intervenir.

«Te estás convirtiendo en un depredador.»

Me dijo una noche una criatura que se acercó a mí mientras vigilaba el edificio donde dormía el siguiente objetivo.

No le contesté.

Porque tenía razón.

Y ya no me importaba.

El hombre del discurso empezó a notar el cerco.

Sus pensamientos, cuando logré alcanzarlos a distancia, estaban teñidos de una irritación creciente y de un miedo que él todavía no quería admitir.

Había perdido a tres hombres de confianza en menos de un mes.

Las explicaciones oficiales no le bastaban.

Sabía que algo —o alguien— lo estaba cazando.

Yo lo dejé sentir esa certeza.

Le envié, en los momentos más inesperados, fragmentos de lo que les había hecho a los otros, para que el miedo creciera, lento y constante, como una grieta en su propia armadura de control.

Una madrugada, mientras él miraba por la ventana de su ático de cristal, empujé una sola imagen dentro de su mente:

Mi rostro.

Sonriendo.

Muy cerca.

Él dio un respingo y cerró las cortinas de golpe.

Yo estaba a tres calles de distancia, sentado en el tejado de un edificio más bajo, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.

El cerco se cerraba.

Y esta vez no pensaba dejar ningún cabo suelto.

Porque yo no cazaba para entender.

Cazaba por venganza.

Y la presa principal todavía respiraba.